En París se enteró, con alivio, de que los corsés habían caído en desuso. Hacía ya dos años que Vogue apuntaba al orientalismo, y la gran novedad de 1911 fue la aparición de pantalones para las mujeres. Los pantalons femeninos constituyeron un verdadero escándalo, que los estilistas atenuaron proponiendo que se usasen bajo la falda. Agnès no se atrevió a comprar pantalones al poco tiempo de llegar a París, pero en 1912, cuando inició el segundo curso de la facultad, se armó de valor y copió un atrevido modelo de Vogue. Era un vestido oriental, blanco y decorado con cornucopias doradas, la falda estrecha con una raja lateral que revelaba sutilmente unos pantalones anchos, como los de los turcos, que se ajustaban en los tobillos. Ataviada con los modelos copiados de Vogue, Agnès se convirtió en una sensación en la facultad y muy pronto comenzaron a lloverle invitaciones masculinas para salir.
La flor se había abierto, revelando a una mujer atrayente, de rasgos finos y elegantes, mirada dulce y sonrisa delicada. No era de una belleza despampanante, de aquellas que hacían volver la cabeza a los hombres cuando veían a la hembra opulenta entrar en un café y la contemplaban con gula, babeándose grotescamente, con el deseo en inminente erupción. Sus atractivos eran más bien otros, más discretos y graciosos. Se hacía necesario mirar bien su rostro para descubrir unos ojos hipnóticos seductores, verdes y penetrantes, a los que se unían las líneas perfectas y los labios carnosos. Se trataba de una de aquellas mujeres que no despertaban una voluptuosidad inmediata y animal, sino una tierna e incurable pasión platónica.
La mayor parte de las invitaciones consistían en ir a comer unos croissants al Stohrer, tomar un café en el Tortini o dar un paseo por las Tullerías y por las márgenes del Sena, lo que le valió algunos breves amoríos y varias decepciones sin secuelas.
Capítulo 5
No había en Carrachana chico más alto que Afonso. Cuando regresó de Braga, en el verano de 1906, el hijo menor de los Laureano tenía sólo dieciséis años, pero ya era un mocetón. El menú del refectorio del seminario, rico para los padrones habituales en aquel lugar de gente pobre y escasa de recursos, contribuyó en gran medida al desarrollo de su cuerpo, volviéndolo tan alto como su padre. Junto a su extraordinario metro setenta y siete, raro en aquel tiempo, muchas de las personas con las que se cruzaba en la calle parecían unos enanos canijos cuyas cabezas le llegaban hasta el cuello.
En su casa pocas cosas habían cambiado, pero ya había más espacio en la habitación. João se había casado, se fue de la casa de sus padres y se instaló con su mujer en un anexo en Rio Maior. Como había dejado el aserradero, ahora se ganaba la vida como empleado en un almacén de vino. Afonso comenzó a compartir la cama de la habitación de Carrachana con Joaquim, que lo recibió con un agreste mal humor.
– ¡Vaya por Dios! ¡Ya vienes tú a sacarme de quicio! -protestó Joaquim con acritud cuando vio a su hermano menor colocar ropa en un cajón que consideraba suyo.
– Oye, Joaquim, te pido mil disculpas, pero ¿dónde quieres que ponga mis cosas?
– ¿Te pido mil disculpas? -El hermano se rio con una mueca de desprecio-. ¡No te hagas el fino y déjate de tantos tiquismiquis!
– Vale, pero ¿dónde pongo mis cosas?
– ¡Yo qué sé! Mira, ponías debajo de la cama.
– ¿Debajo de la cama? Disculpa, pero me resulta imprescindible un cajón.
– ¿Me resulta imprescindible? Pero ¿tú sólo vienes aquí con palabras de cinco mil réis, caramba? ¡A ver si hablas como una persona normal! No me apetece tener que dormir con un cura, ¿has oído? -dijo, y le señaló los zapatos-. Fíjate en esos aires que tienes de gran señor, ni descalzo eres ya capaz de andar. ¡Ya te pareces a un maricón!
Joaquim era ya un hombre hecho y muy a disgusto comenzó a compartir la vieja cama de latón con su hermano menor. Los modales pulidos de Afonso estaban en profundo contraste con los hábitos rudos de la casa. Además, Joaquim estaba resentido porque no se le dio la misma oportunidad de educación. Aprendió a leer, es cierto, pero no pasó de la primaria y gastaba ahora su juventud en el aserradero. Por ello veía con resentimiento que su hermano menor disfrutase de oportunidades que nunca se le presentaron y tendría que pasar mucho tiempo para llegar a aceptar a este nuevo Afonso que había invadido, inopinadamente, su habitación.
Una semana después de haberse instalado en Carrachana, Afonso fue a la Casa Pereira a hablar con doña Isilda. Quería agradecerle la ayuda y explicarle por qué razón no había acabado bien la experiencia del seminario, pero también necesitaba trabajar y alimentaba la secreta esperanza de que su protectora lo contratase de nuevo en la tienda. Al entrar en el local, se encontró con Carolina y se sintió turbado.
– Hola, Afonso -lo saludó ella, sorprendida de verlo allí.
– Buenos días -respondió él, cohibido.
Carolina estaba diferente, mucho más alta. Había crecido, tenía los senos firmes, el pelo rojizo se había vuelto levemente castaño y las pecas menos visibles, pero no había dudas de que, aunque no irresistible, era una chica atractiva.
– ¿Ya eres sacerdote?
– No -se atragantó-. He desistido, no tengo vocación.
Intentó descubrir en los ojos de ella una reacción ante esta noticia, pero Carolina optó por el disimulo y Afonso no llegó a captar si la novedad le había gustado o si en realidad la había dejado indiferente.
– Entonces, ¿qué te trae por aquí?
– He venido a hablar con tu madre. ¿Está?
Carolina lo acompañó hasta el despacho, donde su madre se ocupaba de las cuentas. A doña Isilda ya la había informado su hermano de que Afonso había salido del seminario, pero no se sentía especialmente disgustada. Había tramado la ida del muchacho a Braga como mero subterfugio para alejarlo de su hija. Alcanzado el objetivo, sólo le quedaba ahora mantenerlo lejos de Carolina. Cuando Afonso preguntó si habría aún sitio para él en la tienda, doña Isilda adoptó una expresión apropiadamente triste y dijo que el negocio no iba muy bien y no podía admitir a ningún empleado más, por lo que lamentaba no poder ayudarlo esta vez.
– Un comerciante no tiene corazón -le explicó ella-. La prioridad es defender el negocio. Las cosas andan mal y, si te coloco aquí, sólo me aumentarán las dificultades. Lo lamento, muchacho, esta vez no te puedo ayudar.
Afonso se quedó contrariado, pero ocultó su desilusión. Resignado, agradeció de nuevo toda la ayuda que doña Isilda le había prestado y salió del despacho.
– ¿Ya te vas? -le soltó Carolina cuando lo vio dirigirse hacia la puerta.
Afonso la miró a los ojos y se dio cuenta de que en ella había una suerte de inquietud, sintió que aún no le resultaba indiferente.
– Voy a dar un paseo. ¿Quieres venir?
– ¿Adónde?
– Vamos al río, hace mucho tiempo que no voy por allí.
Carolina miró a su alrededor, indecisa. La dependienta que estaba en el mostrador parecía distraída, más preocupada por limarse las uñas, y su madre seguía en el despacho. Se dejó llevar por el primer impulso.
– Vámonos.