– Ya están neutralizando la ametralladora -dijo Afonso sin apartar los ojos del periscopio. Después de un breve instante, dejó el instrumento en el suelo y se volvió hacia los hombres-. Vamos.
Matías, el Grande, agarró la pesada Lewis, sus músculos macizos se tensaron por el esfuerzo, respiró hondo y se lanzó corriendo por la trinchera, sujetando el arma en ristre con sus enormes brazos, mientras Afonso avanzaba junto a él con la pistola en una mano y una Mills en la otra. Llegaron a la línea del frente e inspeccionaron los dos lados, a derecha y a izquierda, y no vieron a nadie.
– Limpia -dijo Matias.
– Usted ahí -indicó Afonso, señalando a Baltazar-. Quédese vigilando el ala derecha para que no nos sorprendan por detrás.
Baltazar, el Viejo, se apostó como centinela a la derecha y los ocho hombres restantes giraron por la izquierda en dirección a Tilleloy Sur, mientras Matias seguía con la Lewis apuntada hacia delante zigzagueando por la línea.
Un bulto surgió del humo en la trinchera y el portugués no vaciló, sólo podía ser un alemán, abrió fuego con la ametralladora y derribó al bulto, los hombres del CEP siguieron más allá del cuerpo del enemigo caído en el suelo, y Matias volvió a disparar con la Lewis contra la espesa cortina de humo, donde apareció un segundo alemán que levantó las manos en señal de rendición gritando «Kamerad». Matias no lo dejó seguir con una nueva ráfaga, silbaban proyectiles por todas partes. En plena confusión, los alemanes pensaron que era un contraataque de gran envergadura, habían perdido momentos antes la ametralladora y oían ahora a soldados portugueses acercándose desde la posición donde se encontraban, así que saltaron todos por el parapeto, desafiaron temerariamente las granadas del CEP que alzaban penachos de humo y hierro en la Tierra de Nadie y se sumergieron entre las nubes de guerra que se cernían entre las líneas enemigas.
Los portugueses se quedaron mirando a los alemanes correr de regreso a sus posiciones. Sabrían después que varios compañeros del 29 habían sido hechos prisioneros, pero nunca llegarían a saber que era ése el verdadero objetivo de aquel asalto alemán: coger prisioneros portugueses para obtener informaciones que facilitasen la planificación de la ofensiva de la primavera, decidida once días antes, en Mons, por el consejo de guerra enemigo. En el parapeto, el único soldado portugués que aún disparaba a los alemanes en fuga era Matias, el Grande. Afonso le indicó con una seña que parase cuando se hizo evidente que los alemanes ya estaban demasiado lejos y sería difícil alcanzarlos en movimiento, pero Matias lo ignoró, mantuvo el dedo furiosamente apretado en el gatillo y así siguió mientras vio enemigos delante y aun después de que los perdiera de vista. El capitán quedó sorprendido por la furia del soldado y la atribuyó erradamente a cualidades innatas de guerrero. Lo que Afonso no sabía, no podía saber, era que, aquel día, Matías tenía que vengar a un amigo de la infancia.
Capítulo 5
Hasta la luz amarillenta de las bombillas sobre la mesa pareció brillar aún más cuando Marcel se colocó en la puerta. Afonso no reparó en él, tan absorto estaba apreciando la hermosa mesa de caoba que ocupaba el centro del comedor, la tabla apoyada sobre cinco patas pesadas con cabochons salientes, los cubiertos de plata que encuadraban la refinada porcelana de Sèvres, decorada con gotas de esmalte y figuras geométricas doradas sobre un fondo azul intenso, cuidadosamente alineados en el mantel bordado a mano. La criada entró apresurada en el comedor con la bandeja en los brazos, afanosa, protegiéndose las manos de la porcelana caliente con un paño blanco de cocina. Viéndola pasar veloz y sonrojada, el mayordomo se llenó el pecho de aire y, con voz firme y solemne, anunció el menú.
– Poulet rôti au riz à la normande -proclamó Marcel, con actitud ceremoniosa y tono altivo.
La muchacha regordeta, sonriente y aliviada, apoyó la bandeja humeante en la mesa. El barón Redier, complacido por el murmullo de satisfacción de los invitados como reacción al anuncio de la llegada de la comida, abrió las manos en dirección al poulet.
– Voilà!
– Jolly good! -exclamó el teniente Cook, arqueando las cejas y elogiando la visión de lo que, a juzgar por las apariencias, sería sin duda un espléndido banquete-. Looks smashing.
El capitán Afonso Brandão miró la bandeja y no pudo dejar de apreciar la genial manera francesa de transformar un plato trivial en un manjar de reyes únicamente por recurrir a una grandiosa floritura semántica inserta en un ambiente sofisticado. El pomposo nombre poulet rôti au riz à la normande designaba un vulgar pollo asado servido con arroz blanco en una salsa cremosa. En su casa, en Carrachana, se hacía mejor con nombres más sencillos, pensó Afonso, empeñado en perdonar, no obstante, a Cook por el entusiasmo excesivo que manifestaba por un plato tan corriente. ¿No era él, al fin y al cabo, un inglés, habituado a rudas dietas de corned-beef, mushed potatoes, baked beans con bacon, sausages y scrambled eggs? ¿Cómo censurarlo por el extraordinario efecto que un mero pollo producía por anticipado en sus papilas gustativas si el pobre mozo estaba habituado a sufrir los rigores de la austera cocina británica?
El oficial portugués se encontraba de regreso al palacete donde había pernoctado diez días antes, en los alrededores de Armentières, y se sorprendió por no sorprenderse de estar allí de nuevo. Gracias a una conversación privada entre la hermosa baronesa y el maire de la ciudad, Afonso obtuvo un nuevo permiso de estancia en el Château Redier, aunque esta vez no había ido solo. También el teniente Timothy Cook, del Royal Flying Corps, recibió el billeting certifícate para pernoctar en el palacete esa noche fría del 1 de diciembre.
– C'est bon?-preguntó Agnès, haciéndole una seña a Marcel para que trajese el vino.
– I say -repuso Cook con la boca llena del primer bocado, con una gota de grasa en el bigote rubio-. Capital! Most excellent!
Marcel se acercó con una botella cerrada y se la entregó a la baronesa. Agnès la cogió y se la enseñó a los invitados.
– Es un Bordeaux Château Margaux de una cosecha de año vintage, 1892. ¿Alguna objeción?
Los invitados se miraron sin saber qué decir. Cook no era connaisseur, le daba igual. Afonso, en cambio, entendía de vinos, pero sólo de los portugueses, y no podía sospechar que le estaban ofreciendo un néctar de los dioses producido por las mejores viñas francesas.
– C'est bon -dijo finalmente el inglés, como lo habría dicho de cualquier vino que le pusieran por delante, hasta el más ordinario de los tintos; él, que estaba más habituado a las frescas lagers y a las tibias ales, a las mild, a las bitter, a las porter y a las stout, a los half-a-pint de draft servidos en cualquier pub de la Strand, de King's Road o de la estrecha Neal Street.