Tenía la cama deshecha, las sábanas retorcidas y húmedas, las mantas en el suelo. Su pijama de franela estaba empapado de sudor, con el olor tangible de sus recuerdos en la piel.
No eran ni siquiera las dos de la madrugada. Cuatro horas de sueño. Miranda estaba sorprendida de haberse dormido tan rápido. Pero dudaba de que esa noche fuera a dormir ni un minuto más.
Se duchó para lavarse el sudor del miedo, se puso unos vaqueros, un jersey de cuello alto y su grueso anorak, ya que las noches de mayo todavía eran frías. Y se dirigió a la hostería, pensando en la tarta de pacana que había preparado Gray.
Entró por la puerta lateral, iluminada por una luz en el techo. La puerta estaba cerrada, pero ella tenía una llave maestra. Cruzó el comedor y cuando estaba a punto de entrar en la cocina oyó algo.
Se detuvo, con el corazón latiéndole tan fuerte como al despertar de la pesadilla.
Rasca, rasca, rasca.
Tap, tap, tap.
Silencio.
Había alguien en la cocina. Aunque la luz de la luna iluminaba la hostería a través de los ventanales, no se veían luces encendidas. Si fuera un cliente, su padre o un empleado, habrían encendido las luces.
Un intruso.
Buscó el arma que llevaba en el bolso. Nunca salía de casa desarmada desde hacía doce años. Cautelosa, pero decidida, se acercó a la puerta grande de la cocina.
Tap, tap, rac.
Se apretó contra la puerta, palpó buscando el interruptor con la mano izquierda, mientras sostenía el brazo derecho, con el arma, extendido al frente.
Contó mentalmente hasta tres, le dio al interruptor y apuntó con el revólver.
Un hombre alto, medio desnudo, se giró y el tenedor que tenía en el plato cayó al suelo.
– ¡Joder, Miranda! Baja esa pistola.
Ella obedeció, mirándolo boquiabierta. Muda.
La última persona que esperaba ver por la noche a hurtadillas en su cocina era, Quincy Peterson.
Capítulo 14
Miranda se guardó el arma en la cintura y miró a Quinn.
– ¿Qué haces tú aquí?
– Llamé a tu padre cuando venía de camino por si tenía una habitación libre. No pensé que nos encontraríamos. Calculé que estaría aquí cuatro o cinco horas al día, para dormir -dijo él, y dejó su plato sobre la mesa. Tarta de pacana. Su tarta.
– Más te vale que ése no sea el último trozo de tarta -farfulló Miranda. ¿Por qué había dicho eso? Tenía toda la intención de decirle que se largara de su propiedad.
Él sonrió. Y Miranda pestañeó. Siempre olvidaba lo atractivo que era Quinn. Al verlo el día anterior, se sintió tan embargada por la rabia y la tristeza y las emociones encontradas que no se fijó en su aspecto. Al verlo ahora, con el torso delgado y bronceado al desnudo, con sus músculos definidos con nitidez, aunque estuviera relajado, la cicatriz en su hombro derecho, recuerdo de un disparo de escopeta recibido al empezar su carrera… Todo aquello le trajo recuerdos. Buenos recuerdos. Despertarse junto a Quinn y besarle el pecho duro. Y sus manos… Quinn tenía unas manos increíbles. Unas manos grandes, con las palmas endurecidas y dedos sorprendentemente elegantes. Dedos con mucho talento…
Su mirada siguió hasta donde una estrecha franja de vello rubio oscuro desaparecía bajo la cintura del pantalón gris del chándal. Desvió rápidamente la mirada, sintiendo que ya se había sonrojado lo suficiente con el subidón de adrenalina al creer que había un intruso.
Estar con Quinn ahí, en su cocina, sin la seguridad protectora del trabajo, era como si le hubieran arrancado la alfombra bajo los pies. Quinn había invadido su ciudad, su investigación y, ahora, su casa. Hacía años que no pensaba en ese día en Quantico. Y, de repente… la presa se había roto y ella era incapaz de pensar en otra cosa.
Miranda no tenía ni idea de lo que Quinn había hecho durante esos diez años. Por lo que sabía, hasta podía estar casado. Esa idea la perturbó, y frunció el ceño. Pasó a su lado y fue hasta el armario donde Gray guardaba las tartas.
Todavía quedaba media tarta de pacana, esperándola. No pudo dejar de sonreír.
Se tomó su tiempo para cortarse una porción, sintiendo que Quinn le tenía clavada la mirada en la espalda. En realidad, no tenía ganas de sentarse a hablar con él. Fuera de la hostería, en el monte, con Nick y los otros alrededor, era otra cosa. Pero ¿aquí, sola? No. Le recordaba su antigua intimidad. Le recordaba cuánto lo había amado. Le recordaba aquello que habría podido ser.
Sin embargo, no podía quedarse ahí todo el rato dándole la espalda. Dejó su tarta en la mesa, fue hasta la nevera y sacó una caja de leche. La dejó en la mesa con dos vasos. Uno para ella y otro para Quinn y se sentó frente a él.
– Gracias -dijo él. Sus ojos oscuros eran impenetrables. ¿En qué pensaba? ¿En ella? ¿En ellos?
Tomó un trago de leche y atacó la tarta. Si mantenía la boca llena no tendría que hablar, y así no diría ninguna estupidez.
Él seguía observándola.
Tuvo que resistir las ganas de retorcerse. Durante los últimos años, había recuperado el control de su vida y elaborado una noción de paz relativa. Le gustaba su trabajo, un trabajo que procuraba el bien para los demás, aunque no hubiera podido encontrar a Rebecca antes de que la mataran.
Tenía unos cuantos buenos amigos. Nick. Seguía en contacto con Rowan y Olivia, aunque no las hubiera visto en años. Se escribían correos electrónicos y hablaban por teléfono, pero para Miranda era difícil salir de ahí. Por no decir imposible. No podía ausentarse de Montana cuando él todavía andaba suelto por ahí.
Miranda quería a Rowan y a Olivia como si fueran hermanas, pero ¿cómo podía abandonar a aquellos que la necesitaban? Sobre todo a las chicas que habían muerto. Rowan y Liv lo entendían, y quizás eran las únicas.
– Tendría que haberte dicho que me iba a quedar aquí -dijo Quinn, rompiendo el silencio.
Ella alzó la vista. Vio que Quinn se había quitado la tirita de la frente. Quedaba una costra delgada y oscura, un recordatorio de su última misión. Quería preguntarle por ello, pero no lo hizo. No quería que le importara.
Su mandíbula firme le recordó a Miranda su fuerza. Quinn trabajaba incansablemente cuando ella lo conoció. Decidido a encontrar al asesino de Sharon. Ella lo ayudó porque necesitaba hacer algo para encontrar al cabrón que le había hecho tanto daño y que había matado a su amiga. Y al cabo de un tiempo se enamoró.
No sucedió de la noche a la mañana. Tiempo para sanar, para superar el dolor. Quinn le dio todo lo que necesitaba, y más.
Y luego fue y lo estropeó todo de arriba abajo.
– Los técnicos han recogido todo lo que han podido en la barraca, y mañana lo enviarán a Helena. He decidido llamar a Olivia y pedirle que supervise las pruebas de laboratorio.
– ¿Liv? ¿Vendrá por aquí?
– A Helena, si puede escaparse -dijo él, y sonrió -. A veces, la amenaza de asumir la dirección de una investigación despierta ciertas reservas. Ellos preferirían ocuparse de las pruebas sin interferencias, aunque tuvieran a un federal vigilando por encima del hombro, que tener que enviarlo todo a Virginia.
– Lo que sea necesario -dijo Miranda, con cara poco esperanzada. Ni siquiera Olivia, que amaba su trabajo y destacaba en él, podía encontrar una pista ahí donde no había ninguna. El clima y las condiciones a la intemperie estropeaban cualquier prueba que fuera aprovechable.
– En algún momento, cometerá un error -dijo Quinn, seguro.