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– ¿Puedo ayudarle en algo? -preguntó.

– ¿Qué es eso? -le respondí yo con otra pregunta.

– Ah, eso mola. -Descorrió la puertecilla del mostrador y extrajo el objeto-. Es un pequeño ordenador. ¿Ve? Le indicará la temperatura en todas partes. Y la altitud. También incorpora reloj, brújula digital, alarma y cronómetro. Insuperable.

Le pregunté cuánto costaba, y me dijo que unos doscientos dólares, y me aseguró que no me arrepentiría si lo compraba.

– ¿Y eso? -quise saber, señalando otro chisme.

– Es algo bastante parecido. Solo que también registra el ritmo cardíaco. Además, es un excelente cuaderno de bitácora. Almacena todos los datos que quiera introducir sobre el tiempo, las distancias, el ritmo de ascensión… lo que quiera. Por cierto, ¿qué tipo de viaje planea hacer?

Cuando le expliqué mis intenciones, lo mejor que pude, se mostró entusiasmado, y pensé en uno de los obsesos de Fawcett de la década de 1930, que había clasificado a las personas en función de sus planes:

Estaban los Prudentes, que decían: «Es una extraordinaria locura». Estaban los Sabios, que decían: «Es una extraordinaria locura, pero al menos la próxima vez lo pensará dos veces». Estaban los Muy Sabios, que decían: «Es una locura, pero no tanto como parece». Estaban los Románticos, que parecían creer que si todo el mundo hiciese esta clase de cosas, los problemas del mundo pronto desaparecerían. Estaban los Envidiosos, que daban gracias a Dios por no ir conmigo, y estaban los del otro tipo, que decían con diferentes grados de hipocresía que darían lo que fuera por ir conmigo. Estaban los Sensatos, que me preguntaban si conocía a alguien en la embajada. Estaban los Pragmáticos, que me soltaban largas peroratas sobre inoculaciones y calibres […]. Estaban los Aprensivos, que me preguntaban si había hecho testamento. Estaban los Hombres Que Habían Hecho Algo Parecido En Su Momento, Ya Sabe, y estos me adoctrinaban sobre intrincadas estratagemas para extraer el máximo partido de las hormigas y me decían que los monos constituyen un excelente alimento, así como también los lagartos y los loros; todos tenían un sabor muy similar al del pollo.1

El vendedor parecía pertenecer a la categoría de los Románticos. Me preguntó cuánto tiempo estaría de viaje, y le contesté que no lo sabía; como mínimo, un mes, pero probablemente más.

– Asombroso. Asombroso. Un mes le permitirá sumergirse en el ambiente del lugar.

Daba la impresión de estar pensando en algo… hasta que me preguntó si era verdad que un siluro del Amazonas, llamado candirá, «ya sabe, que…».

No acabó la pregunta, aunque tampoco era preciso que lo hiciera. Yo había leído acerca de esa criatura casi translúcida, parecida a un mondadientes, en A través de la selva amazónica. Más temida que las pirañas,2 es una de las pocas criaturas que sobreviven exclusivamente con una dieta de sangre. (También se le denomina «pez vampiro de Brasil».) Por lo general, se instala en las agallas de otro pez y le succiona la sangre, pero también se introduce por los orificios humanos, como la vagina o el ano. Es, tal vez, aún más famoso por alojarse en el pene del hombre, donde se aferra de forma irrevocable con sus espinas. A menos que se extirpe al animal, conlleva la muerte segura, y en el remoto Amazonas se tiene noticia de víctimas que han tenido que ser castradas para sobrevivir. Fawcett, que había visto un candirá extraído quirúrgicamente de la uretra de un hombre, dijo: «Muchas muertes se derivan de este pez, y la agonía que provoca es atroz».3

Cuando le comenté al dependiente que efectivamente había oído hablar del candirá, pareció abandonar la categoría de los Románticos para pasar a la de los Pragmáticos. Aunque era poco lo que podía hacerse para protegerse de una criatura así, me habló de un sinfín de artilugios que estaban revolucionando el arte de la acampada: una herramienta que era a un tiempo termómetro digital, linterna, lupa y silbato; bolsas compresivas que encogían todo cuanto contuvieran; botellas purificadoras de agua que hacían las veces de faroles; duchas portátiles que funcionaban con energía solar; kayaks que se plegaban hasta reducirse al tamaño de un petate; una linterna flotante que no precisaba pilas; parkas que se transformaban en sacos de dormir; tiendas de campaña sin palos; una pastilla que «destruye virus y bacterias en quince minutos»…

Cuantas más cosas me explicaba, tanto más envalentonado me sentía yo. «Puedo hacerlo», pensaba, apilando en la cesta varios de aquellos objetos propios de James Bond.

– Es la primera vez que va a acampar, ¿verdad? -dijo finalmente el vendedor.

Entonces me ayudó a buscar todo aquello que realmente iba a necesitar, como unas botas de montaña cómodas, una mochila resistente, ropa de tejido sintético, alimentos liofilizados y una mosquitera. También me agencié un GPS portátil, solo para estar seguro.

– No volverá a perderse -aseguró.

Le di las gracias entusiasmado. Fui a mi apartamento, metí todo el equipo en el ascensor y pulsé el botón de la segunda planta. Cuando la puerta estaba a punto de cerrarse, alargué una mano para detenerla. Salí y, cargando con todo, subí por la escalera.

Aquella noche, después de acostar a mi hijo Zachary, saqué lo que tenía previsto llevar en el viaje y empecé a organizar la mochila. El equipaje incluiría un archivo que había confeccionado con copias de los documentos y escritos más importantes de Fawcett. Al hojearlos, me detuve en una carta que detallaba algo, en palabras de Brian Fawcett, «secretísimo»,4 pues su padre «nunca hablaba de sus objetivos» con nadie. Tras recibir el diploma de la Royal Society, afirmaba la carta, en 1901 el gobierno británico había asignado a Fawcett su primera misión: iba a ir a Marruecos…, pero no como explorador, sino como espía.

8. Camino del Amazonas

Era la tapadera perfecta: ir como cartógrafo, con mapas, un telescopio y binoculares de largo alcance. Inspeccionar el objetivo del mismo modo en que se inspeccionaría el terreno. Observarlo todo: la gente, los lugares, las conversaciones.1

En su diario, Fawcett había confeccionado un listado con todo aquello que su superior británico -alguien llamado simplemente «James»- le había pedido que evaluara: «Naturaleza de los caminos […], pueblos […], agua […], ejército y organización […], armas y pistolas […], política».2 ¿Acaso el explorador no era en esencia un infiltrado, alguien que penetraba en territorio ajeno y regresaba con secretos? En el siglo xix, el gobierno británico había ido reclutando agentes entre los exploradores y los cartógrafos.3 Era un modo no solo de introducir personas en el extranjero con argumentos incuestionables, sino también de sacar provecho de los reclutas diestros en la obtención de delicados datos geográficos y políticos, lo que más codiciaba el gobierno. Las autoridades británicas transformaron el Survey of India Department («Reconocimiento del Departamento de la India») en una operación secreta a tiempo completo.4 Se entrenaba a los cartógrafos para que emplearan sus tapaderas, sus nombres codificados («Número Uno», «El Experto», «El Experto en Jefe») y, cuando accedían a territorios prohibidos para los occidentales, también disponían de excelentes disfraces. En el Tíbet, muchos topógrafos se vestían de monjes budistas y utilizaban rosarios para medir distancias (cada cuenta representaba cien pasos) y ruedas o molinillos de oración para ocultar en ellos brújulas y fragmentos de papel con anotaciones. Asimismo, instalaban trampillas en los baúles para ocultar instrumentos de mayor tamaño, como los sextantes, y vertían mercurio, esencial para el manejo de un horizonte artificial, en los cuencos con los que mendigaban como peregrinos. La Royal Geographical Society a menudo tenía conocimiento, si bien no era cómplice, de esas actividades: sus filas estaban sembradas de espías (en servicio o no), entre ellos Francis Younghusband, que fue presidente de la Royal Society desde 1919 hasta 1922.