Un clamor de aprobación se alzó desde el grupo de oficiales. El joven había sido llamado al orden y ahora tenía que responder a la pregunta que todos querían ver respondida.
– Son…, son órdenes del general Figueiredo, mi capitán.
– ¿Y quién es ese sujeto?
– Es mi comandante, mi capitán.
– ¿No sabe el general Paneleiredo, [11] o como se llame ese tipo, que la gente de las trincheras no ve a su familia desde hace más de un año? ¿Eh? ¿No lo sabe?
El teniente bajó los ojos.
– Yo…, es que…, yo no sé nada de eso, mi capitán.
Afonso se quedó observándolo, con el ceño fruncido, la expresión desconfiada, íntimamente perplejo por haber soltado un segundo taco: nunca pensó que sería capaz de llamar «Paneleiredo» a un superior.
– ¿Y usted? -preguntó finalmente-. ¿Sabe al menos por qué razón no podemos ir a Braga?
– Debido a la sublevación, mi capitán.
– ¿La sublevación? ¿Qué sublevación?
– La del Norte, mi capitán.
– ¿La sublevación del Norte? Pero ¿usted se ha vuelto loco? ¿Qué sublevación es ésa, eh? ¡Explíquese, hombre! ¡Vamos, desembuche!
El teniente sudaba. Miró a su alrededor, dejando escapar un rictus acongojado.
– Han sido los monárquicos, mi capitán -titubeó-. Se sublevaron hace unos diez días. La Junta Militar del Norte ha proclamado la Monarquía en Oporto y ha aclamado a don Manuel II como rey de Portugal. En Lisboa también se han sublevado, los monárquicos han acampado en Monsanto y ha habido enfrentamientos tremendos la semana pasada, pero los republicanos han acabado derrotándolos.
El teniente se calló y los oficiales se miraron, asombrados.
– Sí, señor, muy bonito cuadro -comentó un mayor-. Hemos salido de una y nos encontramos con otro desastre, ésa es la cosa.
– Es la estratagema de costumbre -aventuró otro oficial.
– Siempre la misma mierda.
– ¿Y Sidónio? ¿No hace nada? -preguntó Montalvão.
El teniente lo miró estupefacto.
– El presidente ha muerto.
Se hizo silencio en el grupo.
– ¿Qué dice? -preguntó una voz-. ¿Que Sidónio ha muerto?
– Fue asesinado en la estación del Rossio -aclaró el teniente-. Hace cosa de un mes y medio, antes de Navidad.
Con el país en pie de guerra y el Norte en rebeldía, los militares del Miño fueron instalados en un cuartel de Lisboa, donde aguardaron el desenlace de los acontecimientos. Pero Afonso no era del Miño y tenía a su familia en Rio Maior, del lado de acá de la frontera invisible que, durante los tormentosos veinticinco días que duró la Monarquía del Norte, dividía el país. Sin nada que lo atase a la capital, el capitán se presentó en el cuartel general, llenó los documentos que regularizaban su situación, solicitó un permiso, que le concedieron inmediatamente, y dos días después, ya bien dormido y comido, se dirigió a la estación del Rossio. Corrían los primeros días de febrero de 1919 cuando cogió un tren hasta Caldas da Rainha y siguió en calesa hasta Rio Maior, conteniendo a duras penas la ansiedad que le llenaba el pecho.
El reencuentro con su familia fue emotivo y triste. Afonso supo entonces que su padre había muerto el año anterior, como consecuencia de una caída cuando recogía frutas de un árbol. El capitán fue ese día al cementerio a visitar la tumba donde se encontraba sepultado. Depositó una corona de flores junto al túmulo, murmuró una oración y encargó una misa en memoria de Rafael Laureano.
Por la noche, la familia se reunió en Carrachana para cenar. Vinieron los hermanos, Manuel, Jesuína, João y Joaquim, con sus respectivas familias, todos juntos para celebrar el regreso del benjamín. Doña Mariana colocó en la mesa una olla con misturadas; Afonso devoró su ración con un placer que lo sorprendió, no se acordaba de haber apreciado tanto ese plato en su niñez.
– Está muy bueno, madre, está realmente sabroso -exclamó, acompañando la sopa con pan.
– ¿Y cómo no iba a estar bueno? -Se rio Manuel, el mayor-. Para quien ha estado comiendo todas esas porquerías en Francia y en Alemania, éste debe de ser un manjar de reyes.
– Di si nuestros platos no son mejores que los de los extranjeros, ¿eh? Dilo, anda -lo desafió Jesuína.
– Claro -asintió Afonso-. ¿ Dónde hay en Francia una olla, un cocido como éste?
– ¿Qué comen ellos, hijo? -quiso saber Mariana.
– Bien, comen más o menos lo que nosotros comemos, sólo que elaborado de manera diferente y con nombres finos. Por ejemplo, en vez de lenguado frito, ellos dicen lenguado a la meunière, queda más chic.
– ¿Y tú comías eso, hijo mío?
– A veces, cuando iba a los estaminets o a los bistrots.
– ¡ Ay, qué nombres raros! -comentó Jesuína-. ¡Vaya por Dios! ¡Me da impresión!
– Oye, Jesuína, compórtate -intervino Joaquim-. ¿Qué nombres querías que los franceses diesen a su casas de comida, eh? Tasca de Zé Russo, ¿no? -Soltó una gran carcajada-. Sería gracioso: los franceses diciéndose unos a otros: «¡Oye, que me voy a la Tasca de Zé Russo a comer un magro de cerdo!».
Todos se rieron. Manuel solía tener gracia cuando se reunían en grupo. Ahora se sentía como el jefe de la familia, por ser el hombre mayor después de la muerte de su padre, le gustaba animar las reuniones familiares.
– Oye, Manel, que no es nada de eso -repuso Jesuína, avergonzada por ser blanco de la pulla de su hermano-. Sólo me sentía sorprendida de ver que Afonso sabe palabras extranjeras, sólo eso.
– Pero, Afonso, ¿entonces tenías que comer esas cosas de los franceses? -insistió su madre, siempre preocupada por la alimentación de su hijo durante la guerra; a fin de cuentas, comprobó, el muchacho llegó hecho un palo de flaco, hasta se le veían las costillas, pobre: decididamente la comida no debía de ser allí gran cosa.
– Sí, madre, también comía eso, pero sólo cuando estaba en la retaguardia. Cuando iba a las trincheras, nos daban una carne que venía en latas inglesas, y eso era mucho peor que la alimentación francesa, créame. Y, cuando me apresaron los boches, la cosa empeoró más aún, los tipos casi no tenían carne para sus soldados y mucho menos para nosotros.
– ¿Ah, sí, hijo? ¿Y ésos que comen?
– ¿Quiénes? ¿Los gringos o los boches?
– Los dos.
– Los gringos comen mucho corned-beef. Por eso también los llamamos «bifes» -dijo-. Los boches se llenan de salchichas, horrorosas, llenas de grasa, pero fue la única carne que vi por allá. El resto eran verduras, patatas y cosas por el estilo.
– Nadie hace las comiditas que te hace tu madre, ¿no?
– Oh, madre, claro que no.
– No hay comida como la de nuestra madrecita -coincidió Manuel, siempre de buen humor y ya ligeramente chispo por el vino. Miró a su mujer y añadió-: Nuestra madrecita y mi Au- rinda, desde luego.
– ¡Ah, menos mal! -repuso la mujer.
Afonso miró a su alrededor, como si buscase algo. Desde que llegó a su casa quería saber si Agnès le había escrito, ésa era una cuestión absolutamente esencial, prioritaria. Necesitaba saber su paradero, recibir noticias, entrar en contacto con ella, buscar la manera de ir a Flandes para ver si la encontraba o para quedarse allá. Además, y según sus cálculos, ya debía de ser padre desde hacía unos dos o tres meses, pero necesitaba la confirmación. El problema era plantear la cuestión, no sabía bien cómo hacerlo. Tragó saliva y encaró a doña Mariana, esforzándose por darle la mayor naturalidad posible a la pregunta que tenía que hacerle.
– Madre, dígame, ¿no ha recibido ninguna carta para mí? -preguntó, fingiendo que ese interés le había surgido en aquel momento.