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– Estás desbordado.

– Dilo como quieras, pero no deberías apurar el tiempo hasta el final. Anoche hablé con Picot, está exultante.

– ¿Dónde está?

– En París.

– ¿París?-suspiró Clara.

– Dice que ha empezado a moverse para poner en marcha la exposición y quiere saber si al final tú vas a ir.

– ¿Ir adónde?

– No sé, supongo que a donde la vayan a organizar, no se lo he preguntado.

– ¿Y tú, Ahmed, irás?

– Quiero acompañarte -respondió Ahmed con prudencia.

Sabía que el Ministerio del Interior grababa todas las conversaciones, y que después del asesinato de Alfred Tannenberg Palacio había ordenado una investigación exhaustiva. En el entorno de Sadam siempre habían estado obsesionados por la traición, de manera que creían que el asesino de Tannenberg pertenecía al círculo del anciano.

– Son las cinco de la mañana, si no tienes nada más que decirme…

– Sí, que debes de venir, hoy es 17 de marzo…

– Ya lo sé, me quedaré hasta el 19, hoy hemos encontrado otra estancia y varias decenas de tablillas.

– No, Clara, no debes quedarte. Debes estar en Bagdad, en tu casa. El ejército va a movilizar a todos los hombres, apenas tienes obreros que te ayuden.

– Dos días más, Ahmed.

– No, Clara, no; hoy te enviaré el helicóptero…

– Hoy no me iré, Ahmed, al menos espera a mañana.

– Mañana pues, al amanecer.

* * *

Gian Maria no había dormido en toda la noche. Se había quedado despierto para seguir clasificando las últimas tablillas halladas antes de que los obreros las embalaran para depositarlas en el contenedor que llevarían hasta Bagdad.

Le dolían los ojos de tanto fijar la mirada en los signos difusos grabados en el barro. Aún le quedaban unas cuantas tablillas por examinar cuando cogió al azar una de ellas. El sacerdote dio un respingo y a punto estuvo de que la tablilla se cayera y se hiciera añicos. En la parte superior de la tabilla aparecía el nombre de Shamas. Sintió que se le aceleraba la respiración y comenzó a leer pasando el dedo por las líneas regulares de los signos cuneiformes.

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.

»Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz "día", y a la oscuridad la llamó "noche". Y atardeció y amaneció: día primero.» [13]

Las lágrimas arrasaron los ojos del sacerdote. Se sentía profundamente conmovido y sintió la necesidad perentoria de ponerse de rodillas y dar gracias a Dios.

Abrazó aquel trozo de barro lleno de signos dibujados más de tres mil años atrás por un escriba que aseguraba que el patriarca Abraham le había dictado la historia de la Creación para que los hombres supieran la Verdad.

Aquella tablilla de barro recogía las palabras de Abraham inspiradas por Dios y que muchos siglos más tarde se recogerían en el libro por excelencia que es la Biblia.

Gian Maria a duras penas pudo seguir leyendo, tan grande era la emoción que sentía.

«Dijo Dios: "Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras". E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del firmamento, de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue. Y llamó Dios al firmamento "cielos". Y atardeció y amaneció: día segundo…». [14]

Continuó leyendo sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta. Se sentía cerca de Dios como nunca antes se había sentido. Y supo que, además de aquella tablilla, en el montón que aún quedaba por clasificar encontraría otras con la firma de Shamas.

Comenzó a buscar, ansioso, fijándose en la parte superior de las tablillas allí donde los escribas ponían su nombre. Primero encontró un trozo de tablilla, luego otros, y así, logró juntar, entre pedazos y tablillas enteras, ocho, ocho trozos de barro con el nombre de Shamas.

El sacerdote rezaba, reía, lloraba, tal era el cúmulo de emociones que le embargaban según iba encontrando las tablillas de barro en aquella pila descubierta hacía unas horas.

Sabía que debía avisar a Clara, pero sentía la necesidad de degustar en soledad aquel momento, para él cargado de espiritualidad. Aquello era un milagro, se decía, y daba gracias a Dios por haberle elegido para ser él quien diera con aquel barro cocido en que estaba impreso el rastro divino.

Intentaba descifrar aquellos signos cuidadosamente grabados por el cálamo de Shamas, y pensaba en quién sería aquel escriba, por qué conocía al patriarca Abraham y cómo éste había llegado a contarle la historia de la Creación.

Se preguntaba, también, por el extraño recorrido de aquel hombre cuyas primeras tablillas las escribió en Jaran, puesto que fue allí donde el abuelo de Clara encontró las dos tablillas que describían que el patriarca Abraham iba a relatarle el Génesis. Y, sin embargo, el mismo Shamas había dejado su huella también en Safran, en aquel templo cerca de Ur, donde habían encontrado restos de tablillas con disposiciones legales, comunicados oficiales, listas de plantas, poemas…

En algunas aparecía el nombre de Shamas, en otras los nombres de otros escribas.

La estancia donde habían aparecido los últimos restos de tablillas no era extraordinaria. Más bien pequeña, sin ninguna decoración, sólo las muescas en las paredes donde antaño habría habido las baldas en que los escribas colocaban las tablillas. Aunque Clara había dicho que aquélla parecía la habitación de un hombre, por las escasas dimensiones, y porque los restos de tablillas encontrados no eran los habituales; allí sólo habían encontrado fragmentos de poemas, lo que indicaba que aquélla no era una dependencia oficial del templo, acaso el lugar de trabajo del un-mi-a, el maestro.

Gian Maria pensó en el giro que había dado su vida en los últimos meses. Había dejado atrás la seguridad de los muros vaticanos, la rutina confortable compartida con otros sacerdotes, la tranquilidad de espíritu.

Ya no recordaba cuándo fue la última vez que durmió de un tirón, porque desde antes de dejar Roma en busca de Clara, todas sus noches habían estado pobladas de miedos. Miedo a no ser capaz de detener la mano dispuesta a perpetrar un crimen.

De nuevo los ojos se le llenaron de lágrimas mientras leía las palabras que le transportaban al instante en que Dios creó al hombre:

«Y dijo Dios: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra".

»Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.

»Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: "Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra".

»Dijo Dios: "Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la haz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros será de alimento". [15]

La luz se filtraba por la ventana cuando Gian Maria se dio cuenta de que Ante Plaskic le observaba. No había percibido la llegada del croata, tan ensimismado estaba en la lectura de las tablillas.

– ¡Ante, no imaginas lo que he encontrado!

– Dímelo -respondió con sequedad el croata.

– Tenía razón el abuelo de Clara, él siempre creyó que el patriarca Abraham nos legó la historia de la Creación, y aquí está, las tablillas existen, míralas…

El croata se acercó a Gian Maria y cogió una de las tablillas. Le parecía increíble que los hombres pudieran matar por aquel pedazo de barro, pero así era, y él tendría que hacerlo si alguien intentaba impedir que se hiciera con ellas.

– ¿Cuántas son? -preguntó Ante.

– Ocho, he encontrado ocho. Doy gracias a Dios porque haya querido brindarme este favor -respondió alegre el sacerdote.

– Debemos envolverlas bien para que no sufran ningún daño, si quieres te ayudo -se ofreció el croata.

– No, no, antes debemos avisar a Clara. Sé que nada la puede compensar por la pérdida de su abuelo, pero al menos habrá cumplido su sueño. ¡Esto es un milagro!

En ese momento Ayed Sahadi entró en el almacén y miró de arriba abajo a los dos hombres.

– ¿Qué pasa? -les preguntó con un tono de desconfianza.

– ¡Ayed, tenemos las tablillas! -exclamó Gian Maria, contento como un niño.

– ¿Las tablillas? ¿Qué tablillas? -preguntó Ayed.

– ¡La Biblia de Barro! El señor Tannenberg tenía razón. Clara tenía razón. El patriarca Abraham explicó a un escriba su idea sobre el origen del mundo. Es un descubrimiento revolucionario, un gran descubrimiento en la historia de la humanidad -le aclaró cada vez más emocionado Gian Maria.

El capataz se acercó a la mesa donde estaban alineadas las ocho tablillas, tres de ellas reconstruidas porque estaban rotas en pedazos. Pedazos colocados por Gian Maria hasta hacerlas legibles. Allí no se podían restaurar, eso deberían de hacerlo expertos, y Gian Maria soñaba con que Clara le permitiera llevar las tablillas a Roma, que las examinaran los científicos del Vaticano, incluso que las reconstruyeran con las avanzadísimas técnicas con que contaban.

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[13] Biblia de Jerusalén, Génesis, I, 1.

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[14] Íbid, I, 6.

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[15] Biblia de Jerusalén, Génesis, I, 26.