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A Fawcett le habían informado que los indios pacaguara vivían a lo largo de las orillas del río Abuná, y que eran conocidos por secuestrar a los intrusos y llevárselos a la selva.

De otras dos tribus -los parintinin, más al norte, y los kanichana, en los llanos meridionales de Mojo- se decía que eran caníbales. Según el relato de un misionero que databa de 1781: «Cuando [los kanichana] capturaban prisioneros en sus guerras, bien los conservaban como esclavos, bien los asaban para devorarlos en sus banquetes. Utilizaban a modo de vasos los cráneos de aquellos a quienes mataban».54 Aunque los occidentales tenían una fijación obsesiva con el canibalismo (Richard Burton y otros amigos habían creado el Cannibal Club e inaugurado sus veladas) y con frecuencia exageraban al respecto para justificar la captura de indígenas, no cabe duda de que algunas tribus amazónicas lo practicaban, ya fuera por motivos rituales o por venganza. La carne humana se ingería siempre de dos formas: asada o hervida. Los guayaki, que practicaban el canibalismo ritual cuando los miembros de la tribu morían, despedazaban los cuerpos en cuartos con un cuchillo de bambú, separando la cabeza y las extremidades del tronco. «Con la cabeza y los intestinos no se sigue la misma "receta" que con las partes musculosas y los órganos internos -explicó el antropólogo Pierre Clastres, que a principios de la década de 1960 dedicó cierto tiempo al estudio de la tribu-. La cabeza en primer lugar se afeita con sumo esmero […], luego se hierve, como los intestinos, en recipientes de cerámica. En cuanto a la carne en sí y a los órganos internos, se colocan sobre una gran parrilla que se pone al fuego […]. La carne se asa despacio y la grasa que desprende se vierte de nuevo sobre ella con un koto [cepillo]. Cuando la carne se considera "cocida", se reparte entre todos los presentes. Lo que no se come en el momento, se reserva en las cestas de las mujeres y se consume al día siguiente. Por lo que respecta a los huesos, se parten para succionar el tuétano, que gusta especialmente a las mujeres.» La preferencia de los guayaki por la piel humana es el motivo por el que se denominan a sí mismos «aché kyravwa», «guayaki comedores de grasa humana».55

Fawcett inspeccionó la zona en busca de indígenas guerreros. Las tribus amazónicas eran expertas en el acecho a sus enemigos. Mientras que a algunas les gustaba anunciar su presencia antes de un ataque, muchas otras se ayudaban de la densa vegetación para ocultarse mejor. Se pintaban el cuerpo y la cara de negro, con carbón, y de rojo, con ungüentos elaborados a partir de bayas y frutos. Sus armas -flechas y dardos soplados con cerbatanas- atacaban en silencio antes de que nadie tuviese tiempo de huir. Ciertas tribus explotaban las mismas materias que hacían que la selva resultara tan peligrosa para Fawcett y sus hombres: untar las puntas de sus armas con toxinas letales de pastinaca y rana flecha azul, o emplear hormigas gigantes mordedoras para suturar sus heridas en combate. En contraste, Fawcett y su partida carecían de experiencia en la jungla. Eran, como Costin confesó durante su primer viaje, «bisoños». Casi todos enfermaron, se debilitaron y pasaron hambre: eran la presa perfecta.

Aquella noche, Fawcett y todos sus hombres se hallaban en la orilla. Antes de partir, Fawcett les hizo acatar, uno por uno, una orden aparentemente suicida: no dispararían contra los indígenas en ninguna circunstancia. Cuando la Royal Geographical Society supo de las instrucciones de Fawcett, un miembro que conocía la región advirtió de que tal método «corteja el asesinato».56 Fawcett admitió que su actitud no violenta implicaba «riesgos demenciales», si bien arguyó que no se trataba únicamente de un comportamiento ético; era también el único modo en que una partida reducida y fácilmente superable en número podía demostrar sus intenciones amistosas ante las tribus.

Los hombres, tendidos en las hamacas, con una pequeña hoguera crepitando, escuchaban la algarabía de la selva. Trataban de identificar los sonidos: el de un fruto al caer al río, la fricción de las ramas, el gemido de los mosquitos, el rugido del jaguar. En ocasiones, la jungla parecía silenciosa, y entonces, de pronto, un chillido desgarraba la oscuridad. Los hombres sabían que, si bien no podían ver nada, ellos sí podían ser vistos. «Permanecí alerta, sabedor en todo momento de que nuestros movimientos estaban siendo observados, aunque sin ver apenas nada de aquellos que nos observaban»,57 escribió Fawcett.

Un día, navegando por el río, las embarcaciones llegaron a una serie de rápidos y uno de los pilotos bajó a tierra para inspeccionar el lugar y comprobar si podían sortearlos. Pero, al cabo de un tiempo, al no tener noticia de él, Fawcett y varios hombres partieron en su búsqueda. Se abrieron paso a machetazos por la jungla a lo largo de casi un kilómetro y de pronto encontraron el cuerpo del piloto, perforado por cuarenta y dos flechas.

Los hombres empezaron a ceder al pánico. En un momento dado, en los botes y a la deriva en dirección a los rápidos, Willis gritó: «¡Salvajes!». Allí estaban, de pie en la orilla. «Sus cuerpos [estaban] pintados por completo -escribió Fawcett-, sus orejas tenían lóbulos colgantes, y una especie de púa les atravesaba la nariz de lado a lado.»58 Deseaba establecer contacto con ellos, pero los demás hombres a bordo chillaban y remaban frenéticos en la dirección opuesta. Los indígenas apuntaron con arcos de casi dos metros y dispararon flechas. «Una alcanzó el costado de la barca con un chasquido feroz y atravesó la madera, de cuatro centímetros de grosor»,59 dijo Fawcett. La embarcación entonces se deslizó por una de las pendientes de los rápidos, dejando atrás, de momento, a la tribu.

Incluso antes de esta confrontación, Fawcett se había dado cuenta de que sus hombres, especialmente Chivers, empezaban a debilitarse. «Había advertido que iba hundiéndose»,60 escribió Fawcett. Decidió relevar a Chivers de sus funciones y enviarle, junto con otros miembros de la partida, de regreso a la frontera. Aun así, dos de los hombres murieron a consecuencia de las fiebres.61 El propio Fawcett añoraba a su familia. ¿Qué clase de insensato era, se preguntaba, para cambiar la comodidad de sus antiguos fuertes por aquellas condiciones? Su segundo hijo, Brian, había nacido estando él ausente. «Estuve tentado de abandonar y volver a casa»,62 escribió. Pese a ello, a diferencia de sus hombres, Fawcett gozaba de buena salud. Pasaba hambre y sufría las penalidades, pero su piel no se había tornado amarilla, su temperatura era normal y no vomitaba sangre. Tiempo después, John Keltie, el secretario de la Royal Geographical Society, escribió una carta a la esposa de Fawcett en la que afirmaba: «A menos que posea una constitución excepcional, no veo cómo podría sobrevivir».63 Fawcett observó que en aquellos lares «a la persona sana se la consideraba un bicho raro, una excepción, algo extraordinario».64

Pese a añorar su hogar, Fawcett siguió inspeccionando con Willis y el intérprete la frontera entre Bolivia y Brasil, abriéndose camino a machetazos por la jungla a lo largo de kilómetros. En mayo de 1907 completó su ruta y presentó sus descubrimientos a los miembros de la comisión fronteriza sudamericana y a la RGS. Nadie daba crédito. Fawcett había redefinido las fronteras de Sudamérica, y lo había hecho casi un año antes de la fecha prevista.

9. Los documentos secretos

En Inglaterra intenté seguir la pista de los descendientes de Fawcett, quienes, tal vez, podrían referirme algo más sobre el explorador y su ruta hacia Z. La esposa y los hijos de Fawcett habían muerto hacía ya mucho tiempo, pero en Cardiff, Gales, localicé a una de sus nietas, Rolette de Montet-Guerin, cuya madre había sido la única hija de Fawcett, Joan. Vivía en una casa de una sola planta, con fachadas estucadas y ventanas enmarcadas en madera, un lugar sin pretensiones que, en cierto modo, parecía desentonar con toda la expectación que durante un tiempo había suscitado la familia. Era una mujer menuda y vital que superaba la cincuentena, con el pelo negro y corto, y con gafas. Se refería afectuosamente a su abuelo por sus iniciales: P. H. F. («Así fue como siempre le llamaron mi madre y toda la familia.») La esposa y los hijos de Fawcett, tras años de acoso por parte de la prensa, se habían retirado de la escena pública. Sin embargo, Rolette me acogió en su cocina. Cuando le hablé de mis planes para rastrear la ruta de Fawcett, dijo: