Su voz se volvía más ronca con las lágrimas, que ahora se secó con el dorso de la mano.
– Lo siento. No lo sabía. Yo no quería cogerla. Pero me la encontré. Quería contárselo a mi padre, pero pensé que se enfadaría conmigo si le decía que había vuelto a ese lugar. Así que la escondí en mi habitación. Pero hoy vi a mi tío y ahora sé que la hebilla era suya. Fui a casa a buscarla -dijo, y sorbió sus lágrimas-. Estaba muy raro. No estaba contento de verme. Llevaba su rifle. Y su cuchillo. Creo que él la mató.
Miranda sintió que el vientre se le apretaba.
– ¿Dónde está ahora? -preguntó.
– No lo sé. Le dije que pasaba por ahí y que vi su equipo de camping y que tenía que volver a casa. Mi madre y mi padre estaban peleando, así que he venido hasta aquí, que era lo más cerca.
– Has hecho bien, Ryan -dijo ella, y se incorporó-. ¿Puedes llevarnos hasta donde viste a tu tío?
Ryan asintió con un gesto.
– Se puede conducir casi hasta arriba del todo.
– Bien. -Miranda sacó su móvil y marcó el número de Quinn.
Quinn contestó pero la comunicación se cortó.
– ¡Maldita sea! -Volvió a intentarlo, y esta vez le contestó el buzón de voz-. Quinn, llámame. Estoy con Ryan Parker, y sabe dónde está Larsen. -Le lanzó una mirada a Ryan-. ¿Dónde?
– En el prado del sur, a un kilómetro y medio, por la parte de atrás de la casa. Hay un sendero.
– El prado del sur, detrás de la casa de los Parker. Yo voy hacia allá ahora. Encuéntrate conmigo allí, Quinn -dijo, y cerró el móvil-. Ryan, sé dónde queda eso. No quiero que vengas. Es demasiado peligroso.
– Pero…
– No. Quédate aquí. Te llevaré adonde está Gray y podrás ocuparte de tu caballo. -Miranda lo observó detenidamente-. ¿Hay algo más que quieras decirme?
El chico asintió con un gesto.
– El tío Davy venía de la quebrada, desde el otro lado del prado. Al final, hay muchas piedras y un arroyo.
– He estado ahí.
– No sé por qué iría allá abajo -dijo el chico.
Miranda sí lo sabía.
Sentado en el salón de los Parker, Quinn Peterson le explicaba al juez Parker su teoría sobre David Larsen.
– Pero ¿por qué tenéis que hablar con Delilah? Vemos a Davy durante las vacaciones y, a veces, cuando salimos a pescar, pero Delilah nunca habla de su hermano. Tuvieron una infancia difícil y no tienen una relación muy estrecha.
– ¿Delilah le ha contado alguna vez que su hermano fue detenido por violación?
Richard lo miró como si acabaran de darle un mazazo.
– No.
– Hace dieciséis años, en Oregón. Se retiró la acusación por que la víctima se negó a declarar y Larsen tenía una coartada. Su hermana.
– Entonces seguro que Davy no habrá tenido nada que ver.
– A la mujer le cortaron los pechos.
Quinn se dio cuenta de que Parker comenzaba a entender.
– Pero… ¿Delilah? ¿Lo protegió? Es que… no lo entiendo. Mi mujer no es una persona muy afectuosa, señor Peterson. Cuesta acercarse a ella. No me la imagino mintiendo por alguien, ni siquiera por su hermano.
– Y ¿si trata de protegerse a sí misma?
– ¿Perdón? -El tono de Parker era una mezcla de irritación y confusión.
Mientras se dirigía al rancho de Parker, Quinn había hablado con Hans Vigo, el especialista en perfiles del FBI. Vigo tenía la corazonada de que Delilah no sólo había protegido a su hermano cuando lo acusaron de violación en Oregón, sino que también estaba al corriente de sus crímenes en Montana.
– Él viene a cazar al pueblo de su hermana, aunque viva a horas de Bozeman -le dijo Quinn a Parker, repitiendo lo que le había dicho Vigo -. O lo hace para atormentarla, como amenaza para que no hable, o porque ésta es su casa. Si su mujer no está al corriente, es evidente que habrá sospechado algo desde el principio.
Parker ocultó la cara entre las manos.
– Mi hijo… Dejé que mi hijo fuera a pescar con ese cabrón. ¡Lo he dejado comer en mi mesa y dormir en mi casa! Le presté una cabaña donde pudiera quedarse, pagué su educación, cuidé de él como de un hermano. -Dio un puñetazo en la mesa del café con tanta fuerza que hizo saltar los objetos que había encima.
Quinn se centró en un detalle importante.
– Juez, ¿dice que le facilitó una cabaña?
– A treinta minutos de aquí, hacia el sur. Casi al llegar a Yellowstone.
– Tengo que verla. ¿Me puede llevar?
– Desde luego. Cualquier cosa con tal de ayudar.
En ese momento, sonó el móvil de Quinn.
– Peterson.
– Él… anda.
– ¿Miranda? Hay mala cobertura -alcanzó a decir, y la comunicación se cortó.
– Es la casa -dijo Parker-. Afuera tendrá cobertura.
– ¿Dónde está su mujer ahora?
– Salió después de que se fuera Sam Harris. Estaba muy turbada con este asunto de Davy.
– ¿Sam Harris ha venido a verlo?
Y Quinn se enteró de lo que Sam Harris le había contado a Parker.
– Lo siento, juez, pero tengo que detenerla. O tiene información que necesitamos acerca del paradero de su hermano, o tenemos que protegerla. No puedo dejar que ande sola por ahí. Hasta que detengamos a su hermano.
Quinn salió de la casa y llamó al despacho para ordenar la busca y captura de Delilah Parker, y para preguntar si Sam Harris se había presentado. No se había presentado. Maldita sea. Pidió al agente al teléfono que informara a todos los policías relacionados con el caso que Harris estaba oficialmente destituido de la investigación y que se le buscaba por obstrucción a la justicia. Quinn no podía permitir que Harris siguiera perjudicando la búsqueda de Larsen.
El juez Parker salió con él.
– ¿Vamos? -le preguntó Quinn al juez.
– Venga, lo llevaré. -Subieron al todoterreno de la policía. El agente Jorgensen iba al volante. Parker le dio las instrucciones para llegar.
– Dígame exactamente dónde. Voy a llamar a un equipo para que se reúna con nosotros. -Quinn necesitaba a todos los hombres disponibles.
Diez minutos más tarde, acabó todas las llamadas, incluyendo una a su jefe para informarle de lo ocurrido. Cuando cerró el móvil de un golpe, sonó su buzón de voz. Llamó y escuchó.
– Demos media vuelta -le dijo a Parker, con la voz tensa.
– ¿Qué? ¿Por qué?
– Volvemos a su casa. Acelera, Jorgensen -ordenó Quinn, y se volvió hacia Parker-. Su hijo ha visto a David Larsen ahí, hace menos de una hora.
Capítulo 30
Davy Larsen observaba desde una ventana de la planta superior mientras Miranda Moore y un poli rodeaban la casa. Al cabo de un rato, se fueron.
Pero no volvieron a la entrada. Al contrario, bajaron en dirección al prado.
Ryan, uno de su propia sangre, lo había delatado.
¿Cómo podía hacerle eso? ¿Acaso no lo había amado como un hermano mayor? La vida de Ryan era perfecta, la vida que él nunca había tenido. Pero no importaba. No era que estuviera celoso ni nada por el estilo. No.
¿Por qué iba a verla a ella, a Miranda Moore? ¿Para decirle dónde encontrarlo?
Eso no estaba nada bien. No permitiría que le quitaran a esa chica. Ashley le pertenecía, y todavía no había acabado con ella.
La Puta se marchaba. Al cuerno. No la necesitaba.
Ella nunca había entendido. Se quedaba ahí mirando, se excitaba y se agitaba, y nunca lo molestaba cuando él era dueño de la escena. Pero disfrutaba y hacía comentarios en clave.
– ¿Te sientes mejor ahora, Davy? -preguntaba después, como si le hablara a un niño.
Él habría querido borrarle de la cara esa expresión de engreída, esa sonrisa de suficiencia. Como si supiera algo que él ignoraba. Le había llegado a robar incluso eso, sus mujeres. Cuando ella miraba, reclamaba una parte de ellas, como si ella fuera la coreógrafa y él una simple marioneta.