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Matt estaba dispuesto a hacer lo que fuera por Sara.

Lo que fuera.

– Sabes perfectamente que Matt está loco por ti. Pero si es un bobo.

¿Bobo?

Matt la miró con la ceja enarcada y Lily sonrió encantada.

– Todos sabemos que está loco por ti.

– Eso es lo que tú te crees porque tú no tienes ni idea de cómo va una relación. No lo entiendes.

Lily no se iba a poner a discutir sobre ese punto porque era cierto. Para ella, las relaciones eran un tema difícil que le daba náuseas. Claro que, en aquellos momentos, no le hubiera importado nada mantener una relación, aunque simplemente sexual, con el tipo que estaba sentado justamente al lado de Matt observándola atentamente.

Sara suspiró.

– Anda, venga, siéntate -insistió Lily.

– No te preocupes, que no me voy a poner de parto. No me pienso poner de parto jamás, quiero seguir embarazada para siempre.

– Lo que tú quieras -dijo Lily intentando llevarse a su hermana hacia una mesa-. Anda, siéntate. Seguro que Matt no tarda nada en llegar.

En aquel momento, Matt apareció como por arte de magia.

– Hola, cariño -saludó abrazando a su esposa-. Perdona por llegar tarde.

Sara lo miró muy seria.

– ¿La chica con la que me engañas utiliza un perfume que huele a cedro?

– Eh…

– Hueles a cedro, Matt -lo acusó Sara.

– Sí, bueno, eso es por mi culpa -se apresuró a intervenir Lily.

– ¿Ah, sí? ¿Y eso? -quiso saber Sara.

– Bueno… -contestó Lily intentando improvisar-. Tu marido huele a cedro porque ha estado recogiendo madera para hacerme unas estanterías.

– No me puedo creer que seas tan egoísta como para pedirle a mi marido que te haga unas estanterías cuando sabes perfectamente que yo lo necesito a mi lado -dijo Sara sorprendida.

– Bueno, ya sabes que yo siempre he sido una gran egoísta.

– Oh, Matt -ronroneó Sara-. ¿De verdad le estás haciendo unas estanterías a mi hermana?

– Sí, bueno… ¿Estás enfadada?

– No, cariño -dijo Sara pasándole los brazos por el cuello y sollozando-. Lo siento. Me estoy volviendo loca.

«Desde luego», pensó Lily.

– Te quiero -dijo Matt tomando a su mujer de la cintura y saliendo de la cafetería.

– Eh, tú, que tienes que trabajar -lo reprendió Lily.

– Vuelvo dentro de un rato.

– Maldita sea.

En aquel momento, Logan se separó de la pared en la que había estado apoyado hasta entonces y se acercó a ella.

– Espero que te agradezca lo que acabas de hacer por él.

– Sí, seguro que sí. El pobre hombre se pasa la vida haciéndome estanterías.

Logan la tomó de la mano y sintió que se le se tensaba hasta el último músculo del cuerpo.

La miró de arriba abajo y Lily, que se había vestido de cualquier manera para estar cómoda, se sintió femenina e incluso bonita.

– Llevo todo el día pensando en ti -sonrió Logan de manera sensual.

– ¿De verdad?

– De verdad.

– ¿Qué tal te ha ido hoy?

– Eso mismo te iba a preguntar yo a ti.

– He estado esquiando y me lo he pasado fenomenal.

– Qué suerte.

– ¿Tú no has podido salir?

– No, he tenido mucho que hacer -contestó Lily-. Por cierto, te tengo que dejar -añadió al ver que Sasha, la otra camarera no daba abasto.

– Vaya, qué pena.

«Ni que lo digas».

– Te invito a una copa -propuso Lily intentando ir hacia la barra.

Logan la tiró de la mano y le retiró un mechón de pelo de la cara.

– Hace un par de días me dejaste que te ayudara. ¿Por qué no hacemos ahora lo mismo?

– Está bien. ¿Qué quieres hacer?

– Estar contigo.

Lily sintió que la temperatura de la habitación subía mil grados y sonrió. Llevaba dos noches teniendo fantasías con aquel hombre y había llegado el momento de dejarse llevar.

– Está bien, pero va a tener que ser dentro de un rato.

Logan asintió y la siguió.

Lily le sirvió una cerveza y ayudó a Sasha hasta que volvió Matt, momento que aprovechó para irse a sentar con Logan a una mesa.

– ¿No te aburres estando solo de vacaciones?

– No, no suelo tener oportunidad de estar a solas conmigo mismo y la verdad es que lo estoy agradeciendo.

– Supongo que tu trabajo te mantiene muy ocupado.

– Sí, pero no tanto como a ti el tuyo.

Aquello hizo reír a Lily.

– Te aseguro que, si yo pudiera elegir, ahora mismo no me gustaría estar tan ocupada como estoy. Háblame de tu trabajo. Parece interesante. ¿Pilotas tú el helicóptero?

– Sí, Wyatt y yo -contestó Logan resumiéndole lo que hacían.

– Te tengo que dejar -dijo Lily al cabo de un rato poniéndose en pie.

Logan también se puso en pie.

– Me gustaría verte más tarde.

– Me parece bien -sonrió Lily, que nunca había sido una mujer tímida.

– ¿Dónde nos vemos?

– Una vez pasado el pasillo están las oficinas de los empleados y un poco más allá hay otro ala en la que está mi apartamento. Es la segunda puerta de la derecha.

Logan se quedó mirándola a los ojos y no dijo nada durante unos segundos.

– Se me va a hacer una eternidad, pero supongo que sobreviviré -se despidió-. Luego nos vemos.

Capítulo Siete

Una hora y media después, cuando cruzó el salón, el fuego estaba bajo, pero todavía lucía. Había gente charlando, un par de parejas haciendo manitas y un hombre y una mujer, que resultó ser la tía de Lily, flirteando en el sofá.

Logan no tenía intención de estar despierto tan tarde después de haber estado tres días esquiando sin parar, pero, después de que Lily le hubiera indicado dónde estaba su habitación…

Ante su invitación, se había sentido halagado, sorprendido y excitado.

Tres días de vacaciones y se lo estaba pasando en grande, tal y como le había contado a su amigo Wyatt cuando había hablado con él antes de cenar.

Sintiendo mariposas en el estómago, Logan se adentró por el oscuro pasillo que llevaba desde los despachos de los empleados hasta otro ala separada y allí se paró ante la segunda puerta de la derecha.

Una vez allí, llamó a la puerta con los nudillos y Lily abrió y lo miró sorprendida.

¿Acaso habría creído que no iba a ir?

– ¿Es muy tarde? -le preguntó Logan.

– No, no es tarde en absoluto -contestó Lily sonriendo de manera sensual.

Sí, era obvio que Lily había creído que no iba a aparecer. ¿Tantas promesas rotas y tantos compromisos incumplidos había habido en su vida?

Lily dio un paso atrás invitándolo a entrar y suspiró exasperada cuando sonó el teléfono.

– Perdóname un momento.

El salón era pequeño, pero acogedor, tenía un sofá lleno de cojines frente a la chimenea, fotografías de paisajes en las paredes, una pequeña cocina roja y blanca en un lado y una puerta.

¿Su dormitorio?

Lily se paseaba con el teléfono en el oído.

– Sí, Gwyneth, he cerrado con cerrojo las cajas de los osos -dijo exasperada-. Vaya, qué mona la tía Debbie por preocuparse. Sí, sí… Mira, ¿por qué no te vas a dormir ya? -se despidió colgando.

– Tienes un apartamento muy bonito -comentó Logan intentando que Lily se relajara.

– Gracias -sonrió Lily-. Lo cierto es que se me ha pasado por las cabeza muchas veces comprarme algo en la ciudad, pero al final me he quedado aquí. Soy la única que vive aquí a jornada completa desde que mi abuela murió el año pasado.

Logan se percató de que lo decía con dolor.

– ¿Estabais muy unidas?

– Sí -admitió Lily-. Maldita sea -añadió cuando sonó su busca.