En Marruecos, Fawcett participó en una versión africana de lo que Rudyard Kipling, en referencia a la pugna colonial por la supremacía en Asia central, denominó «el Gran Juego». Garabateando en sus rollos de papel secretos, Fawcett anotó que «charlaba» con un oficial marroquí que poseía «mucha información». Fawcett comentó tiempo después que al aventurarse más allá de las principales rutas del desierto, donde las tribus secuestraban o asesinaban a los intrusos extranjeros, «se considera necesario alguna clase de disfraz morisco, e incluso entonces el viaje conlleva grandes riesgos».5 Llegó incluso a introducirse en la corte real para espiar al propio sultán. «El Sultán es joven y de carácter débil -escribió-. El placer personal es su máxima prioridad, y dedica el tiempo a hacer acrobacias con la bicicleta, de la que es notablemente experto; a jugar con automóviles; a los juguetes mecánicos; a la fotografía; al billar; a cazar cerdos en bicicleta, con los que da de comer a su colección de animales…».6 Fawcett transmitió toda esta información a «James» y regresó a Inglaterra en 1902. Fue la única ocasión en que Fawcett actuó como espía oficial, pero su astucia y su capacidad de observación llamaron la atención de sir George Taubman Goldie, un administrador colonial británico que en 1905 fue nombrado presidente de la Royal Geographical Society.
A principios de 1906, Goldie convocó a Fawcett, quien, desde el viaje de Marruecos, había sido destinado a varios fuertes militares, el último en Irlanda.7 Goldie no era alguien a quien se pudiera tomar a broma. Famoso por su aguda inteligencia y su temperamento volátil, había impuesto casi en solitario el control del Imperio británico sobre Níger en las décadas de 1880 y 1890.8 Había conmocionado a la sociedad victoriana fugándose a París con una institutriz, y era un ateo impenitente que abogaba por la teoría de la evolución de Darwin. «Le asaltaban frenesís de impaciencia frente a la estupidez o la incompetencia -escribió uno de sus biógrafos-. Nunca nadie había encontrado a los necios tan insufribles.»9
Fawcett fue llevado a la RGS para ver a Goldie, cuyos ojos azules parecían «perforarle a uno»,10 según los describió un subordinado. Goldie, a punto de cumplir los sesenta años, siempre llevaba en el bolsillo un vial de veneno, que tenía previsto ingerir si en algún momento sufría una discapacidad física o una enfermedad incurable. Tal como recordó Fawcett, Goldie le preguntó:
– ¿Sabe usted algo de Bolivia?
Fawcett contestó que no, y Goldie prosiguió:
– Se suele pensar en Bolivia como un país ubicado en el techo del mundo. Gran parte de su territorio se encuentra en las montañas, pero más allá, hacia el este, se extiende una región inmensa de bosque tropical y llanuras. -Goldie alargó una mano hacia su escritorio y cogió un mapa grande del país, que desplegó frente a Fawcett como si de un mantel se tratara-. Aquí tiene, comandante: ¡este es mi mejor mapa del país! ¡Mire esta zona! ¡Está llena de espacios sin cartografiar!
Mientras paseaba el dedo sobre el mapa, Goldie le contó que la región estaba tan poco explorada que Bolivia, Brasil y Perú ni siquiera podían ponerse de acuerdo en sus fronteras: eran tan solo meras líneas especulativas trazadas entre montañas y selvas. En 1864, las disputas fronterizas entre Paraguay y sus vecinos acabaron derivando en el peor conflicto de la historia de Latinoamérica. (Durante su transcurso murió cerca de la mitad de la población paraguaya.) Dada la extraordinaria demanda de caucho -el «oro negro»- que experimentaba la región, las apuestas por la delimitación del Amazonas solían ser tensas.
– Podría producirse una conflagración de grandes dimensiones por la cuestión de qué territorio pertenece a quién -dijo Goldie.
– Todo esto es muy interesante -le interrumpió Fawcett-, pero ¿qué tiene que ver conmigo?
Goldie le informó de que los países implicados habían creado una comisión fronteriza y pedían que un observador imparcial de la Royal Geographical Society cartografiara las fronteras en disputa, empezando por un área situada entre Bolivia y Brasil, que comprendía varios centenares de kilómetros de terreno casi impracticable. La expedición duraría dos años y no existían garantías de que sus miembros sobreviviesen. Las enfermedades asolaban el territorio y los indígenas, que habían sido atacados de forma despiadada por los cazadores de caucho, asesinaban a los intrusos.
– ¿Estaría usted interesado en aceptar esta misión? -le preguntó Goldie.11
Tiempo después, Fawcett confesó que en aquel momento se le desbocó el corazón. Pensó en su esposa, Nina, que estaba de nuevo embarazada, y en su hijo, Jack, que estaba a punto de cumplir los tres años. Con todo, no vaciló: «El destino quería que fuera, ¡de modo que no podía haber otra respuesta!».12
La cubierta sucia y atestada del Panamá estaba repleta de «bravucones, aspirantes a bravucones y viejos granujas de tez curtida como el cuero»,13 según los describió Fawcett. Remilgado, con su cuello blanco almidonado, Fawcett se sentó al lado de su segundo de a bordo para la expedición, un ingeniero y topógrafo de treinta años llamado Arthur John Chivers,14 a quien la Royal Geographical Society había recomendado.
Fawcett dedicó la travesía a estudiar español, mientras los demás pasajeros bebían whisky, escupían tabaco, jugaban a los dados y se acostaban con prostitutas, «A su manera, todos eran buenos tipos -escribió Fawcett, y añadió-: Para [Chivers] y para mí, resultó una toma de contacto muy útil con un aspecto de la vida que hasta entonces no conocíamos, y gran parte de nuestras reservas británicas desaparecieron en el proceso.»15
El barco fondeó en Panamá, donde la construcción del canal -la tentativa más audaz emprendida hasta entonces por el hombre de domeñar la naturaleza- estaba en proceso, y el proyecto proporcionó a Fawcett la primera señal de lo que estaba a punto de encontrar: docenas de ataúdes apilados en el muelle. Desde el comienzo de la excavación del canal, en 1881, más de veinte mil obreros habían muerto víctimas de la malaria y de la fiebre amarilla.16
En Ciudad de Panamá, Fawcett subió a bordo de un barco con destino a Perú, y luego prosiguió en tren hacia los reverberantes y nevados Andes. A unos tres mil seiscientos metros de altitud, Fawcett abandonó el tren y tomó otro barco para cruzar el lago Titicaca («¡Qué extraño resulta ver vapores transitando aquí arriba, en el techo del mundo!»),17 antes de embutirse en otro tren traqueteante, que le llevó por el altiplano hasta La Paz, capital de Bolivia. Allí esperó durante más de un mes a que el gobierno le proporcionara varios miles de dólares, una suma bastante más magra de la que había previsto, para las provisiones y los gastos del viaje. Su impaciencia provocó una discusión con oficiales locales en la que tuvo que mediar el cónsul británico. Finalmente, el 4 de julio de 1906, Chivers y él estuvieron listos para partir. Cargaron sus muías con té, leche en conserva, Edwards Desiccated Soup [2], sardinas en salsa de tomate, limonada en polvo efervescente y galletas de semillas de cola, que, según Hints to Travellers, producían «un maravilloso efecto en la preservación de la resistencia durante el esfuerzo físico».18 También compraron instrumentos de topografía, rifles, sogas para descenso de cañones, machetes, hamacas, mosquiteras, recipientes para muestras, sedales, una cámara estereoscópica, un cernedor para cribar oro y regalos tales como cuentas para establecer contacto con las tribus. Confeccionaron asimismo un botiquín con gasas para hacer vendajes, yodo para las picaduras de los mosquitos, permanganato de potasio para lavar la verdura y las heridas de flecha, un bisturí para cercenar la carne envenenada por las picaduras de serpiente o la gangrena, y opio. En su morral, Fawcett incluyó un ejemplar de Hints to Travellers y su diario, junto con sus poemas favoritos para recitarlos en la selva. Uno de los que solía llevar consigo era «El explorador», de Rudyard Kipling: