Nosotros, individualmente, nos comprometemos a hacer uso de todo nuestro tesón para promover la armonía en el grupo y el éxito de la expedición. En fe de lo cual firmamos a continuación con nuestros nombres.
(Aquí siguen las firmas.)24
Se advertía a los alumnos que no tenían que ser excesivamente autoritarios con sus hombres y que debían estar atentos en todo momento a la formación de camarillas, a las posibles discrepancias y motines. «Promueva la alegría, el canto, la camaradería con todos sus esfuerzos»,25 aconsejaba Galton. También debían tener cuidado con los ayudantes nativos: «Una actitud franca, jovial pero firme, sumada a un aire de mayor confianza a ojos de los salvajes de la que realmente sienta, será lo más adecuado».26
Las enfermedades y las lesiones podían dar al traste con el grupo, y Fawcett recibió nociones médicas básicas. Aprendió, por ejemplo, a extraer un diente cariado «empujando y tirando sin cesar».27 Por si ingería veneno, se le enseñó a forzarse el vómito de inmediato: «Utilice jabonaduras o pólvora si no tiene a mano los eméticos adecuados».28 En caso de picadura de una serpiente venenosa, Fawcett debería prender pólvora en la herida o extirpar la carne infectada con un cuchillo. «Después, apresúrese a quemar [la zona circundante a la mordedura] con el extremo de la baqueta de hierro tras ser expuesta a una fuente de calor blanco -aconsejaba Galton-. Las arterias están en un plano profundo, por lo que puede extirpar, sin correr excesivo peligro, tanta carne como pueda pellizcar con los dedos. El siguiente paso consistirá en emplear todas las energías, e incluso la violencia, para evitar que el paciente ceda al letargo y al mareo que suelen ser efectos habituales del veneno de serpiente y que con frecuencia se derivan en la muerte.»29 El tratamiento para una herida con hemorragia -de flecha, pongamos por caso- era igualmente «bárbaro»: «Vierta grasa hirviendo sobre la herida».30
Una nadería, sin embargo, en comparación con los horrores provocados por la sed y el hambre. En estos casos, uno de los trucos consistía en «estimular» la saliva en la boca. «Esto puede hacerse masticando algo, como una hoja, o bien manteniendo en la boca una bala o una piedra lisa y no porosa, como un guijarro de cuarzo»,31 explicaba Galton. En la eventualidad de pasar hambre, a Fawcett lo instruyeron para que, de ser posible, bebiera la sangre de un animal. Las langostas, los saltamontes y otros insectos eran también comestibles, y podían salvarle la vida a un hombre. («Para prepararlos, arránquele las patas y las alas y áselos con un poco de grasa en un plato de hierro, como el café.»)32
También existía la amenaza de los «salvajes» y de los «caníbales» hostiles. Se le advertía al explorador que, al penetrar en sus territorios, debía moverse al amparo de la oscuridad, con un rifle en ristre y preparado para disparar. Para hacer un prisionero, «coja el cuchillo, colóqueselo entre los dientes y, sin dejar de vigilarle, retire los pistones de su arma de fuego y déjela junto a usted. Luego átele las manos del mejor modo que pueda. El motivo de este curso de acción es que un salvaje rápido y ágil, mientras usted manipula la cuerda o se ocupa del arma cargada, bien podría zafarse, hacerse con ella y volver las tornas contra usted».33
Finalmente, a los estudiantes se les aconsejaba cómo proceder si un miembro del grupo fallecía. Debían escribir un informe detallado de lo ocurrido y hacer que los demás miembros de la expedición lo corroborasen. «Si se pierde a un hombre, antes de dar media vuelta y abandonarle a su sino, reúna formalmente al equipo y pregúnteles si convienen en que usted ha hecho todo lo posible por salvarle, y registre sus respuestas»,34 indicaba Galton. Cuando un compañero moría, había que recoger sus efectos personales para hacérselos llegar a sus familiares y enterrar su cuerpo con dignidad. «Escoja un enclave bien señalizado, excave una fosa profunda, rodéela con espinos y cúbrala bien con piedras pesadas como defensa contra los animales depredadores.»35
Tras un año más de curso, Fawcett se presentó junto con sus compañeros al examen final. Los alumnos tenían que demostrar el dominio del reconocimiento, lo cual requería una total comprensión de complejas nociones de geometría y astronomía. Fawcett había pasado horas estudiando con Nina, que compartía su interés por la exploración y que trabajaba sin descanso para ayudarle. Si suspendía, sabía que volvería al tedio anterior, que sería de nuevo un soldado. Redactó con esmero cada respuesta. Cuando acabó, se lo entregó a Reeves. Y luego esperó. Reeves informó a los alumnos de sus resultados y comunicó la noticia a Fawcett: había aprobado… y no solo eso. Reeves, en sus memorias, destacó a Fawcett, subrayando que se había graduado «con honores».36 Fawcett lo había conseguido: había recibido el imprimátur de la Royal Geographical Society, o, según lo definió él, «la RGS hizo de mí un explorador».37 Ahora solo necesitaba una misión.
7. Helado liofilizado y calcetines para la adrenalina
– No puedes irte así -dijo mi esposa.
Miré hacia la cama, donde había dejado varios pantalones cortos y unas deportivas Adidas.
– Tengo una navaja del ejército suizo -repuse.
– No puedo decir que eso me tranquilice mucho.
Al día siguiente, debido a su insistencia, intenté encontrar un lugar donde comprar un equipo más adecuado. Los amigos me informaron de uno de los muchos comercios de Manhattan que se dedican a equipar al creciente número de excursionistas, ciclistas de montaña, adictos a los deportes de aventura y guerreros de fin de semana. El local tenía literalmente el tamaño de un almacén industrial, y, cuando entré, me sentí abrumado. Había tiendas de campaña con los colores del arco iris, kayaks de color plátano, bicicletas de montaña de tonos violeta y tablas de snowboard fluorescentes colgadas del techo y de las paredes. Pasillos enteros estaban dedicados a repelentes de insectos, alimentos liofilizados, bálsamos labiales y cremas con protección solar. Toda una sección estaba destinada al calzado
(«¡LOS GURÚS PUEDEN CONDUCIRTE A LA COMODIDAD ABSOLUTA!», rezaba un cartel). En un espacio adicional a este se amontonaban raquetas de nieve «provistas de resortes y cierres de trinquete». Había otra sección consagrada a los «calcetines para la adrenalina» y otra a ropa interior Techwick. En las estanterías había revistas para excursionistas, como Supervivencia en la montaña, que incluían artículos titulados «¡Sobrevive al ataque de un oso!» y «Los últimos lugares vírgenes de América: 31 maneras de encontrar la soledad, la aventura… y encontrarse a uno mismo». Me encontraba rodeado de clientes o guías especializados. Daba la impresión de que cuanto menores eran las oportunidades de exploración genuina, más medios existían para que cualquiera pudiera lanzarse a ella y más barrocos eran los métodos -puenting, snowboard- que la gente ideaba para emular las mismas sensaciones. La exploración, no obstante, ya no parecía destinada a algún descubrimiento en el mundo exterior; por el contrario, se dirigía al interior, a lo que las guías de viaje y los folletos denominaban «terapia de campamento y naturaleza» y «crecimiento personal por medio de la aventura».
Estaba de pie, perplejo, frente a una vitrina de vidrio repleta de diversos artilugios que parecían relojes cuando un joven dependiente de brazos largos y esbeltos apareció detrás del mostrador. Estaba radiante como si acabara de regresar del Everest.