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– ¿Quién anda ahí? -preguntó.

– Tiro. -Esa fue la respuesta-. ¿Contraseña?

– Fuego -dijo Matías, que se relajó y volvió a prestar atención a la Tierra de Nadie.

Un soldado también abrigado con un chaleco de piel de cordero asomó por la trinchera de comunicación La Fone Street, perpendicular a la línea del frente y construida asimismo en sucesivos zigzags, y se presentó en el puesto del centinela. Matias lo vio y reconoció a Vicente, un hombre bajo y fuerte, ancho de cara, con un bigote tímido en la comisura de los labios y unas manos de oro, era carpintero en Barcelos y su habilidad para trabajar la madera había logrado tal fama que todos lo conocían como el Manitas.

– Vengo a sustituirte -anunció Vicente-. ¿Comestá esta mierda?

Vicente era un poco atropellado hablando, disparaba las palabras con una rapidez ansiosa y se tragaba algunas sílabas. A veces resultaba difícil comprenderlo, pero, gracias al hábito, Matias se convirtió en un buen descodificador de sus palabras.

– He tenido una hora tranquila -le respondió-. La ametralladora de los boches abrió fuego hace veinte minutos, pero creo que sólo fue para mantenerme despierto.

– Brrrr, hace un frío que pela…

– Aguanta, Manitas, que ahora voy a cortar un poco de jamón y a ver si me tiro a unas tías en el refugio.

– ¡Vete a freír espárragos, cabrón!

Matias se rio y salió de allí a paso rápido, aliviado: permanecer en la línea del frente ponía nervioso a cualquiera. Es cierto que eran las primeras horas de la tarde y que lo peor era la noche, pero nadie ignoraba que, a la carrera y si no hubiese obstáculos, a los alemanes les bastarían entre quince segundos y dos minutos para cruzar la Tierra de Nadie y aparecer en las trincheras portuguesas, según el punto del frente por donde hicieran la travesía. En algunos sectores, la distancia era de apenas ochenta metros, en otros llegaba a los ochocientos. Cuando alguna vez los alemanes efectuaban un golpe de mano, los centinelas de la línea del frente vivían una experiencia desagradable.

El soldado entró por La Fone Street, tras coger la línea B, paralela a la línea del frente pero cien metros más atrás, atravesó los puestos de las ametralladoras pesadas, unas Vickers MK I rotativas, alimentadas por un cinturón de municiones y protegidas por sacos de arena con una abertura hacia la Tierra de Nadie. Matías cruzó el puesto de los teléfonos y llegó a Ghurkha Road, la siguió hasta Sign Post Lañe, volvió a la derecha y cogió Cardiff Road. Pasó por el albergue de comando y llegó a Euston Post, donde aquel día se había montado la cocina.

– Matos -llamó-. Pásame el cordero asado con patatas a lo pobre y la salsa de caviar.

El cocinero cogió una escudilla.

– Servido, señor marqués -dijo, llenando la escudilla con una sopa aguada y entregándosela al soldado.

Matías cogió un trozo de pan, se sentó sobre la mesa y vio el agua grasosa con verduras flotando en la escudilla blanca.

– Joder, Matos, has puesto demasiado caviar -se quejó, llevándose una cuchara a la boca y tragando despacio la sopa juliana.

Matías, el Grande, era un nativo del Miño con sentido del humor. Venía de Palmeira, una localidad al norte de Braga, y estaba habituado a la comida del Miño, buena y pesada, pero aquí, en las trincheras, no se hacía ilusiones en cuanto a la calidad de la cocina. Su madre hacía sopas de gallina de sueño, suculentas, ricas, sazonadas, salpicadas de cilantros de la huerta, un manjar de los dioses a los que sólo ahora les daba el valor que se merecían. Desde que había llegado a Francia, como integrante del batallón de la Infantería 8 de la Brigada del Miño, Matías, el Grande, pocas veces había vuelto a comer bien. Solía soñar con las sopas secas, las albóndigas, las orejas y el revuelto de morcilla, además de los deliciosos postres como los bollos, las brisas y las roscas, sin hablar de las fabulosas molarinhas. [6] Pero allí, en las primeras líneas, aquéllas no eran más que fantasías cruelmente alimentadas por la memoria de los días que, aun siendo de miserias y llenos de carencias, vistos desde aquella perspectiva parecían hartos y opulentos. Tal como la mayoría de sus compañeros, Matias adelgazaba medio kilo por día cuando ocupaba las trincheras, y sólo al volver a las aldeas de la retaguardia, una semana después, lograba recuperar el peso.

No obstante, si hubo algo que aprendió en aquel lugar, fue a darle valor a las pequeñas cosas. Las más sencillas le proporcionaban ahora momentos de inexpresable alegría. Disfrutaba de los instantes de silencio, saboreaba con gusto cualquier alimento, incluso el recurrente corned-beef le sabía casi tan bien como unos torreznos a la moda del Miño, se complacía con el calor del aguardiente repartido a los centinelas y que le ardía en las entrañas y le quemaba la sangre, se deleitaba con los instantes en que no tenía tareas atribuidas y se empeñaba aplicadamente en recuperar la falta de sueño o en soñar con el aire perfumado de los montes del Miño, con las aguas frías del este congelándole los pies y atizándole el fuego de la pasión. Durante una marcha, hasta una parada de medio minuto le daba placer. Como cualquier otro soldado del CEP, Matias había aprendido a vivir para el presente, para el momento, vivía como si no existiese mañana, como si no tuviese futuro, como si el tiempo se le escapase, como si la muerte pudiese llevárselo a la semana o incluso al minuto siguiente.

Después de comer su ración de corned-beef y de tomar el té, que bebió con los ojos cerrados, salió de la cocina y volvió a La Fone Street hasta llegar a la línea C, quinientos metros atrás de la B y completando las tres líneas de trincheras que constituían la primera línea. En la línea C se cruzó con elementos de la reserva del batallón y fue a la zona de las letrinas. El olor a excremento, siempre presente en las trincheras en general, y en las portuguesas en particular, era aquí más intenso. Matias cogió un cubo, cerró la puerta de la letrina, defecó en el cubo mientras agitaba la mano para ahuyentar las moscas de su cara, enormes moscardas azules que se desplazaban en una nube ruidosa, zumbando ensordecedoras, ávidas de podredumbre. Cuando terminó, el soldado se incorporó y comprobó el color de las heces, que estaban algo líquidas, se preguntó si no tendría disentería, buscó señales de la diarrea tan frecuente en las trincheras, pero no las vio; al fin y al cabo, no le dolía el estómago ni vio sangre en los excrementos. Aun así, tomó nota mental para vigilar la próxima evacuación, se limpió con un periódico, en este caso una página deportiva de Le Petit Journal, salió de la letrina, cogió el cubo y lanzó los excrementos a la fosa, guardó el cubo, vio que unas gotas de las heces le habían salpicado el dorso de la mano derecha, echó pestes, se limpió, frotándose fugazmente la mano en la tela de los pantalones, y bajó rápidamente por la línea C hasta el refugio de su pelotón.

El puesto de comando de la segunda compañía de la Infantería 8 de la Brigada del Miño se había transformado en un verdadero despacho. Arrimado a la pared de Grants Post, se encontraba el catre de alambre para el oficial de guardia. Al lado, algunas cajas colgadas como estantes para almacenar lo que fuese necesario; aquí y allá se veían velas de estearina y, junto a la entrada, una caja de municiones que servía de mesa, con un banco.

Sentado a la mesa, en la que unos trapos raídos disimulaban el rudo aspecto de la caja, el capitán Afonso Brandão preparaba el informe de las tres de la tarde sobre la situación en el sector bajo su comando y sobre el viento, información esta última considerada relevante para evaluar la posibilidad de que el enemigo lanzase gases tóxicos. Por casualidad, aquel día 22 de noviembre, el viento venía del este, siendo por ello propicio para que los alemanes utilizaran armas químicas. El documento que el capitán ultimaba era el quinto del día. Por lo menos, nadie podía acusar al CEP de ignorar la burocracia. Era ayer cuando Afonso había llegado a las trincheras, después de la intrigante noche en al Château Redier, y lidiaba ahora, en pleno frente de guerra, con los papeles de la compañía a su cargo.