Alargó una mano hacia abajo, intentando atraerlo hasta su boca, donde pudiera hundirse en él, convertirse en un todo con él. Pero Quinn le separó las piernas y con los pulgares dibujó pequeños círculos por todas partes, excepto ahí, en el lugar preciso donde ella lo anhelaba.
– Quinn, estoy preparada -dijo, gimiendo y arqueando la espalda.
– Lo sé -murmuró él, pero no hizo nada para acelerar sus primeras caricias.
Era como si quisiera volver a reconocerla por entero. Había pasado tanto tiempo en el pasado tocando, acariciando y besando cada centímetro de su piel. Ella echaba en falta esa atención, su tierno afecto y su fogosa pasión. Mientras Quinn exploraba su cuerpo, le volvió un alud de recuerdos de todo lo bueno que habían compartido. Él aceptó su cuerpo maltrecho y la ayudó a volver a quererse. La hacía sentirse cómoda consigo misma.
Quinn se acercaba, más… y más… hasta que ella se arqueó, expectante. Él no la decepcionó. En cuanto acercó la boca a su entrepierna, ella se dejó ir en un orgasmo. Una purga caliente y rápida que la dejó jadeando como si le faltara el aire. Él le acarició los muslos, la espalda, haciéndola subir, luego bajar.
Le besó el interior de los muslos, el ombligo, el vientre, los pechos, hasta llegar al cuello.
Ella se deslizó por encima de él hasta quedar a horcajadas.
– ¿Qué? -preguntó él. Su sonrisa maliciosa quedó iluminada por el fulgor de la lámpara en la mesa. Sin embargo, su actitud relajada contradecía la de su cuerpo, rígido, temblando bajo ella. Quinn la deseaba a ella tanto como ella a él.
Lo necesito.
Miranda dejó de lado sus necesidades. No sabía qué pasaría después de esa noche. No quería pensar en el amanecer y en la dura realidad que traería consigo. No quería pensar en Quinn volviendo a marcharse, ni en ella volviendo a quedarse sola. Lejos de él.
Había que aprovechar el tiempo que tenían ahora. Volver a descubrir una pequeña fracción de lo compartido en el pasado. Fingir que nada había sucedido en los últimos diez años que pudiera separarlos.
Miranda lo besó, y sus manos lo acariciaron como él la había tocado a ella. Quinn la estrechó con fuerza, hasta que los cuerpos se acoplaron el uno al otro. Ella se apartó un momento y le quitó los pantalones. Esto era lo que ella quería. Una unión completa.
La paciencia de Quinn empezaba a agotarse. Deseaba desesperadamente hacerle el amor. Ahí donde el sexo y el amor se funden en un todo. La miró bajo la luz tenue de la lámpara, con su pelo largo y oscuro cayéndole por la cara. Parecía una mujer salvaje de ojos grandes y luminosos. Su satisfacción después de darle placer se convirtió rápidamente en urgencia, y ahora gimió cuando ella le acarició la entrepierna y apretó con suavidad.
– Espera -dijo él. No quería perder el control enseguida. Quería hacerle el amor, sostenerla. Tomárselo con parsimonia. Pero si ella lo cogía así, no sería capaz de controlarse.
– Creo que no -dijo ella, con una sonrisa levemente provocadora.
Él cometió el error de mirar y la vio inclinándose entre sus piernas para cogerlo en su boca en toda su plenitud. Sus labios carnosos lo rodearon y la combinación de verla y sentir su boca caliente y su lengua húmeda chupándolo le hizo temblar la polla y lo excitó hasta el punto de no retorno.
– Miranda.
La levantó lentamente hasta que pudo besarla en la boca.
– Quiero hacer el amor contigo -susurró.
– Si -respondió ella, respirando junto a su oreja.
Quinn llevaba diez años soñando con esto. Estrechar a Miranda en sus brazos, hacerle el amor. Casi parecía un sueño. Jamás había pensado que podrían recuperar lo perdido.
No quería dejarla nunca. No quería seguir perdiendo el tiempo.
Dejó que ella llevara el ritmo. Igual que la primera vez, dejó que ella decidiera cuándo y hasta dónde y con qué cadencia.
Ya tendrían tiempo para más en el futuro.
Qué increíblemente sexy era Miranda cuando abrió las piernas y lenta, casi dolorosamente, lo dejó hundirse en ella. Tenía el pelo convertido en una melena de rizos salvajes, los párpados semi caídos y la boca entreabierta. Era una maravilla. Quinn resistió las ganas de aumentar el ritmo al que se movían y acabar al instante, aunque también quería seguir para siempre.
Miranda respiraba entre jadeos, dejando que Quinn la penetrara hasta el fondo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que hiciera el amor, pero su primer orgasmo ya había allanado el camino.
– ¿Estás bien? -murmuró.
Ella lo miró desde arriba, deleitándose con el afecto profundo que veía en su expresión. Él estiró la mano y le acarició los brazos.
– Sí -dijo ella-. Llevo mucho tiempo esperándote.
Sin prisas, ella se movió encima de él. Arriba y abajo, disfrutando de cada sensación, ascendiendo juntos hacia el orgasmo final. Ella lo sintió tensarse por debajo, mientras seguían moviéndose, cada vez más excitados. El puro goce de fundirse nuevamente con Quinn la llevó al clímax.
– Dios mío, cómo te amo -dijo Quinn, con la voz ronca, teñida por la emoción y la lujuria-. Córrete conmigo.
Aquellas dos palabras la excitaron tanto y le provocaron un orgasmo tan intenso como el contacto de sus cuerpos. A él se le endurecieron los músculos, tiró de ella hacia abajo y se convirtieron en uno solo, unidos en un vínculo que el tiempo había vuelto tan frágil. Sin embargo, al igual que una goma elástica, recuperaron su elasticidad en cuanto volvieron a encontrarse.
Ella no quería que Quinn se marchara de nuevo.
Se dejó caer contra su pecho, sintiéndose más relajada que después de una hora de baño caliente. Sus extremidades se habían vuelto líquidas, y se acurrucó en el hueco de su hombro. Él la envolvió en sus brazos, la acarició y ella se abandonó a su calidez y su fuerza.
– Te amo, Miranda.
Plegada contra él, apoyando la cabeza sobre su hombro, Miranda suspiró. Ella también lo amaba. Tenía ganas de decírselo. Quería recuperar todo lo que tenían antes de Quantico. Ojalá no hubiera viajado nunca a la Academia. Si se hubiera quedado en Montana, las cosas habrían sido muy diferentes. Miranda habría vivido los últimos diez años sintiéndose amada y protegida, como se sentía en ese momento.
Quizá fuera un sinsentido pensar así. Pero a lo mejor podrían reconstruir lo suyo. Cuando atraparan y condenaran a David Larsen, tal vez pudiera volver a compartir algo con Quinn.
Deseaba intentarlo. Pero ahora… estaba tan cansada… Se le escapó un bostezo.
Quinn se dio cuenta de que Miranda se había quedado dormida al sentir que todo su cuerpo se fundía enteramente con él.
Tiró del edredón para abrigarse y se la quedó mirando mientras dormía. Parecía estar en paz, y él se alegró de poder darle una noche de sueños serenos.
Apenas le tocó el pelo, le acarició la mejilla. Ay, cómo amaba a esa mujer.
Capítulo 28
Cuando sonó el móvil éste se sentó de golpe y, por la calidad de la luz, enseguida se dio cuenta de que se había quedado dormido. Una rápida mirada al reloj despertador lo confirmó: 07:45.
A su lado, Miranda se desperezó. Con el pelo derramándose sobre la almohada y su largo cuello incitándole a besarla, Quinn no quería otra cosa que volver a hacer el amor con ella.
El móvil volvió a emitir su gorjeo. La llamada del deber.
– Peterson -contestó.
– Soy Colleen. Tengo un mal presentimiento acerca de Larsen.
– ¿Qué ha pasado?
– La directora del departamento de biología de la fauna salvaje, Sarah Tyne, ha llamado al laboratorio de la universidad en Craig. Eso queda en el noroeste de Colorado. Quería informarse sobre los horarios de Larsen. La última vez que se presentó fue el lunes.