»Dejémoslo ya, el sol se está escondiendo. Mañana te contaré por qué no todos los hombres hablamos igual y a veces no nos entendemos.
El niño abrió los ojos sorprendido. Abrán tenía razón, apenas se veía, pero a él le hubiera gustado continuar. Claro que su madre estaría buscándolo y su padre querría ver lo que había aprendido ese día en la escuela de escribas. De manera que se levantó de un salto, recogió cuidadosamente las tablillas y echó a correr hacia la casa de adobe que su familia tenía por hogar.
Al día siguiente Abrán no acudió a la cita con Shamas. Buscaba la soledad porque sentía dentro de él la llamada de la voz de Dios. Esa noche se había despertado envuelto en sudor, sintiendo que algo le apretaba en las entrañas.
Cuando se levantó, salió de Jaran y caminó sin rumbo durante horas hasta que al caer la tarde se sentó a descansar en un palmeral cercado por hierba fina. Esperaba una señal del Señor.
Cerró los ojos y sintió una punzada junto al corazón, al tiempo que escuchaba con nitidez la voz sagrada de Él.
«Abrán, dejarás tu tierra, tu patria, la casa de tu padre e irás a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición.
»Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan.
»Por ti se bendecirán todos los linajes de la Tierra. [9]
Abrió los ojos esperando ver al Señor, pero las sombras de la noche se habían apoderado del palmeral, sólo alumbrado por la luna rojiza y miles de estrellas como puntos diminutos brillando desde el firmamento.
La inquietud se volvió a apoderar de él. Dios le había hablado con nitidez, aún podía sentir la fuerza de sus palabras retumbando dentro de sí.
Sabía que debía ponerse en marcha a la tierra de Canaán como quería el Señor. Aun antes de salir de Ur Él ya le había marcado el destino que había aplazado por ser Téraj anciano y querer reposar en Jaran, tierra de sus antepasados.
Los días y las noches habían pasado sin que la tribu se moviera de Jaran, donde encontraron buenos pastos y una próspera ciudad para comerciar. Se habían asentado tal y como quiso Téraj, aunque Abrán siempre supo que aquella estancia era provisional, puesto que llegaría el día en que el Señor le instaría a cumplir sus deseos.
Ese día había llegado y sintió pesadumbre sabiendo que tenía que obedecer a Dios y disgustar a Téraj.
Su anciano padre, con la mirada nublada y dificultades al andar, dormitaba buena parte del día perdido en las regiones habitadas por el recuerdo y el temor al más allá.
¿Cómo le diría a Téraj que habían de partir? El dolor le oprimía el pecho y las lágrimas fluían de sus ojos sin poder evitarlas.
Amaba a su padre, que le había guiado a lo largo de su vida. De él había aprendido cuanto sabía, y observando sus manos diestras construyendo estatuas había comprendido que unas manos no hacen un Dios.
Téraj creía en Él, y había logrado prender a Dios en el alma del resto de la tribu, aun hoy propicia a honrar las figuras de dioses de barro profusamente adornados de los santuarios.
Abrán caminaba con paso ligero. Tenía que llegar a la casa de su padre, donde Sara le aguardaría despierta a pesar de que hacía rato que había caído el sol.
Sentía la necesidad de apresurar el paso porque sabía que Téraj le estaba esperando. Su padre le llamaba angustiado.
Cuando llegó cerca de Jaran se encontró a un hombre de la tribu que aguardaba para llevarle rápido junto a su padre. La tarde anterior, le explicó, Téraj había caído en un sopor del que nadie lograba despertarlo y sólo murmuraba el nombre de Abrán.
Cuando entró en la casa mandó a las mujeres que salieran de la estancia de su padre y pidió a su hermano Najor que le dejara velar al anciano.
Najor, agotado por la larga jornada, salió a respirar el aire fresco de la noche mientras Abrán cuidaba de Téraj. Quienes estaban en la casa escuchaban los murmullos apagados de la voz de Abrán, aunque también creyeron escuchar la voz cansada del anciano.
El amanecer les sorprendió con la muerte de Téraj. La esclava de Sara, la esposa de Abrán, se acercó a su tienda para avisar a Yadin, el padre de Shamas, que se apresuró a ir a la casa de Téraj situada a pocos pasos de la suya. Encontró a Abrán y a su hermano Najor, junto a las mujeres de ambos, Sara y Milca, y su sobrino Lot.
Las mujeres lloraban y se mesaban el cabello, mientras los hombres no lograban articular palabra, tan grande era su desolación.
Yadin se hizo cargo de la situación y envió a por su esposa para que, con ayuda de las otras mujeres, lavaran el cadáver de Téraj y lo prepararan para dormir el sueño eterno en la tierra de Jaran.
Téraj había muerto en el lugar que amaba por encima de todos los demás, puesto que en Jaran, en ese ir y venir con el ganado en busca de pastos y de grano, habían nacido casi tantos antepasados suyos como en Ur.
La tribu guardó el plazo de rigor antes de entregar el cuerpo de Téraj a la tierra seca y quebradiza de esa época del año.
Abrán reflejaba en el rostro el dolor de la orfandad. Téraj había sido su padre y su guía, le había enseñado todo cuanto sabía. Le había ayudado a encontrar a Dios y nunca le había reconvenido por reírse de las figuras de barro que ellos convertían en dioses por encargo de algún noble señor o del mismísimo rey.
Téraj había sentido a Dios en su corazón, lo mismo que lo había sentido Abrán. Ahora le tocaba a él dirigir la tribu, y cuidar de llevarla a tierras donde hubiera pastos y pudieran vivir sin temor. Una tierra prometida por Dios.
– Iremos a Canaán -anunció Abrán-. Preparémonos para partir.
Los hombres discutieron sobre el camino que deberían seguir. Unos preferían asentarse en Jaran, otros proponían regresar a Ur y los más seguirían a Abrán donde fuera que éste se encaminara.
Yadin se reunió con su pariente, ahora convertido en jefe de la tribu.
– Abrán, no te acompañaremos a Canaán.
– Lo sé.
– ¿Lo sabes? ¿Cómo es posible si hasta ayer ni yo lo sabía?
– Se podía leer en la mirada de tu familia que no me acompañaríais. Shamas sueña con regresar a Ur, tu esposa añora aquella ciudad, donde quedó su familia, e incluso tú prefieres guiar a tu clan yendo y viniendo de Ur a Jaran buscando en cada momento pastos y grano con que alimentaros. No, no tengo nada que reprocharte. Entiendo tu decisión, y me alegro por Shamas.
– Sin duda la añoranza que leo en los ojos de mi hijo me ha decidido a regresar.
– Shamas está llamado a perdurar a través de sus escritos. Será un buen escriba, un hombre justo y sabio. Su destino no es pastorear.
– ¿Cuándo partirás con la tribu?
– No antes de una luna. Tengo cosas que hacer, y sobre todo no puedo marchar hasta terminar el relato que le estoy contando a Shamas. Tiene que explicar a los nuestros que quedan en Ur y a cuantos encuentre a lo largo de la vida, quiénes somos, de dónde venimos y cuál es la voluntad de Dios. No podemos entender por qué debemos afrontar el sufrimiento si no entendemos por qué nos hizo el Señor y la falta cometida por aquel primer hombre y la primera mujer.
»Sólo perdura lo que está escrito y antes de partir quiero que Shamas escriba cuanto le he de decir.
– Así será. Le diré a mi hijo que te busque, y le prepararé suficientes tablillas para que pueda guardar todo lo que vayas a decirle.
Abrán le esperaba en el lugar de siempre, a las afueras de Jaran. Apenas habían hablado desde la muerte de Téraj. El niño se acercó con aire circunspecto, deseando encontrar las palabras que transmitieran el pesar que sentía por la ausencia del anciano y el dolor de Abrán. Pero no hizo falta que dijera nada porque Abrán le apretó el hombro en señal de reconocimiento y le invitó a sentarse a su lado.
– Sentiré no verte más -le aseguró Abrán.
– ¿No regresarás nunca a Ur, ni siquiera a Jaran? -preguntó preocupado Shamas.
– No. El día en que me ponga en camino será para siempre y sin mirar atrás. No volveremos a vernos, Shamas, pero te sentiré en el corazón y espero que no me olvides. Tú guardarás las tablillas con la historia del mundo y les explicarás a los nuestros lo que yo te he explicado a ti. Han de saber la verdad y dejar de adorar figuras de barro pintado de púrpura y oro.
Shamas asintió abrumado por el encargo de Abrán, que era señal de su confianza en él. Tímidamente le preguntó si Él le había vuelto a hablar.
– Sí, lo hizo el día en que preparaba a Téraj para devolverle a la tierra con que modeló al primer hombre. He de cumplir con lo que me ordena. Debes saber, Shamas, que mi estirpe se extenderá por todos los rincones de la Tierra, y de mí dirán que soy el padre de muchos.
– Entonces te llamaremos Abraham -afirmó el niño dibujando una sonrisa incrédula puesto que sabía que Sara, la esposa de Abrán, no le había dado hijos.
– Tú lo has dicho, así me conocerán los hijos de mis hijos y los hijos de sus hijos y los hijos de los hijos de éstos, y así a través de los tiempos.
Al niño le impresionó la firmeza con que Abraham aseguraba que se iba a convertir en el padre de muchas tribus. Pero le creyó, como siempre le había creído, sabiendo que nunca le había mentido y que era el único de todos ellos que podía hablar con Dios.