Выбрать главу

– Manitas era así…

– Y después estaban los otros, los tipos como usted, aquellos que volvían grandes las cosas más minúsculas, saboreaban una pausa, buscaban la felicidad en las pequeñas cosas, en un trozo de pan, en un ruiseñor que cantaba, en un rayo de sol capaz de vencer aquel sombrío manto de nubes grises.

Un nuevo acceso de tos llenó la sala. Matías respiró hondo y tragó saliva.

– Bueno, sólo era posible vivir allí si lográbamos ignorar lo que aquello tenía de malo, si lográbamos levantar un muro que nos aislase de toda aquella desgracia. -Matias tosió-. ¿Se acuerda, mi capitán, de la indiferencia con que mirábamos a un muerto o un cuerpo mutilado? Ese era el muro que nos protegía. Tanto nos agotamos sufriendo por nosotros que ya no podíamos sufrir por ellos. Esa era la verdad, los muertos se nos hicieron indiferentes.

– Excepto los compañeros -acotó Afonso.

– Excepto los compañeros -confirmó el antiguo cabo, que tosió-. Los compañeros eran lo mejor de toda aquella mierda. Sólo ellos contaban. -Tosió de nuevo-. ¡Qué patria ni qué hostias! Yo luchaba por mis compañeros. Manducábamos juntos, dormíamos juntos, sufríamos juntos, éramos amigos, hermanos, todo. Fue en la guerra donde conocí verdaderamente a los hombres, los conocí en serio, en lo bueno y en lo malo, pero sobre todo en lo bueno, en la ayuda mutua, en la amistad, en las pequeñas cosas y en los grandes gestos. -Bajó la cabeza-. El problema venía cuando se morían, eso se hacía insoportable.

– Miró a Afonso-. ¿Sabe que hice una peregrinación por el Miño para visitar a las familias de los compañeros de mi pelotón, de los compañeros caídos en Francia? Es verdad, lo hice. Fue duro, fue francamente tremendo. Fui a Barcelos a hablar con la madre de Vicente, el Manitas, después me acerqué a Gondizalves para ver a los padres y a los hermanos de Abel, el Canijo. Viajé hasta Gerés, hasta Pitões das Júnias, para conocer a la mujer y a los hijos de Baltazar, el Viejo. Y aquí al lado, en Palmeira, están la mujer y el hijo de Daniel, el Beato, un compañero que usted, capitán, no conoció, pero que fue decapitado por una granada.

– ¿Por qué hiciste eso?

Matías suspiró.

– Remordimientos, creo yo -dijo-. ¿Sabe que suelo soñar con los compañeros? Lo curioso es que nunca están muertos. Sueño que hacemos las cosas de costumbre, salimos a matar ratones, a hacer drenajes, a contar anécdotas, todos siempre juntos. Cuando pasan dos semanas sin soñar con ellos, los echo de menos y quiero soñar otra vez. -Tosió-. Extraño, ¿no?

– Esa es la guerra que sigue en nuestra cabeza.

– Tal vez. Pero, en medio de todo esto, mi capitán, hay algo que no comprendo, que no acepto. -Tosió una vez más-. ¿Sabe qué es?

– ¿Qué?

– No entiendo por qué he sobrevivido. No entiendo, no concibo por qué razón han muerto todos ellos y yo he seguido vivo. ¿Qué he hecho yo de especial para estar vivo? ¿Cuál es el sentido de que haya logrado escapar? ¿Por qué yo? No lo entiendo, no lo entiendo. -Bajó la voz-. Me siento culpable, angustiado, anhelante, es como si los hubiera traicionado, como si los hubiese abandonado, como si no los mereciese. Ellos lucharon hasta la muerte y yo me rendí, no tuve valor para ir hasta el final, sobreviví sin salvarlos, me maldigo todos los días por eso.

– Yo también pienso en ello muchas veces -confesó Afonso-. Pero la verdad es que, en aquel momento, en aquellas circunstancias, no teníamos alternativa. ¿Qué podíamos hacer? ¿Dejarnos matar como perros?

Matías miró el infinito, irremediablemente perdido en su batalla interior.

– ¿Sabe, mi capitán? He descubierto que lo más duro no es hacer la guerra -murmuró el antiguo cabo-. Lo más difícil es sobrevivir a ella, es vivir con ella después de haber vivido en ella. ¿Entiende lo que le quiero decir?

Afonso respiró hondo.

– ¡Cómo no voy a entender, Matías! Todas las noches sueño con eso. -Hizo una pausa-. No sé incluso si he sobrevivido. Mira, por ejemplo, a veces sueño que estoy en las trincheras rodeado de muertos, vuelvo un cuerpo hacia arriba para ver su cara y descubro que el cadáver soy yo. -Se estremeció, erizado por ese pensamiento-. Me ha llevado mucho tiempo entender este sueño, pero creo que ya lo he comprendido. Significa que una parte de mí ha muerto en las trincheras y que estoy de luto por mi propia muerte.

– Así es, mi capitán. Estamos de luto por nosotros mismos. -Suspiró-. Cuando estamos disparando, las cosas ocurren y no reparamos en ellas, o no les damos importancia, seguimos actuando sin pensar, mecánicamente, mañana es un nuevo día, hay que seguir adelante. -Hizo una pausa y miró su mano, la miró pero no la veía, estaba absorto en su razonamiento-. Ahora, cuando se acaba la guerra, cuando se acaba, mi capitán, la cosa recomienza aquí dentro, royendo, royendo, royendo sin descanso. -Se golpeó la frente con el índice-. Parece que no, pero aquí se queda todo, aquí, en la azotea, para después digerirlo despacio, muy despacio. -Nueva pausa-. Mire, la muerte del Canijo, usted no estaba, pero fue algo…, no sé cómo decirlo. Estábamos retirándonos de la primera línea, fue alcanzado por una ametralladora boche y se quedó ahí, en medio de la Tilleloy, con un agujero en la garganta, asfixiándose, en coma. El Manitas intentó ayudarlo, intentó acercarse, ¿y sabe qué hice yo? ¿Eh? ¿Lo sabe?

Afonso meneó la cabeza.

– Agarré al Manitas y no lo dejé ir a ayudar al Canijo. -Una gruesa lágrima corrió por el rostro rudo de Matías-. Lo agarré con todas mis fuerzas, todas mis fuerzas, y no dejé que ayudase al Canijo, pobrecito, el Canijo, que se moría ahí, en medio de la Tilleloy, solo, solo, sin que alguien al menos le echase una mano. -Sollozó-. Sueño muchas veces con el Canijo y con el Manitas, sueño que dejo que el Manitas ayude al Canijo y que el Canijo se salva y me siento feliz… Pero después, cuando despierto…, cuando despierto veo que sólo ha sido un sueño, que el Canijo ha muerto porque no dejé que el Manitas lo ayudase. -Se sonó y se limpió la nariz-. ¡Y el Viejo, que murió estúpidamente! Si usted, capitán, viese a sus hijos, pobres, tan felices cuando les dije que Baltazar los adoraba, que sólo hablaba de ellos… Qué muerte estúpida tuvo el Viejo, capitán. Morir cuando nos retirábamos…

Afonso se fue destrozado del encuentro con Matias. La conversación actuó como una catarsis, le hizo bien, pero no estaba seguro de poder sobrevivir a otra igual. Tenía planeado desde antes ir hasta Vila Real a abrazar al mayor Mascarenhas, el viejo amigo de la Escuela del Ejército, el amigo hincha del Sporting, el hombre de la Infantería 13 que había resistido más de veinticuatro horas en Lacouture, pero la dolorosa experiencia con Matias lo disuadió, pensó que no lo soportaría y prefirió regresar discretamente a Rio Maior. Le tocaría a Carolina soportar la guerra que él llevaba en su cabeza.

Capítulo 6

Las cuentas de la casa Pereira no salían bien. Afonso se ajustó las gafas y decidió rehacer la suma de las ventas del día. Las copias de los recibos señalaban la fecha, 9 de abril de 1928. Los ojos de Afonso se fijaron en esa fecha. ¿9 de abril? Se recostó en la silla de su despacho, conmovido. Diez años. Se cumplían ese día diez años de la gran batalla. A Afonso le parecía que los trágicos acontecimientos de Flandes habían ocurrido la semana anterior. El antiguo capitán tenía ahora treinta y ocho años y aún no había logrado digerir todo lo que había pasado en su vida durante aquel fatídico año de 1918.

Miró las fotografías que tenía desparramadas por el escritorio: en una estaba él, muy elegante, con su uniforme de oficial y los ojos cargados de esperanza y sueños de gloria, un bastón en la mano y una pose imperial. Otra era una foto de familia, a su lado se encontraban Carolina y sus tres pequeños hijos, Rafael, Joaquim e Inés, cada nombre un homenaje: el mayor un tributo a su padre, el del medio a su ordenanza en Flandes y la niña en recuerdo de Agnès. Si tuviese un hijo más, pensó, lo llamaría Matías, en memoria del valiente cabo, el hermano de armas que había muerto meses después de su último encuentro, hacía más de cinco años. Alguien le dijo que Matías exhaló su último suspiro en la miserable casa de Palmeira, asfixiado, con los pulmones destruidos, una víctima tardía más de los gases de las trincheras.