Nick tenía la cabeza cubierta de sangre reseca. Estaba caliente al tacto. Demasiado caliente. Tenía la mirada desenfocada. Le habían dado un fuerte golpe en la cabeza. Era probable que fueran los síntomas de una infección.
No había manera de que pudiera salir de la quebrada por su propio pie.
Necesitaba urgentemente ayuda médica.
– Miranda, vete. Coge a Ashley y vete de aquí antes de que vuelva.
– No puedo irme y dejarte aquí solo. Te matará. -Pero no veía otra solución.
– Te estoy dando una orden, Miranda.
– ¡No me vengas con tus órdenes! -exclamó ella. Apoyó la cabeza en las manos y respiró hondo -. Joder, Nick, pensé que habías muerto, estaba destrozada. No me hagas esto. Ni se te ocurra hacer alguna tontería.
Él cerró los ojos y suspiró.
– No podré salir de aquí caminando, Miranda.
Ella le tocó la cabeza ahí donde tenía una herida reseca, profunda y ensangrentada.
– Nick, tienes fiebre. Necesitas un médico.
– Pues llama a uno cuando vuelvas a la ciudad.
– Lance, ¿con quién has hablado? ¿A qué hora llegarán?
– He hablado con Charlie. Tardarán entre cuarenta y cuarenta y cinco minutos.
¿Qué podía hacer ella? ¿Cargar con dos hombres a lo largo de unos cuantos kilómetros de terreno rocoso y abierto? Y ¿Ashley?
Quizá David Larsen estuviera a punto de llegar. No podían quedarse ahí sentados esperando un equipo de rescate. Él los cogería uno a uno. Y ella no estaba dispuesta a dejar a nadie atrás. Cuando volviera con ayuda, sería demasiado tarde.
Lanzó una mirada a la chica, que seguía acurrucada, cogiéndose las rodillas, meciéndose sin parar. El jersey verde oscuro que Miranda le había pasado para abrigarse y taparse la cubría entera.
Tenía la cara llena de moretones, el pelo inmundo y enredado. Olía a su propia mierda. Los cortes y heridas en todo el cuerpo quedaban ocultos, pero Miranda los había visto y sabía que Ashley estaba emocional y físicamente destrozada. Miranda conocía ese infierno donde ella había estado. Sin embargo, con el tiempo, sus heridas se habían desvanecido, todas y cada una de ellas.
Ashley le dio fuerzas. Aquella chica la necesitaba. No podían quedarse sentadas esperando que llegara alguien a ayudarles. Sobre todo si no sabían dónde estaba Larsen.
Se mordió el labio y miró a su alrededor. La barraca estaba en el extremo cerrado de la quebrada. A unos veinticinco metros de donde se encontraban, se estrechaba, y no sería fácil salir. Hacia el otro lado, se encontraban se ensanchaba hasta cientos de metros, en algunas partes, y se estrechaba a menos de diez metros en otras. Sin embargo, ella sabía perfectamente dónde desembocaba. Ahí mismo, había pocos lugares donde ocultarse. Desde luego, no había lugar para cuatro personas adultas.
Miranda no podía dejar ahí a los hombres heridos y a Ashley mientras buscaba un buen escondrijo hasta que llegaran refuerzos. Nick y Lance no llegarían muy lejos.
Se volvió hacia Nick.
– Toma -dijo, y le paso su segunda pistola.
– No quiero quedarme con tu arma.
– Tengo otra, Nick, y no me iré si no la coges. -Le cogió la mano y lo obligó a empuñarla. Él la mantuvo así.
Miranda metió su mapa en un sobre de plástico para impedir que la lluvia lo empapara y le indicó a Booker la ruta que seguiría.
– Voy hacia el este siguiendo la quebrada. Aquí dobla hacia el sur. Son muchos kilómetros, hasta llegar cerca de Big Sky, pero yo conozco un atajo en el recodo que nos llevará hasta… -señaló-… aquí. -Miró de Lance a Nick-. Seguiré el curso del lecho rocoso todo lo posible, pero para ocultar nuestro paso quizá tengamos que subir por alguna ladera. Llevo la radio, pero la fijaré en sesenta y cuatro. ¿Vale? ¿Eso significa silencio? Nada de hablar. Lo mejor que podéis hacer es seguir con vida.
Miranda miró a su alrededor y señaló a unos quince metros monte arriba.
– Lance, ¿ves esas rocas de más arriba? Él siguió la dirección de su dedo.
– Sí.
– ¿Puedes llevar a Nick hasta allá arriba?
– Creo que sí.
– Tienes que hacerlo. Aquí los dos sois un blanco perfecto. Subid hasta allá y esconderos. Llama a Charlie y le cuentas el plan. Si veis a Larsen, llamad a mi frecuencia y decidme cuánto tiempo tengo. -Se ajustó la radio -. Si os ve… disparad a matar.
No era el mejor plan, pero se les acababa el tiempo.
– ¿Estás bien? -le preguntó a Nick, apretándole la mano.
– Bien.
Miranda miró su reloj, y se secó la llovizna de la cara. Las 16:35. Hacía sólo quince minutos que había divisado la cabaña. Parecía una eternidad.
Tenían casi cinco kilómetros que recorrer antes de que se pusiera el sol. No llegarían antes de esa hora, aunque corrieran todo el camino.
– Ashley, tenemos que irnos.
– No puedo. Déjame quedarme con ellos.
– Él te buscará. -Además, apenas había sitio suficiente en esas rocas para esconder a dos hombres.
Miranda pudo enfrentarse a su miedo en la barraca y vencer. Si ella podía con su claustrofobia, era evidente que podía liberar a Ashley. Pero sólo si la chica colaboraba.
– Vamos -dijo.
– No puedo -dijo Ashley, sin parar de llorar, con las lágrimas bañándole las mejillas.
– Sí que puedes. No dejes que él gane.
– Eres más fuerte de lo que crees, Ashley -dijo Nick.
Algo en su tono de voz hizo que Miranda se volviera. Nick tenía los ojos cerrados, pero ella vio por su expresión que estaba preocupado. Y más que preocupado. Era como un mudo entendimiento. Él sabía. Había estado ahí tendido, había sido testigo de la violación de Ashley. Miranda aborrecía que hubiera tenido que pasar por eso.
Sin embargo, por primera vez en su vida, no se detuvo a pensar en ese pasado tan lejano. Había escapado del Carnicero entonces, y ahora volvería a burlarlo.
– Tenemos que irnos -repitió-. Lance, no te olvides de llamar a Charlie en cuanto os hayáis escondido en la ladera.
– Descuida.
Ashley gemía y se sacudía con cada sollozo. Pero parecía resignada a irse con Miranda cuando se incorporó penosamente, con los brazos todavía cruzados sobre el pecho.
Miranda se giró por última vez para mirar a Nick y ponerse la mochila.
– Espero encontrarte vivo cuando llegue al final de esta quebrada.
Capítulo 32
Quinn inspeccionó la residencia de los Parker con el agente Jorgensen, mientras otros dos polis buscaban en los alrededores
– Despejado -avisó.
Richard Parker tenía un aspecto fantasmal, con la cara demacrada, cuando Quinn volvió a salir al porche.
– Podría haber matado a Ryan. Podría haber matado a Delilah.
– Ryan está a salvo -le recordó Quinn-. He enviado un agente a casa de Bill Moore para cuidar de él. Todos los demás han salido a buscar a Delilah y a David.
– Ella no sabía. No puede haber sabido.
Parker no paraba de repetir aquella cantinela en el coche hasta que a Quinn le dieron ganas de darle un puñetazo.
– ¡Agente Peterson!
Uno de los agentes de Nick se acercó corriendo. -Estábamos investigando en el campo del sur como usted dijo y hemos escuchado disparos a lo lejos en la quebrada.
– ¿Dónde?
– Resulta difícil saberlo por el eco, pero lo más seguro es que sea allá abajo, en el fondo. Se ve que varias personas han bajado por la ladera; se nota en la tierra removida y en la vegetación. -El agente se secó la frente. La llovizna aumentaba sin parar, aunque todavía no era una lluvia en toda regla.
Se acercaron unos cuantos todoterrenos por el camino de entrada. Quinn reconoció al conductor del primero. Era Charlie. No esperó a que bajara, y fue a reunirse con él junto al establo.
– Acabo de hablar con Lance Booker -dijo Charlie-. Han encontrado a la chica. Y, ¿qué te parece? Nick está con ella.