Capítulo 4
El equipo de artilleros tenía orden de disparar tres salvas a las cinco de la tarde. A la hora exacta, los hombres cogieron una granada de doscientas noventa libras, cargaron la Howitzer, el jefe del equipo reguló por la mirilla la elevación hasta los cuarenta y tres grados y, cuando estuvo satisfecho, retrocedió.
– ¡Atención!
Los hombres se taparon los oídos.
– ¡Fuego!
La Howitzer dio un violento tirón hacia atrás y vomitó una lengua de fuego por el cañón chamuscado, un trueno ensordecedor llenó el aire y la granada salió disparada hacia las líneas enemigas. El proyectil se alejó con un zumbido siniestro, el silbido fue muriendo en el cielo hasta callarse, se hizo una pausa de varios segundos, una nube silenciosa se elevó del otro lado, se prolongó la pausa. Finalmente, se oyó el lejano estampido de la detonación, eran noticias traídas por el viento que confirmaban que la granada había estallado como estaba previsto. La operación se repitió dos veces, después los artilleros, que no querían estar junto al cañón cuando llegase la respuesta, se recogieron en el refugio.
No hizo falta esperar mucho. Al cabo de unos minutos, una lluvia de granadas comenzó a regar las líneas portuguesas. Los centinelas corrieron a protegerse del fuego lanzado por las Mor- ser alemanas; hasta los observadores camuflados se acurrucaron en las fosas.
Las sucesivas detonaciones despertaron a Matias, el Grande, y a los restantes hombres de la Infantería 8 del sopor del sueño. La tierra temblaba y algunos trozos de barro cayeron sobre su cuerpo. El enorme nativo del Miño se incorporó en la tabla, vio una rata royendo la manta, la sacudió para ahuyentar al animal y se sentó junto a Daniel, el Beato, que temblaba. El refugio estaba frío y húmedo, pero aquél era un temblor nervioso, de miedo. Matías sintió también que sus manos temblequeaban y se puso la manta sobre la espalda, cuidando de que también le cubriese el resto del cuerpo. Una granada estalló cerca y el fragor de la detonación resonó como un tambor. Al temblor de las manos se añadieron los sudores fríos. La decena de hombres que se apiñaba en el refugio sufría en silencio, bañados su rostros en sudor, todos sentados mirándose unos a otros o fijando los ojos en el infinito o en las paredes embarradas del refugio. Daniel era el único con los párpados cerrados, mientras sus labios murmuraban una oración rápida y siempre repetida cuando llegaba al final, haciendo así justicia a su apodo: el Beato.
– DiostesalvemaríallenaeresdegraciaelSeñorescontigoybenditatúeresentretodaslasmujeresybenditoeselfruto…
Escuchando la oración que su amigo susurraba como una letanía, entre el estruendo y los zumbidos de la artillería, Matías se acordó con una sonrisa amarga de la decepción que sintió cuando llegó por primera vez a las trincheras, dos meses antes, en septiembre de 1917. Imaginaba antes que la guerra era una gran aventura, repleta de acción y emoción, y se quedó sorprendido por el volumen de trabajo rutinario y de soporífero tedio que poblaba la vida en las líneas. Gran parte del día estaba dedicado a trabajos de diversa índole. Los hombres cargaban municiones y vituallas, llenaban sacos de arena, reparaban vallas y redes de alambre de espinos, cavaban huecos, realizaban drenajes, clavaban tablas en los parapetos, reforzaban paredes, hacían limpieza, siempre con el estómago que se encogía de hambre y el cuerpo que temblaba de frío. El agotamiento era tal que Matías comenzó a concluir que hacía trabajo de siervo en condiciones de esclavo y viviendo como un hombre de las cavernas.
Cuando se produjeron los primeros bombardeos pesados fue una alegría, los lanudos parecían unos chicos traviesos, estúpidamente entusiasmados por el espectáculo prodigioso que iluminaba la noche. En aquel momento, todo sonaba a novedad, había incluso quien salía de los refugios para observar lo que sucedía, la acción parecía excitante, palpitante, tremenda, se disparaba la adrenalina, la guerra era un alucinante juego de luces, colores, sonidos y emociones fuertes. Se sentían extrañamente invulnerables, turistas en un inofensivo paseo, actores en una aventura emocionante. Matías pensaba entonces que las granadas no apuntaban a él, que las balas pasarían siempre al lado sin alcanzarlo, y se sorprendía cuando veía a los tommies meneando la cabeza, estupefactos ante la alegría infantil de los lanudos. Pero cuando empezó a ver morir a sus camaradas, pedazos de carne desparramados por el suelo y miembros mutilados a su alrededor, todo cambió, la muerte dejó de ser abstracta. Lo que inicialmente no parecía otra cosa que una fantasía irreal se convirtió ahora en peligro letal, dejó de ser broma y comenzó a ser pesadilla. Llegaron los temblores, el sudor, el horror, la impotencia. Matías empezó gradualmente a comprender que la guerra estaba hecha en un ochenta por ciento de tedio y rutina, en un diecinueve por ciento de frío polar, pero en un uno por ciento de puro horror, el mismo horror que en aquel momento lo paralizaba, a él y a sus compañeros. Huir de ahí estaba descartado, aunque los reglamentos militares lo permitiesen. Los refugios lo acorralaban, es cierto, pero siempre ofrecían alguna protección. Fuera, bajo la tempestad de acero y de fuego, sospechaba que no sería posible sobrevivir mucho tiempo.
– Los cabrones de los «pájaros» deberían estar aquí -rezongó Vicente, el Manitas, que había acabado hacía una hora la ronda de centinela e intentaba ahora apartar la atención del bombardeo pesado que continuaba en el exterior.
Vicente era el que más protestaba entre los soldados del grupo, no perdía oportunidad de flagelar a los oficiales con palabras cargadas de rabia, pero la verdad es que se limitaba a expresar de viva voz lo que otros pensaban sin decirlo. El resentimiento de los soldados con respecto a los oficiales y la multitud de militares con tareas exclusivamente burocráticas era profundo; además constituía un tema recurrente en sus conversaciones. Los soldados formaban una comunidad cerrada, unidos por una miseria extrema, tenían conciencia de ser carne de cañón y se sentían olvidados por el país y pisoteados por sus jefes.
– Tenemos que aguantar -comentó Matías lacónicamente, apretando los dientes para controlar el miedo.
– Nosotros hundido'en la mierda y ellos en sus refugios con camas, viviendo a lo grande en los cuarteles generales junto al fuego de la chimenea, disfrutando a tope de las juergas con las demoiselles, atiborrándose en los comedores con sus raciones de carne de vaca, bebiendo tinto servido en copas de cristal y durmiendo en sábanas lavadas y perfumadas -enumeró Vicente con un rictus de desprecio.
Se acercó otro lanudo, casi gateando por el suelo fangoso del refugio. Era Baltazar, un serrano de Gerés que solía estar gordo; ahora, con la piel arrugada y el pelo prematuramente canoso en las sienes, mostraba un aspecto envejecido y ya lo llamaban «el Viejo». Sintiendo una especie de comunión del miedo, que lo llevaba a buscar a los hombres que con él sufrían, decidió animar el diálogo, sazonándolo con detalles sobre las demoiselles, una manera eficaz de abstraer la mente del bombardeo.
– El otro día, en Saint Venant, vi incluso a una mujer saliendo del cuartel general -dijo Baltazar-. ¡Qué categoría!
Se callaron, imaginándola. Cualquier noticia sobre la aparición de mujeres causaba siempre sensación.
– ¿Estaba buena? -preguntó Matias, sabiendo que el Viejo no perdía ocasión de usar la palabra «categoría», su expresión favorita desde que la oyera de boca de un oficial.