– ¿Qué deseas? -preguntó él, disgustado y resentido.
– ¿Qué deseo? Es evidente: te deseo a ti.
– No fue eso lo que dijiste ayer…
– Ayer estaba Jacques a mi lado, en una situación terrible. No lo podía dejar así, como un trapo viejo, a él que tanto me ha ayudado. Tienes que comprender.
– ¿Ah, sí? ¿Y quién me comprende a mí? Te quedaste con él para no ofenderlo, pero no pensaste que me ofendías a mí.
– Alphonse, mírame -le ordenó con el semblante muy serio-. Jacques me ayudó mucho cuando yo estaba perdida, me tendió la mano y me sacó de una situación muy difícil. No puedo pasar por alto que eso ocurrió. Además, no soy capaz de responder con ingratitud.
– Muy bien, pero, si lo elegiste, ahora tienes que asumir tu opción, no puedes jugar con mis sentimientos.
– Alphonse, no seas niño. Estoy aquí, te he elegido, ¿qué más quieres?
– La elección ya la hiciste en Boulogne. Está hecha, no actúes ahora como si nada hubiese ocurrido.
Agnès se quedó mirándolo durante un buen rato, evaluando la situación, intentando decidirse. Al cabo de una pausa interminable, suspiró.
– Muy bien, veo que no me quieres. No vale la pena insistir. -Dio media vuelta y se dirigió resueltamente hacia la puerta-. Au revoir, Alphonse.
El capitán se quedó inmóvil, atónito, viéndola partir, abismado en su propia reacción. La deseaba ardientemente, nada quería más en la vida que no fuese la reconciliación, aquel encuentro lo liberaba de aquella pesadilla que lo dominara la noche anterior. ¿Y qué hacía él? La rechazaba, la repelía, la ignoraba. Sintió que un orgullo incontenible dominaba su corazón y nublaba su facultad de razonar, comprendió que su comportamiento se había vuelto rehén de ese inconmensurable sentimiento, egoísta y arrogante, pero se sentía impotente para superarlo. Por encima de todo, deseaba hacer difícil su rendición, hacerla sufrir, mostrarle que no podía disponer de él como quería, probarle que lo que le había hecho tenía consecuencias. El problema es que quien sufría era él. Con el corazón deshecho, la vio salir de la sala de estar y desaparecer más allá de la puerta. Se sintió confuso, experimentó sensaciones contradictorias, su corazón se enfrentó al orgullo, el peso del mundo se derrumbó sobre sus hombros, la respiración se le volvió jadeante, pesada, angustiosa. Se agitó, torturado por la duda, dividido en cuanto a lo que había hecho y en cuanto a lo que tendría que hacer. Sintió que los segundos se agotaban, cada segundo lo alejaba un poco más de Agnès, cada instante volvía irrevocable la separación. Torturado por un doloroso conflicto interior, dio tres pasos hacia delante, se detuvo, retrocedió, volvió a avanzar, casi corriendo, se detuvo nuevamente, la indecisión lo desgarraba. Después de una última vacilación, venció la voz del corazón. Echó a correr, cruzó los pasillos, pasó por la recepción y salió del hotel. Vio a Agnès subiendo en una calesa y temió que ella se fuese sin verlo.
– ¡Agnès! -gritó. Su voz retumbó en las calles desiertas de Merville a esas horas de la madrugada-. ¡Agnès! Attends!
Durante un largo instante le pareció que ella lo ignoraba. Pero la baronesa se inmovilizó cuando subía a su asiento y volvió la cara, enfrentándolo. Afonso se acercó a la carrera.
– ¿ Qué deseas? -le preguntó ella, expectante.
El capitán se acercó a la calesa, jadeante, con su pecho que subía y bajaba, tomando aire.
– Espera -dijo. Se detuvo para recuperar el aliento-. Disculpa lo que te he dicho. -Tragó saliva-. ¿Te quedas conmigo?
Ella lo miró con intensidad.
– ¿Estás hablando en serio?
– Nunca he hablado más en serio en mi vida. ¿Te quedas conmigo? -dijo con actitud suplicante-. Por favor…
Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa.
– ¡Claro que me quedo, tonto!
Agnès bajó de la calesa y se echó en sus brazos. Se besaron ávidamente, felices, aliviados, Afonso la enlazó y la llevó de nuevo al hotel, ciñéndola contra su cuerpo, con las cabezas inclinadas una en la otra, tocándose con ternura. Pidió de nuevo las llaves al recepcionista, con el brazo libre cogió la maleta que había dejado junto al mostrador, subieron las escaleras aferrados el uno al otro, el capitán puso la llave en la cerradura, abrió la puerta, tiró la maleta a la derecha, cerró la puerta y ambos cayeron en la cama.
Hicieron el amor despacio, con cariño, con pasión, emocionados, reconciliados, con las manos siempre enlazadas las unas en las otras. Se quedaron después un buen tiempo abrazados, gozando del momento, intercambiando susurros y caricias. Cuando salió finalmente el sol, Afonso suspiró y miró el reloj.
– Mi amor, es terrible, pero tengo que irme -dijo.
– ¿Adonde tienes que ir?
Afonso suspiró.
– Tengo que presentarme en el batallón, mi licencia ya está agotada.
– ¿Vas a las trincheras? -Sí.
– ¿No puedes olvidarte de ir?
– Poder, puedo, pero eso tendría consecuencias. Recibiría un castigo disciplinario y, peor aún, me quitarían la licencia que me dieron para después de Navidad. ¿Crees que merece la pena?
Agnès cerró los ojos.
– No. Si tienes que ir, ve.
– No te enfades, es mi deber.
La francesa se sentó en la cama de espaldas a él, se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar.
– Ve.
Afonso se acercó, la cogió por la espalda y la besó en el cuello.
– Ten calma, mi amor, ten calma -murmuró con los labios pegados a los oídos de Agnès.
Agnès sollozaba, amargada. Apartó las manos de su cara y lo miró, con sus ojos, de un verde luminoso, brillando entre las lágrimas.
– ¿Y si te ocurre algo, mon mignon? ¿Qué será de mí? ¿Cómo podré vivir?
– No me ocurrirá nada, querida, quédate tranquila.
– Pero eso no depende de ti, puede ocurrir. Mira lo que le pasó a Serge…
– No, mi flor, me han destinado a las tareas administrativas -le mintió repentinamente inspirado-. ¿Has oído? Ya no tengo que combatir, sólo que ocuparme de papeles, de la burocracia.
Ella apartó la cabeza y lo miró a los ojos, inquiriendo la verdad.
– Vraiment?
Afonso mantuvo la mirada sólo lo suficiente. Después la atrajo hacia sí, temía bajar la vista y que sus ojos delatasen la mentira.
– Claro, ma petite. -La estrechó en un abrazo y después volvió a mirarla-. Volveré -le aseguró con una sonrisa-. Aunque me maten.
Capítulo 8
Los soldados se quedaron con la boca abierta y los ojos fijos en el cielo en un gesto de asombro. Una vasta cortina de luz llenaba el firmamento, dibujando un fantasmagórico arco de colores que se perdía en las alturas. El destello luminoso danzaba en silencio, como un majestuoso y magnífico armonio, las profundas tinieblas celestiales se habían pintado con manchas de luz amarilla, verde, roja, azul incluso. Era algo nunca visto, una visión pasmosa, un prodigio que llenaba de fascinación o de terror a los hombres en la Tierra. La cascada brillante y colorida se deslizaba suavemente, muy despacio, en un lento y ondulante movimiento, llena de misterio, sublime en su majestuosidad. Un murmullo respetuoso se alzó de Ferme du Bois, varios lanudos cayeron de rodillas rezando, había incluso quien temblaba de miedo, Dios se manifestaba, la Virgen regresaba, o si no, pensaban ciertos soldados más supersticiosos, era la furia del más allá que estaba a punto de desencadenarse sobre ellos, miserables pecadores sumergidos en el barro y en la nieve. Algunos hombres, pasado el estupor inicial, comenzaron a gritar y a huir por las trincheras, temían el castigo divino, otros se quedaban pegados al suelo contemplando aquel vasto incendio celeste que iluminaba la noche como una hoguera gigante.