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En ese campo de batalla, la expedición se vio superada por el entorno. Durante días, Fawcett, cazador de prestigio mundial, peinó la tierra con su equipo, y tan solo encontró un puñado de frutos secos y hojas de palmera. Los hombres intentaron pescar, convencidos de que, dada la gran cantidad de pirañas, anguilas y delfines rosados que poblaban otros ríos de la selva amazónica, aquel les proporcionaría sustento, pero para su asombro no consiguieron atrapar un solo pez. Fawcett consideró la posibilidad de que algo hubiera contaminado las aguas. De hecho, algunos árboles y plantas producen ácidos tánicos que envenenan los ríos de la región, dando lugar a lo que los biólogos Adrián Forsyth y Kenneth Miyata han denominado «los equivalentes acuáticos del desierto».8

Así, el grupo se vio obligado a vagar hambriento por la jungla. Los hombres querían regresar, pero Fawcett estaba decidido a encontrar las fuentes del río Verde. Avanzaban renqueantes, con la boca abierta para capturar cuando menos algunas gotas de lluvia. Por la noche, sus cuerpos se estremecían. Una toncandira -una hormiga venenosa que puede provocar vómitos y fiebre alta- había infectado a Fisher, y a otro miembro de la expedición se le había caído un árbol encima de una pierna, por lo que su carga tuvo que repartirse entre los demás. Casi un mes después de iniciar la expedición a pie, los hombres llegaron a lo que parecían las fuentes del río; Fawcett insistió en que se hicieran mediciones, aunque estaba tan exhausto que apenas podía mover las extremidades. El grupo hizo una pausa para fotografiarse: parecían muertos vivientes, con las mejillas consumidas hasta los huesos, la barba enmarañada como la maleza de la selva, la mirada casi enajenada.9

Fisher murmuró que iban a «dejar nuestros huesos aquí». Otros rezaron por salvarse.

Fawcett intentó encontrar una ruta de regreso más fácil, pero cada vez que escogía un sendero la expedición acababa topando con un precipicio y se veía obligada a dar media vuelta. «La cuestión vital era cuánto tiempo podríamos aguantar -escribió Fawcett-. A menos que consiguiéramos comida pronto, estaríamos demasiado débiles para seguir avanzando por cualquier ruta.»10 Habían viajado durante más de un mes sin apenas comida y estaban famélicos; la presión sanguínea les había bajado en picado y sus cuerpos consumían sus propios tejidos. «Las voces de los demás y de los sonidos de la selva parecían llegar desde una gran distancia, como a través de un largo tubo»,11 escribió Fawcett. Incapaces de pensar en el pasado ni en el futuro, en nada que no fuera la comida, los hombres se tornaron irritables, apáticos y paranoicos. En ese estado de debilidad, eran más vulnerables a las enfermedades y a las infecciones, y la mayor parte de ellos sufrieron fiebres severas. Fawcett temió un motín. Habían empezado a mirarse entre ellos de forma diferente, no como compañeros sino… ¿como comida? Según escribió Fawcett acerca del canibalismo: «El hambre extrema embota los mejores sentimientos del hombre»,12 y dijo a Fisher que se hiciera con las armas de los demás.

Fawcett pronto reparó en que uno de los miembros de la partida había desaparecido. Al final lo encontró, sentado y derrotado, al pie de un árbol. Fawcett le ordenó que se levantara, pero el hombre le suplicó que le dejara morir allí. Se negó a moverse y Fawcett desenfundó su machete. La hoja destelló ante los ojos del otro. Fawcett sufría las punzadas del hambre; sacudiendo el cuchillo, lo obligó a ponerse en pie. «Si tenemos que morir -le dijo-, moriremos caminando.»

Mientras avanzaban exhaustos, muchos de los hombres, rendidos ya a su sino, dejaron de ahuyentar los incordiantes mosquitos que se posaban sobre su piel y de estar alerta ante la posible presencia de indígenas. «[Una emboscada], pese al terror y la agonía que conlleva, se acaba deprisa, y considerándola de un modo razonable, resultaría incluso clemente»13 en comparación con la muerte por inanición, escribió Fawcett.

Varios días después, con todo el grupo sumido en la inconsciencia y la vigilia, Fawcett atisbo un ciervo prácticamente fuera de su alcance. Solo tenía una oportunidad de disparar, luego el animal desaparecería. «¡Por el amor de Dios, no falles, Fawcett!»,14 susurró uno de los hombres. Fawcett se descolgó el rifle; se le habían atrofiado los brazos y sus músculos se tensaron para mantener el cañón firme. Tomó aire y apretó el gatillo. El ruido resonó en la selva. El ciervo desapareció como si hubiese sido fruto de su imaginación delirante. Después, cuando se acercaron, lo vieron en el suelo, sangrando. Lo asaron y engulleron hasta el último resto de carne, succionando hasta el último hueso. Cinco días después encontraron un asentamiento. Aun así, cinco hombres de la expedición -más de la mitad- estaban ya demasiado débiles para recuperarse y murieron poco después. Cuando regresó a La Paz, Fawcett vio que la gente lo señalaba y lo miraba con descaro: era un esqueleto andante. Envió un telegrama a la Royal Geographical Society en el que informaba: «Infierno verde conquistado».

11. El Dead Horse Camp

– Aquí -dije a mi mujer, señalando la pantalla de mi ordenador, en la que se veía una imagen de satélite del Amazonas-. Aquí es adonde voy.

La imagen reproducía las hendiduras de la tierra allí donde el inmenso río y sus afluentes la habían excavado sin piedad. Más tarde fui capaz de mostrarle las coordenadas de forma más clara con el programa Google Earth, que se dio a conocer en el verano de 2005 y permite aproximarse, en cuestión de segundos, a prácticamente cualquier lugar del planeta y a tan solo unos metros de distancia. En primer lugar, tecleé nuestra dirección de Brooklyn. La imagen de la tierra empezó a aproximarse, como un misil teledirigido, hacia un conjunto de edificios y calles, hasta que reconocí el balcón de nuestro apartamento. La nitidez era increíble. Luego tecleé las últimas coordenadas publicadas de Fawcett y contemplé el recorrido de la pantalla por el Caribe y el océano Atlántico, luego sobre un débil perfil de Venezuela y la Guayana, y por último un borrón verde sobre el que se detuvo: la jungla. Lo que antiguamente era un espacio en blanco en el mapa ahora resultaba visible al instante.

Mi mujer me preguntó cómo sabía adonde tenía que ir, y le hablé de los diarios de Fawcett. Le indiqué en el mapa la primera y presunta ubicación del Dead Horse Camp, la que hasta entonces todo el mundo había dado por auténtica, y después las coordenadas que había encontrado en el cuaderno de bitácora de Fawcett, situadas a más de ciento sesenta kilómetros al sur. A continuación le mostré un documento que llevaba impresa la palabra «confidencial» y que había hallado en la Royal Geographical Society. A diferencia de otros escritos de Fawcett, este estaba pulcramente mecanografiado. Databa del 13 de abril de 1924 y se titulaba Case for an Expedition in the Amazonas Basin («Argumentos para una expedición en la cuenca del Amazonas»).

Desesperado por conseguir una financiación, al parecer Fawcett había accedido a ser más explícito con respecto a sus planes, algo que la Royal Society le había exigido. Tras casi dos décadas de exploración, dijo, había concluido que en la cuenca meridional del Amazonas, entre los afluentes Tapajós y Xingu, se encontraban «los vestigios más extraordinarios de una civilización ancestral».1 Fawcett había esbozado un mapa de la región y lo había entregado junto con una propuesta. «Esta región representa la mayor área de territorio inexplorado del mundo -escribió-. La exploración portuguesa, y toda la subsiguiente investigación llevada a cabo por brasileños y extranjeros, se ha limitado invariablemente a las vías fluviales.»2 Por el contrario, él pretendía abrir un camino por tierra entre el Tapajós, el Xingu y otros afluentes, donde «nadie ha penetrado». (Admitió lo peligrosa que resultaba esta empresa, de modo que pidió más dinero para «traer de vuelta a Inglaterra a los supervivientes», pues «a mí podrían matarme».)3