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Los días se sucedían unos a otros en esta rutina, con pocas variaciones, monótonos y repetitivos. Las principales novedades se relacionaban con los almuerzos y las cenas, por la variación en los platos. Unas veces había carne de vaca, otras carne de cerdo, otras carne de cordero. Jamás se sirvió pescado, lo que hizo a Afonso recordar y echar de menos cómo limpiaba las cabezas de los chicharros con la lengua. Comían gallina, castañas, patatas, sopas de ajo, sopas de verduras o migas. Los domingos se servía un plato elaborado, el arroz, y los días festivos había dulces, algunos de recetas conventuales. El vino se reservaba igualmente para ocasiones especiales, y Afonso añoraba el sabor del tinto. En vez del suave vino maduro al que estaba habituado en Rio Maior, éste era de sabor muy frutal. Le explicaron que se trataba de tinto verde, un néctar que él no conocía y que provenía de varias zonas del Miño, como Ponte da Barca, Ponte de Lima y Melgado, y hasta del valle del Sousa, en la región del Duero.

Los jueves y los domingos, los estudiantes abandonaban el seminario y los llevaban de paseo. Avanzaban serios y compenetrados, por parejas en fila india, en excursiones guiadas por el vicerrector, que los llevaba a Montariol y al Fraião. Cuando el día amanecía especialmente bueno, iban hasta el pórtico entre la capilla de la Agonía de Cristo en el Jardín y la capilla de la Ultima Cena y subían la espectacular escalinata del Bom Jesús, primero por la Via Sacra, con las capillas que representaban las catorce estaciones de la Cruz, después por la empinada escalinata de los Cinco Sentidos y, finalmente, ya con la lengua fuera y las piernas que les pesaban como plomo, se arrastraban por la escalinata de las Tres Virtudes. Una vez arriba, jadeantes y sudorosos, se apoyaban en las paredes enlucidas, se sentaban en el duro suelo de granito y se refrescaban en la fuente del Pelícano. Ya más recuperados, iban finalmente a visitar la imponente iglesia del Bom Jesús, a cuyos pies se extendía Braga. Otras veces, en lugar de subir el monte, bajaban hasta desembocar en el río Cávado, donde se quedaban jugando en el agua helada. Alguna que otra vez iban hasta la capilla de San Fructuoso de Montélios, una reliquia del siglo vil, o cogían la carretera hacia Barcelos y daban un salto hasta el monasterio de Tibães, un hermoso complejo con claustros y jardines construidos en el siglo xi. El objetivo declarado era llevarlos a tomar aire puro y a desentumecer las piernas, pero algunos maestros se reían y sugerían subrepticiamente que aquélla era más bien una artimaña para agotarlos.

Las visitas del padre Alvaro, siempre los domingos por la mañana, se convirtieron en el momento más esperado de la semana. El cura llevaba a su protegido unos cuantos dulces comprados en la pastelería Suissa y además, atento a los intereses del muchacho, algunos ejemplares del Tiro Civil, que conseguía en la papelería Cruz & Compañía, en la librería Central, o que le enviaban especialmente desde Lisboa. De ese modo, Afonso se enteró de que su querido Football Club Lisbonense había dejado de existir. Se sintió inexplicablemente huérfano e infeliz, las victorias del club alimentaban sus sueños y no podía concebir que aquellos colores que un día viera brillar tan alto en el Campo Pequeño jamás volverían a llenar un estadio.

Pasó una semana de luto por la desaparición del Club Lisbonense y sólo le reveló sus sentimientos a Américo, un seminarista regordete, de quince años, con quien había trabado amistad. Afonso incluso intentó enseñarle a jugar al football, pero los puntapiés en las piedras no convencieron al corpulento amigo, más inclinado al ocio y a la gula. Américo era oriundo de Vinhais, en Tras-os-Montes, hijo de comerciantes adinerados para quienes tener un sacerdote en la familia era un signo de distinción. Afonso se divertía mirando a Américo durante las refecciones. El pequeño de Rio Maior, habituado a los manjares frugales de su casa de Carrachana, donde una simple cabeza de pescado servía para aplacar el hambre, consideraba que los almuerzos y cenas en el refectorio eran espléndidos banquetes, pero Américo, mimado por los mejores platos tramontanos servidos en abundancia en su opulenta casa de Vinhais, sufría horriblemente con aquella dieta, que consideraba más adecuada para tuberculosos y raquíticos, y se pasaba los días suspirando por su tierra.

El curso escolar terminó deprisa. Afonso, ya con quince años, recibió un suficit en Gramática, tres cum laude, concretamente en Latín, Casuística y Retórica, y un suma cum laude en Filosofía, además de acabar con aprovatus en las disciplinas de lenguas extranjeras del padre Fachetti. En cambio, Américo, que se sentía tremendamente infeliz en el seminario, rozó el suficit y tuvo incluso dos non aprovatus en Retórica y en Casuística. Afonso fue a pasar el verano a Rio Maior y se presentó en casa henchido de orgullo, nunca había llegado nadie tan lejos en los estudios. Los primeros días se sintió extraño en la casa de Carrachana, le pareció demasiado pobre e inmunda. Se quedó asombrado porque nunca le había incomodado aquella penuria, en honor a la verdad ni siquiera una vez había reparado en ella, había nacido allí y la privación se le antojaba natural, la aceptó siempre como un hecho de la vida.

Cumplidor de sus deberes de protegido, el joven seminarista fue a la Casa Pereira a visitar a doña Isilda, que le había dado esta oportunidad de estudiar en Braga, pero, compenetrado en su papel de futuro sacerdote célibe, no insistió en ver a Carolina, detalle que llenó a la viuda de satisfacción. Doña Isilda concluyó que la estrategia de apartar al mozo de su hija estaba resultando y festejó esa victoria en privado con una copa de oporto.

Afonso impresionó a sus padres por el empeño que revelaba en las oraciones y por su comportamiento de modales recatados. Además, a veces les brindaba sorprendentes tiradas en italiano, pero también en alemán, francés o inglés, frases pomposas y grandilocuentes que sólo servían para alardear de los conocimientos que había adquirido y establecer una sutil superioridad sobre los suyos. Lo contrario, como era de esperar, no ocurría. El joven se sentía ligeramente incómodo con la postura de la familia, tal vez sus hábitos de higiene o las conversaciones, que le parecían poco elevadas, sólo se hablaba de las cosechas, de los precios del mercado, de la diarrea de la vecina, de la tacañería del señor Ferreira y de un problema en la pata de la burra. Pero lo peor eran las borracheras de su padre los domingos por la tarde, ya que el señor Rafael volvía de la taberna de Silvestre cantando a voz en cuello y caminando de manera insegura, lo que llenaba a Afonso de vergüenza.

Por eso el joven seminarista regresó con alivio a Braga para proseguir sus estudios. Su celda olía a moho, es cierto, pero estaba aseada, y la vida en el seminario revelaba lo que, para los padrones de Carrachana, se podría considerar un ambiente de abundancia y distinción. Afonso reencontró a Américo, que volvió de las vacaciones aún más gordo, y ambos se hicieron ahora inseparables. Durante el segundo año, ya no hubo clases de Filosofía y la atención se centró en las asignaturas teológicas. Afonso se sumergió en el estudio de lo divino hasta el punto de, lleno de piadosa compasión, lamentar la suerte de los que, por circunstancias de la vida que no controlaban, no habían nacido en un ambiente católico. Si el catolicismo era la verdadera fe, los herejes de los países del norte estaban condenados a las eternas llamas del Infierno. Todo, meditó el joven, porque habían nacido lamentablemente en el lugar errado. No pudo dejar de sentir cierta perplejidad ante el hecho de que los protestantes porfiasen en no ver la verdad. ¿No era obvio que, por su grandeza e historia, sólo en Roma estaba el camino de la salvación? ¿No resultaba evidente que, por su bondad y majestad, era el Santo Padre el verdadero vicario del Señor? ¿Cómo podrían esos pueblos, en su ceguera y arrogante ambición, cerrar los ojos a la evidencia? Sin hablar de los judíos, que no reconocían el Nuevo Testamento ni la palabra de Jesús, o de los mahometanos, que añadieron falsos profetas a los verdaderos. ¿Y qué decir de aquellos otros pueblos que no conocían ni el Antiguo Testamento, como los hindúes y los budistas? ¿Qué muro de ignorancia los mantenía cruelmente apartados de la salvación? Afonso se sentía orgulloso cuando conoció el papel que desempeñó la Iglesia portuguesa en la propagación de la fe en Brasil, en África, en la India, en China, en Japón y en las islas Molucas, y le dieron ganas de llegar a ser uno de esos misioneros que se hicieron confidentes del emperador en Pekín o que acompañaron a los bandeirantes [2] en la conversión de los salvajes en Brasil. La India portuguesa estaba catolizada y había ahora mucho trabajo que hacer en África. El joven seminarista comenzó a alimentar el secreto sueño de hacerse misionero y expandir la verdadera fe en lugares remotos de las Guineas, de Angola y de Mozambique, proyectos que sólo confió al padre Fachetti y a Américo.