Murray, lamento decirlo, ha desaparecido […]. El gobierno de Perú está poniendo en marcha una investigación, pero temo que debió de sufrir un accidente en las peligrosas pistas de la cordillera, o que habrá muerto por el camino a consecuencia de la gangrena. El ministro británico está al corriente y no comunicará nada a la familia a menos que haya una noticia concluyente, en un sentido u otro, o se abandone toda esperanza de su existencia.72
Tras señalar que Manley también había estado a punto de morir, Fawcett concluía: «Yo estoy bien y en forma, pero necesito un descanso».
Y entonces, milagrosamente, Murray surgió de la selva. Resultó ser que, después de más de una semana, había conseguido, con la muía y el colono, llegar a Tambopata, un puesto situado en la frontera entre Bolivia y Perú y compuesto por una sola casa; allí, un hombre llamado Sardón y su familia lo habían cuidado durante semanas. Lentamente le extirparon «una buena cantidad de gusanos muertos, grandes y gordos», le desinfectaron las heridas y lo alimentaron. Cuando estuvo lo bastante fuerte, lo subieron a lomos de una muía y lo enviaron a La Paz. Por el camino, leyó «pesquisas sobre el señor Murray, presuntamente muerto en esta región». Llegó a La Paz a principios de 1912. Su aparición impactó a las autoridades, que descubrieron que no solo estaba vivo sino también furioso.
Murray acusó a Fawcett de haber intentado asesinarle, y le encolerizó saber que había insinuado que era un cobarde. Keltie informó a Fawcett: «Me temo que existe la posibilidad de que el asunto sea puesto en manos de un abogado de renombre. James Murray tiene amigos poderosos y acaudalados que le respaldan».73 Fawcett insistió: «Todo cuanto, humanamente hablando, podía hacerse por él se hizo […]. Estrictamente hablando, su condición fue consecuencia de hábitos insalubres, insaciabilidad por la comida y excesiva parcialidad por el licor fuerte, todo lo cual resulta suicida en tales lugares. -Fawcett añadió-: Le profeso poca compasión. Sabía en detalle qué era lo que iba a tener que soportar y que en viajes pioneros de este tipo no puede permitirse que las enfermedades y los accidentes comprometan la seguridad de la partida. Todo el que va conmigo comprende esto claramente de antemano. Fue el hecho de que él y el señor Manley estuvieran enfermos lo que me impelió a abandonar el viaje proyectado. Que se sintiera despachado de forma algo cruel […] fue una cuestión de racionamiento de la comida y de la necesidad de salvar su vida, al respecto de la cual él mismo tendía a mostrarse pesimista».74 Costin estaba dispuesto a testificar a favor de Fawcett, como también Manley. La Royal Geographical Society, tras examinar las pruebas iniciales, dedujo que Fawcett «no desatendió a Murray, sino que hizo cuanto pudo por él dadas las circunstancias».75 Sin embargo, la Royal Society suplicó a Fawcett que dejara reposar el asunto con discreción antes de que se convirtiera en un escándalo nacional. «Estoy seguro de que no desea ningún mal a Murray y, ahora que ambos se encuentran en un clima templado, creo que deberían tomar medidas para llegar a un entendimiento»,76 dijo Keltie.
Se desconoce si fue Fawcett quien presentó sus disculpas a Murray o este a Fawcett, pero todos los detalles de la contienda se hicieron públicos, entre ellos lo cerca que había estado Fawcett de abandonar a su compatriota en la jungla. Costin, mientras tanto, era para entonces el único que seguía al borde de la muerte. La espundia empeoraba rápidamente, agravada por otras posibles infecciones. «Por el momento han sido incapaces de curarle -informó Fawcett a Keltie-, pero está sometido a un tratamiento nuevo y particularmente doloroso en la Escuela de Medicina Tropical [de Londres]. Confío sinceramente en que se recupere.»77 Tras visitar a Costin, un alto cargo de la RGS dijo a Fawcett en una carta: «Qué atroz estampa es el pobre hombre».78 Poco a poco, Costin fue recobrando la salud, y cuando Fawcett anunció que tenía previsto regresar al Amazonas, decidió acompañarle. Según sus propias palabras: «Es el infierno absoluto, pero a uno en cierto modo le gusta».79 También Manley, pese a su flirteo con la muerte, se comprometió a ir con Fawcett. «Él y Costin eran los únicos ayudantes a quienes siempre podré considerar de confianza y que se adaptan perfectamente al entorno, y nunca he deseado mejor compañía»,80 dijo Fawcett.
Para Murray, sin embargo, aquella experiencia con el trópico había sido más que suficiente. Anhelaba la conocida desolación del hielo y la nieve, y en junio de 1913 se alistó en una expedición científica canadiense al Ártico. Seis semanas después, el barco en el que viajaba, el Karluk, quedó encallado en el hielo y tuvo que ser abandonado. En esta ocasión, Murray contribuyó a liderar un motín contra el capitán y, junto con una facción disidente, escapó con trineos por la yerma nieve. El capitán consiguió rescatar a su partida. Murray y su grupo, sin embargo, nunca volvieron a ser vistos.81
13. Rescate
Cuando aterricé en Sao Paulo, fui a ver a la persona que, estaba seguro, podría ayudarme en mi expedición: James Lynch. Era el explorador brasileño que en 1996 había encabezado la última gran expedición en busca de indicios de la partida de Fawcett y que, junto con su hijo de dieciséis años y otros diez exploradores, había sido secuestrado por indígenas. Había oído que, después de conseguir que lo liberaran y regresar a Sao Paulo, Lynch había dejado su empleo en el Chase Bank y fundado una empresa de asesoría financiera. (Parte de su nombre era, acertadamente, Phoenix.) Cuando le telefoneé, accedió a recibirme en su despacho, que estaba ubicado en un rascacielos del centro de la ciudad. Parecía mayor y de apariencia más frágil de lo que yo había imaginado. Llevaba un traje elegante y el pelo, rubio, pulcramente peinado. Me llevó hasta su despacho, situado en la novena planta, y miró por la ventana. «Sao Paulo hace que Nueva York casi parezca pequeña, ¿no le parece?», dijo, y apuntó que en el área metropolitana vivían dieciocho millones de personas. Sacudió la cabeza, maravillado, y se sentó a su escritorio.
– Y bien, ¿cómo puedo ayudarle? -Le hablé de mis planes para rastrear la ruta de Fawcett-. Tiene el gusanillo de Fawcett, ¿eh? -concluyó.
Para entonces, lo tenía ya más de lo que me atrevía a admitir, y me limité a contestar:
– Parece una historia interesante.
– Oh, lo es, lo es.
Cuando le pregunté cómo había conseguido que los liberasen, se puso tenso. Me explicó que, después de que los llevaran a él y a su grupo río arriba, los indios los habían obligado a desembarcar y a subir por un inmenso terraplén de barro. En lo alto del mismo, apostaron vigías y montaron un campamento provisional. Lynch dijo que había intentado observar detenidamente el entorno y a sus captores -en busca de algún punto débil-, pero que la oscuridad pronto los envolvió, y a partir de entonces solo pudo diferenciar a los indios por la voz. Ruidos extraños surgían de la selva.
– ¿Ha oído alguna vez el sonido de la jungla? -me preguntó Lynch. Negué con la cabeza-. No es lo que uno se imagina -prosiguió-. No es que sea muy bulliciosa, pero siempre habla.
Recordó que había dicho a su hijo, James Jr., que intentara dormir y que él también acabó sucumbiendo al sueño por puro agotamiento. No estaba seguro de cuánto tiempo había dormido, dijo, pero cuando abrió los ojos, vio, a la luz de la mañana, la punta de una lanza que refulgía en la selva.
Se dio media vuelta y vio otra punta brillante, y otra, a medida que más indios, todos armados, emergían de la selva. Superaban el centenar. James Jr., que también se había despertado con el ruido, susurró: «Están en todas partes».