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La primera gran sorpresa de Afonso, al llegar al campo y ver a los equipos haciendo ejercicios de calentamiento, fue que no parecía haber cambiado nada. El Sport Lisboa y Benfica llevaba el antiguo vestuario del Grupo Sport Lisboa: camisetas rojas y calzones blancos, y se mantenía en el pecho el propio emblema del águila, con el añadido de una rueda de bicicleta, el símbolo del Benfica. La segunda sorpresa fue que casi todos los jugadores del equipo eran los mismos del Sport Lisboa, como si todo siguiese igual. Y la tercera sorpresa fue la inesperada victoria del Benfica sobre el Sporting, que contaba con los ocho campeones robados el año anterior al Sport Lisboa. Mascarenhas regresó abatido por el resultado, pero Afonso volvió eufórico: al fin y al cabo, su club seguía existiendo.

El curso escolar transcurrió con una lentitud que lo hizo sentirse impaciente. Afonso tenía dieciocho años y el tiempo parecía detenido, anhelaba llegar a la mayoría de los veintiuno; le parecían una eternidad los tres años que le faltaban. Las clases consumían la semana y, para distraerse, llenaba los domingos con el football. Para gran desánimo de Mascarenhas, el Sporting volvió a ser derrotado por el Benfica, esta vez en el Lumiar, y, sorpresa de las sorpresas, los rojos empataron con el temible Carcavellos Club, que volvió a ganar el Campeonato, aunque sufrió un fuerte asedio por parte del club del águila, clasificado segundo.

La época de football y el curso escolar terminaron casi a la vez y, cuando cayó en la cuenta de que así era, Afonso se vio en el vestíbulo mirando la lista de los «alumnos aprobados». Su nombre constaba naturalmente en la lista, en la que aparecía «Afonso da Silva Brandão» con la calificación global de 13,2 puntos. Sólo a partir de los 15 se consideraba calificado como notable, un dato importante para decidir el regimiento al que iría. Una vez terminada la carrera militar, a los cadetes les correspondía solicitar su destino, pero sólo aquellos que obtenían las mejores notas iban a los regimientos solicitados; los demás tendrían que conformarse con los que quedasen disponibles. Afonso se enfrentó a un dilema. Su deseo era quedarse en Lisboa, como el de todos. Había una multitud detrás de lo mismo y otros cadetes tenían mejores calificaciones. Si elegía Lisboa, Afonso sin duda no conseguiría sitio allí, lo mandarían inevitablemente a un pueblecito de provincia, por ejemplo Bragança o Abrantes. La alternativa era elegir directamente un regimiento de una ciudad poco demandada. La opción obvia era Santarém, que estaba cerca de Rio Maior, pero había un inconveniente: Afonso no deseaba, de manera alguna, estar cerca de Carolina, no la veía y la mantenía apartada de su pensamiento, pero no estaba seguro de cuál sería su reacción cuando la viese, era una herida que no pretendía volver a abrir, para colmo con un marido en los alrededores. Con toda naturalidad, Afonso se postuló para un lugar en un regimiento de Braga, que era, en definitiva, la ciudad donde había pasado cuatro años y que se había convertido en una especie de segunda tierra natal.

Capítulo 6

La tarde se puso invernal y desagradable, y en ello no había motivo de sorpresa. Octubre trajo consigo las primeras señales de lo que sería el invierno de aquel final de 1913: el viento recorría el Sena con su soplo helado, los árboles se agitaban con un farfullar intranquilo, nervioso y machacón, se desprendían hojas secas de las ramas y volaban sin rumbo ni destino, rotas y perdidas, a merced de la brisa. Las nubes se deslizaban bajas y cargadas, cerniéndose silenciosamente sobre los tejados oscuros como bultos fantasmagóricos, espectros esfumados que vigilaban con desconfianza la ciudad, ahogándola y oprimiéndola bajo un manto blancuzco que lo cubría todo, eran sombras taciturnas, un vasto manto de vapor que amenazaba a la gran urbe y hasta la sofocaba. La atmósfera se había hecho pesada, el aire húmedo, caían gotas aquí y allá, pronto llovería.

Agnès tenía que estudiar, pero no quiso quedarse encerrada en casa y prefirió salir. Como el tiempo se mostraba inhóspito e inclemente, fue a buscar refugio en la Brasserie Lipp. La cervecería se encontraba atestada de gente y ella fue a sentarse a una mesa en un rincón, apoyada en los azulejos que decoraban las paredes del local. Pidió una cerveza alsaciana y una choucroute, y se sumergió en la lectura del trabajo que tenía entre manos, un tratado sobre el problema del estreñimiento.

– ¿Puedo? -preguntó alguien que apoyó su mano en la silla vacía que estaba enfrente.

Agnès levantó los ojos del texto, pensando que era el garçon con la cerveza y la choucroute. Pero, en vez del camarero, vio a un hombre joven, con bigote recortado, los ojos castaños y actitud jovial.

– Oui-asintió ella, haciendo ademán de volver a la lectura.

– Discúlpeme, pero está todo ocupado y no hay otro lugar.

– Faltaba más.

Agnès intentó concentrarse en la lectura, acababa de comenzar el tercer año de Medicina e intentaba avanzar en su estudio, pero el hombre era hablador.

– Esta brasserie es fantástica, ¿no le parece?

– Sí -dijo Agnès con una sonrisa educada-. Es un local muy agradable.

El hombre le extendió la mano.

– Me llamo Serge -se presentó-. Serge Marchand.

– Encantada. Yo soy Agnès Chevallier.

Se dieron la mano y ella intentó una vez más volver al tratado, pero Serge no la dejó.

– ¿Es parisiense?

– No, soy de Lille.

– ¡Ah, quién diría!

– ¿Qué?

– Que usted no es de aquí. La verdad, parece realmente parisiense.

– ¿Yo? ¿Parisiense? -Ser confundida con una parisiense tenía algo de chic y, lisonjeada, dejó el libro a un lado-. Dígame, pues, qué hace de mí una parisiense.

– Oh, muchas cosas, muchas cosas.

– ¿Qué? -preguntó sonriente.

– Para empezar, su aspecto.

– ¿Qué tiene mi aspecto?

– Es un je ne sais pas quoi. No lo sé. Tal vez su apariencia fina, el vestido elegante, muy façonnable, sus rasgos delicados…

El garçon apareció con la cerveza y la choucroute, que colocó sobre la mesita. Serge pidió también una cerveza. Agnès dio un sorbo a la suya y miró a su compañero de mesa.

– Le agradezco el elogio, pero mire que en provincias hay muchas personas como yo, ¿qué se piensa? Se ve enseguida que usted es parisiense, con esas ideas de que sólo en París hay glamour y todos los demás son rústicos provinciaux.

– Pero da la casualidad de que yo no soy parisiense.

Agnès vaciló, sorprendida.

– ¿Ah, no?