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Examiné los diarios durante horas y tomé notas. Creía que ya no quedaba más por cosechar cuando Rolette apareció y dijo que quería enseñarme otra cosa. Fue a la habitación trasera, y oí cómo hurgaba en cajones y armarios, musitando para sí. Varios minutos después, regresó con un libro.

– No sé dónde lo he puesto -dijo-, pero al menos puedo mostrarle una fotografía en la que sale.

Era una fotografía del anillo de sello de Fawcett, que llevaba grabado el lema de la familia: «Nec Áspera Terrent»; en esencia, «malditas sean las dificultades». En 1979, un inglés llamado Brian Ridout, que estaba filmando un documental sobre la flora y la fauna en Brasil, oyó rumores sobre el paradero del anillo: decían que había aparecido en un comercio de Cuiabá, la capital de Mato Grosso. Para cuando Ridout consiguió averiguar de qué comercio se trataba, su propietario había muerto. Su esposa, no obstante, buscó entre sus pertenencias y encontró el anillo del coronel Fawcett.

– Es el último objeto que tenemos de la expedición -dijo Rolette.

Me confesó que había sentido tal desesperación por saber más, que en una ocasión había mostrado el anillo a una vidente.

– ¿Averiguó algo?

Ella observó la fotografía, y luego me miró.

– Que había estado bañado en sangre.

10. El infierno verde

– ¿Te apuntas? -preguntó Fawcett.1

Estaba de vuelta en la jungla, no mucho tiempo después de su anterior expedición, tratando de convencer a su segundo de a bordo, Frank Fisher, para que fuera con él a explorar el río Verde, que fluía a lo largo de la frontera entre Brasil y Bolivia.

Fisher, ingeniero de cuarenta y un años y miembro de la RGS, vaciló. La comisión fronteriza no había contratado al equipo para que explorase el río Verde -había encargado a los hombres que topografiasen una región situada en el sudoeste de Brasil, cerca de Corumbá-, pero Fawcett insistió en inspeccionar también el río, un territorio tan poco explorado que nadie sabía siquiera dónde empezaba.

– De acuerdo, iré -dijo finalmente Fisher y añadió-: Aunque no sea lo que estipula el contrato.

Era la segunda expedición de Fawcett a Sudamérica, pero resultaría de vital importancia para su comprensión del Amazonas y para su evolución como científico. Con Fisher y otros siete reclutas, partió de Corumbá en dirección al noroeste y recorrió a pie más de seiscientos cincuenta kilómetros antes de proseguir en dos balsas artesanales de madera. Los rápidos, crecidos por las lluvias y las pronunciadas pendientes, eran imponentes, y las balsas se precipitaban al vacío antes de topar contra la espuma y las rocas, que emitían un rugido atronador.

Los hombres gritaban y se aferraban a los bordes, y Fawcett, con los ojos destellantes y el Stetson calado, trataba de dominar la balsa con la pértiga de bambú que llevaban sujeta a uno de los costados, para que no le atravesara el pecho. El rafting en aguas rápidas aún no era un deporte, pero Fawcett vaticinó su futuro: «Cuando […] el viajero emprendedor tenga que construir y gobernar su propia balsa, experimentará una euforia y una emoción que pocos deportes proporcionan».2 Pese a ello, una cosa era surcar los rápidos de un río conocido y otra descender por toboganes desconocidos que en cualquier momento podían alcanzar centenares de metros de longitud. Si un miembro de la partida caía al agua, no podía sujetarse a la balsa sin hacerla volcar; en tal caso, el único curso de acción honrosa era ahogarse.

Los exploradores remaron y dejaron atrás las colinas Ricardo Franco, unos altiplanos de arenisca que superaban los novecientos metros. «Ni el tiempo ni el pie del hombre han hallado aquellas cumbres -escribió Fawcett-. Se alzan como un mundo perdido, cubiertas de vegetación hasta la cima, y la imaginación podía entrever los últimos vestigios de una era desaparecida mucho tiempo atrás.»3 (Hay constancia de que Conan Doyle se inspiró, al menos en parte, en estas mesetas para ambientar la trama de El mundo perdido.)*

A medida que Fawcett y su equipo serpenteaban por el cañón, los rápidos fueron tornándose infranqueables.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó uno de los hombres.

– No hay alternativa -contestó Fawcett-. Debemos abandonar todo lo que no podamos cargar a la espalda y seguir el curso del río por tierra.5

Fawcett ordenó a sus hombres que conservaran únicamente los objetos esenciales: hamacas, rifles, mosquiteras e instrumentos topográficos.

– ¿Y las provisiones de comida? -preguntó Fisher.

Fawcett dijo que solo llevarían raciones para varios días. Después tendrían que vivir de lo que les proporcionase la tierra, como los indígenas cuyas hogueras habían visto arder en la distancia.

Aun dedicando toda la jornada a cortar, talar, estirar y empujar por entre la jungla, en general no avanzaban más de ochocientos metros al día. Los pies se les hundían en el lodo. Las botas se les deshacían. La vista se les nublaba a consecuencia de unas abejas diminutas que se sienten atraídas por el sudor y que les invadían las pupilas. (Los brasileños llaman a estas abejas «lamedoras de ojos».) Pese a ello, Fawcett contaba los pasos y trepaba por las riberas para ver mejor las estrellas y calcular su posición, como si el hecho de reducir la jungla a figuras y diagramas fuera a capacitarle para dominarla. Sus hombres no necesitaban esos indicadores. Estaban donde estaban: en el infierno verde.

Todos debían respetar sus raciones diarias, pero la mayoría se desmoronó y las consumió enseguida. El noveno día de marcha, la expedición había agotado ya la comida que llevaba consigo. Fue entonces cuando Fawcett descubrió lo que, desde los tiempos de Orellana, los exploradores habían aprendido y lo que se convertiría en la base de la teoría científica de un paraíso ilusorio: en la jungla más densa del mundo era muy difícil encontrar algo que llevarse a la boca.

De todas las trampas del Amazonas, quizá esta fuera la más diabólica. Así lo describió Fawcett: «El hambre parece casi inverosímil en un terreno boscoso, y aun así sobreviene».6 En su búsqueda de alimento, Fawcett y sus hombres solo encontraban troncos de árboles que parecían apuntalados y cascadas de enredaderas. Hongos con propiedades químicas y miles de millones de termitas y hormigas habían arrasado gran parte del suelo de la jungla. A Fawcett le habían enseñado a escarbar en busca de animales muertos, pero no había modo de encontrar ninguno: en la selva, los entes vivos reciclaban al instante los cadáveres. Los árboles absorbían también los nutrientes de una tierra ya de por sí barrida por la lluvia y las inundaciones. Los árboles y las enredaderas se empujaban entre sí en su lucha por llegar a lo más alto y atrapar un rayo de luz. Una especie de liana llamada matador parecía zanjar la competición: se enredaba alrededor de un árbol, como ofreciéndole un tierno abrazo, y luego empezaba a estrangularlo, arrebatándole así tanto la vida como su lugar en la selva.

Aunque la lucha a muerte por la luz que se producía en lo alto generaba una noche permanente en la parte baja, pocos mamíferos erraban por el suelo de la jungla, donde otras criaturas podían atacarlos. Incluso aquellos animales que Fawcett y su equipo podrían haber visto permanecían invisibles a sus ojos indoctos. Los murciélagos se ocultaban entre las carpas que formaban las hojas. Los armadillos se protegían en madrigueras. Las polillas se mimetizaban con la corteza de los árboles. Los caimanes se convertían en leños. Una especie de oruga optaba por una simulación más temible: su cuerpo adoptaba la forma de la mortal serpiente lora, de cabeza alargada, triangular y oscilante, y ojos grandes y brillantes. Tal como explicó la escritora Candice Millard en The River of Doubt: «El bosque tropical no era un jardín de fácil abundancia, sino precisamente todo lo contrario. Sus pasillos silenciosos y umbríos de frondosa opulencia no eran un santuario, sino más bien el mayor campo de batalla natural de todo el planeta, donde tenía lugar una infatigable e implacable lucha por la supervivencia que ocupaba a todos y cada uno de sus habitantes todos los minutos de todos los días».7