– Siempre la misma mierda -rezongó Vicente, el Maní- tas-. Los jefes deciden distribuir castañas en Navidad y los pobres diablos nos quedamos con las sobras. ¡La madre que los parió!
– No vale la pena que insultes; los boches, por lo visto, no han reaccionado -lo amonestó el sargento Rosa.
– Por ahora, mi sargento, por ahora -insistió Vicente-. Espere a vuelta de correo.
– Pero ¡qué ave de mal agüero! -comentó Matías con tono reprobador. El cabo sabía que los presagios del Manitas tenían un efecto negativo en el pelotón.
– ¿Cuándo sirven el bacalao? -preguntó Baltazar, igualmente preocupado por el efecto de los malos augurios de Vicente y decidido a aligerar la conversación y cambiar de tema. Como tenía siempre en la mente el rancho, para colmo con el menú especial de Nochebuena avivándole el apetito, creyó que éste era un tema magnífico para distraer al grupo-. He oído decir que esta noche, para la cena, va a haber unos platos de categoría…, y yo ya estoy con un hambre…
– No habrá bacalao para nadie -interrumpió el sargento secamente.
– ¿Cómo? -se sorprendió Matías-. Pero Matos me ha dicho que…
– Se ha suspendido el rancho en la cantina.
– ¿Qué?
– Disculpen, muchachos, pero son órdenes superiores -explicó Rosa, turbado por ser el portador de aquellas noticias-. Quieren a todo el mundo en su puesto durante la noche, la borrasca va a continuar.
– ¡Oh, no! -protestó Baltazar-. Pero qué cabronada.
– Lo lamento, pero, como he dicho, son órdenes. Van a tener que conformarse con el corned-beef.
– ¡Que el «cornebif» se lo coma su puta madre! -rugió Vicente, furioso y sublevado, dando un intempestivo puntapié a un saco de arena. Lanzó una sarta de tacos-. ¡Apuesto cualquier cosa a que la mierda del bacalao va a ir a parar a la mesa de los oficiales!
Nadie quiso apostar, era evidente para todos que el bacalao se destinaría a los «pájaros» carboneros de la retaguardia.
– Pero ¿de qué borrasca está hablando, mi sargento? -preguntó Matías, atento a las anteriores palabras de Rosa.
– Va a haber un nuevo bombardeo a las siete de la tarde.
– ¿ Otra vez?
– Otra vez -confirmó el sargento, que se incorporó para proseguir la ronda. No quería quedarse allí aplacando las protestas. Dio un paso para marcharse, vaciló, miró hacia atrás y esbozó una tímida sonrisa-. Feliz Navidad, muchachos.
Capítulo 9
La mañana se prolongaba, agradable y amodorrada, en el tranquilo cuartel general del CEP, en Saint Venant. Agnès miró melancólicamente por la ventana de la mansión, admirando los enormes olmos que se erguían como torres en el jardín, el gorjear amoroso de los gorriones llenando con su melodía aquel bucólico cuadro. Con los ojos pensativamente perdidos en la verdura, a la francesa le pareció extraño estar allí, en el centro de comando de una de las fuerzas empeñadas en aquella guerra terrible, y verse rodeada de un paisaje tan paradisiaco, ¿cómo era posible que los hombres que mandaban a otros al frente de batalla viviesen en un ambiente tan pacífico, tan recatado, tan ajeno a los horrores resultantes de las órdenes que se daban desde allí? Agnès suspiró, archivó en una enorme carpeta la carta que tenía en la mano y sacó un nuevo sobre.
Sintió que la puerta se abría a su izquierda y volvió la cabeza. Era el teniente Trindade, que entraba en la sala de mecanografía, momentáneamente desierta, o casi, e iba a reunirse con ella.
– ¿Quiere un té? -preguntó el oficial portugués.
– No, gracias.
– ¿Ni un café?
– No, no quiero nada, gracias. Estoy bien.
El teniente vaciló, miró a su alrededor, allí no había nadie más, el resto del personal se había ido a comer y las máquinas de escribir estaban sumidas en el silencio.
– ¿Está segura de que no quiere ir esta noche a bailar un fox-trot conmigo?
– Le agradezco de nuevo su amable invitación, pero no es posible.
– Lo pasaría bien…
– No lo dudo, señor teniente, pero lamentablemente no puedo.
– Oh, no me llame señor teniente, se lo ruego. Le he pedido ya tantas veces que me trate de Cesário. Vamos, por favor, llámeme Cesário.
– Le pido disculpas, trataré de recordarlo.
Agnès se sentía ya cansada de todas las atenciones que le brindaba el teniente Trindade desde que, hacía casi una semana, había empezado a trabajar en el cuartel general. Ir a Saint Venant había sido una idea de Afonso, ahora que se había ido de casa necesitaba trabajo, y el centro de comando del CEP era una alternativa interesante. Se trataba de un lugar tranquilo, no por casualidad los soldados llamaban al cuartel general «Gran Ganga». Afonso se la había presentado a su amigo Trindade, el Mocoso, la misma mañana en que se reconciliaron y, como hacía falta una persona que se encargase de atender a los ciudadanos franceses que por alguna razón tenían que establecer contacto con el CEP, se resolvió que Agnès ocupase el puesto. El problema es que enviaron de inmediato a Afonso a las trincheras y su amigo teniente sentía por la bella recién llegada una inusitada atracción. Estaba cada vez más claro que Trindade no le manifestaba tanta amabilidad por mero sentido del deber para con Afonso, sino más bien por la evidente e insoslayable atracción que ella le producía. El teniente no se cansó de aparecer, los últimos días, en la sala de mecanografía, siempre con pretextos para conversar, y de las palabras galantes había pasado ahora a las invitaciones melosas.
– ¿No quiere ir al cinematógrafo conmigo? -insistió él, después de una pausa embarazosa.
– Sería fantástico, pero no puedo.
– No sabe lo que se pierde. Van a poner una película de Max Linder que es para desternillarse de risa, y después, Juana de Arco, con Geraldine Farrar.
– Prefiero a Sarah Bernhardt.
– A mí también me gusta. Pero mire que la Farrar tiene una voz hermosísima, dicen que en la ópera es magnífica.
– No interesa mucho que tenga buena voz. -Agnès se rio-. La película es muda.
– Es cierto -reconoció Trindade, sin poder evitar que el rubor le subiese a la cara-. Pero venga, le va a gustar.
– Gracias, pero no puedo.
– Pero ¿por qué? ¿Tiene realmente algo tan importante que hacer?
– Alphonse llega esta noche.
El teniente Trindade, el Mocoso, sintió el golpe, forzó una sonrisa, murmuró una disculpa imperceptible e, irritado, dio media vuelta y salió de la sala de mecanografía. Divertida ante esta reacción, Agnès contuvo la risa y regresó al sobre que había abierto hacía unos minutos. Era de un agricultor de Lestrem que protestaba porque los soldados le habían robado todas las manzanas que había puesto en un carro, junto al mercado, y exigía ahora una compensación. La francesa tomó nota de la queja en un formulario propio y derivó el asunto al mayor Ezequiel, encargado de las cuestiones entre el CEP y los civiles. Agnès sonrió pensando en los francos que habría que desembolsar para pagar por esos hurtos. Por el volumen de quejas que recibía, comprobó que el robo de comida era común entre los soldados, en especial patatas y nabos. Pero muchos hurtaban también ropa interior, como camisetas, calzoncillos y calcetines, sobre todo de lana, e incluso guantes, chalecos, impermeables, botas de goma, todo lo que pudiese protegerlos del frío y el barro.
Cuando Agnès se preparaba para abrir el sobre siguiente, el teniente Trindade asomó por la puerta y la interrumpió.
– M'dame -llamó.
– ¿Sí?
– Hay una señora que pregunta por usted.
– ¿Por mí?
– Mejor dicho, no exactamente por usted -titubeó el oficial-. Es una civil y creo que es mejor que hable usted con ella.