En una página de la propuesta, Fawcett había incluido varias coordenadas.
– ¿Para qué son? -preguntó mi mujer.
– Creo que se trata del rumbo que emprendieron después de dejar el Dead Horse Camp.
A la mañana siguiente, embutí mi equipamiento y mis mapas en la mochila, y me despedí de mi mujer y de nuestro bebé.
– No hagas tonterías -me dijo.
A continuación me dirigí al aeropuerto y embarqué en un avión con destino a Brasil.
12. En mano de los dioses
Oh, la «maravillosa perspectiva de volver a casa»,1 escribió Fawcett en su diario. Calles pavimentadas y pulcramente alineadas; casas de campo con techo de paja y tapizadas de hiedra; praderas llenas de ovejas; campanas de iglesia tañendo bajo la lluvia; comercios repletos de jaleas, sopas, limonadas, tartas, helados y vinos napolitanos; peatones subiendo y bajando a empellones de autobuses, tranvías y taxis. Era en lo único que Fawcett podía pensar durante la travesía en barco, de regreso a Inglaterra, a finales de 1907. Y por fin llegó a Devon, donde se reunió con Nina y con Jack, un Jack que ya había cumplido cuatro años, que ya corría y hablaba, y con el pequeño Brian, que observó al hombre que estaba en el umbral de la puerta como si fuera un extraño, lo que en realidad era para él. «Quería olvidar las atrocidades, dejar atrás la esclavitud, el crimen y las enfermedades espantosas, y volver a estar rodeado de ancianas respetables, cuyas ideas sobre el vicio acababan con las indiscreciones de la criada de Fulana o Mengana -escribió Fawcett en A través de la selva amazónica-. Quería escuchar la cháchara cotidiana del párroco del pueblo, comentar con los paisanos las incertezas del tiempo, encontrar todos los días el periódico en el plato del desayuno. Quería, en suma, ser una persona "corriente".»2 Se bañó en agua caliente y se recortó la barba. Arregló el jardín, acostó a los niños, leyó junto a la chimenea y celebró la Navidad con su familia, «como si Sudamérica nunca hubiese existido».
Sin embargo, pronto se descubrió incapaz de amoldarse a la quietud. «En lo más profundo de mi ser, una diminuta voz me llamaba -confesó-. Al principio apenas era audible, pero persistió hasta que ya no pude obviarla. Era la voz de los lugares salvajes, y sabía que ya formaría parte de mí de por vida. -Y añadió-: De forma inexplicable y sorprendente, sabía que amaba aquel infierno. Su garra feroz me había apresado, y deseaba volver a verlo.»3
Así, al cabo de solo unos meses, Fawcett volvió a hacer el equipaje y huyó de lo que denominaba «la puerta de una prisión que lenta pero inexorablemente me iba confinando».4 A lo largo de los siguientes quince años, llevó a cabo una expedición tras otra, en las que exploró miles de kilómetros cuadrados del Amazonas y ayudó a redibujar el mapa de Sudamérica. Durante ese tiempo, a menudo descuidó tanto a su esposa y a sus hijos como lo habían hecho sus padres con él. Nina comparó su propia vida con la de la esposa de un marinero: una existencia «incierta y solitaria, sin objetivos personales, miserablemente pobre, sobre todo con hijos».5 En una carta enviada a la Royal Geographical Society en 1911, Fawcett manifestó que no «someteré a mi esposa a la ansiedad perpetua de estos arriesgados viajes».6 (En una ocasión le había mostrado a ella las líneas de la palma de su mano y le había dicho: «Fíjate bien en ellas»; algún día podrías tener que «identificar mi cuerpo sin vida».)7 Con todo, siguió sometiéndola a sus peligrosas compulsiones. En ciertos aspectos, la vida debió de resultar más fácil para su familia cuando él se ausentaba, ya que, cuanto más tiempo permanecía en casa, tanto más se le agriaba el carácter. Tiempo después, Brian confesó en su diario: «Me sentía aliviado cuando él no estaba».8
Nina, por su parte, renunció a sus ambiciones por las de su marido. El salario anual de Fawcett, de unas seiscientas libras, que sufragaba la comisión fronteriza, resultaba escaso para ella y los niños, por lo que se vio obligada a trasladar a la familia de una casa de alquiler a otra, viviendo siempre en una refinada pobreza. Aun así, se aseguró de que Fawcett no tuviera de qué preocuparse: se encargó de toda clase de tareas -cocinar, limpiar, lavar- a las que no estaba habituada y educó a los niños en lo que Brian denominó una «democracia alborotada».9 Nina actuó también como principal defensora de su esposo, haciendo cuanto estuviera a su alcance para salvaguardar su reputación. Cuando supo que un miembro de la expedición de Fawcett de 1910 intentaba publicar un relato no autorizado de la misma, se apresuró a alertar a su esposo para que él pudiera detenerlo. Y cuando Fawcett le escribía narrándole sus hazañas, ella trataba de inmediato de publicitarias canalizando la información a la Royal Geographical Society y, en particular, a Keltie, secretario de la institución durante una larga etapa y el mayor impulsor de Fawcett. (Keltie había accedido a ser el padrino de la hija de Fawcett, Joan, que nació en 1910.) En un típico comunicado, Nina escribió de Fawcett y de sus hombres: «Han escapado milagrosamente de la muerte en varias ocasiones: en una, su barco naufragó; en otra, sufrieron el ataque de serpientes enormes». Fawcett dedicó A través de la selva amazónica a su querida Cheeky, «porque ella -dijo-, como mi compañera en todo, compartió conmigo la carga del trabajo».10
Aunque, en ocasiones, Nina anhelaba viajar a la jungla en lugar de quedarse en casa. «Personalmente, creo que estoy suficientemente preparada para acompañar a P. H. F. en el viaje a Brasil»,11 le comentó una vez a una amiga. Aprendió a interpretar las estrellas, al igual que un geógrafo, y tenía una «salud espléndida».12 En 1910, durante una visita a Fawcett en Sudamérica, escribió un despacho inédito para la RGS sobre su viaje en tren desde Buenos Aires hasta Valparaíso que consideró podría ser «interesante para quienes gustan de viajar». En un momento dado, vio cómo «los picos nevados de la cordillera brillaban con la luz rosada del amanecer», una imagen lo bastante «hermosa e imponente para grabarse en la memoria de por vida».13
Fawcett nunca accedió a llevarla consigo en sus expediciones, pero Nina confesó a una amiga que creía incondicionalmente en la «igualdad […] entre el hombre y la mujer».14 Alentó a Joan para que desarrollara una resistencia física y se enfrentara a situaciones de riesgo, como nadar varias millas en un mar encrespado. En una carta a Keltie, Nina dijo al respecto de la ahijada de este: «Algún día conseguirá los laureles de la Royal Geographical Society como geógrafa, y satisfará así la ambición por la que su madre ha luchado en vano… ¡de momento!».15 (Fawcett también incitó a Joan, al igual que a todos sus hijos, a que asumiera riesgos extremos. «Papá nos proporcionaba una gran diversión, porque no advertía el peligro -recordó Joan tiempo después-. Pero debería haberlo hecho. Siempre nos animaba a subirnos a los tejados y a los árboles […]. Una vez, me caí de espaldas y me hice daño en las cervicales, y pasé quince días en cama inconsciente y con delirios. Desde aquel accidente tengo el cuello un poco encorvado.»)16