– Le dije que todo iría bien, aunque sabía que no era así -recordó Lynch.
Los indígenas formaron un círculo alrededor de Lynch y de su hijo, y otros cinco, que parecían ser los jefes, se sentaron en tocones frente al grupo.
– Fue entonces cuando supe que nuestro sino estaba a punto de decidirse -dijo Lynch.
El joven indio que había liderado el asalto avanzó unos pasos y habló airado ante lo que parecía ser un consejo; ocasionalmente, tras alguno de sus argumentos, varios indígenas hacían chocar los palos de madera contra el suelo en señal de aprobación. Otros se dirigían a los jefes, y cada poco un indio, que chapurreaba el portugués, traducía para Lynch y su grupo: les dijo que se les acusaba de intrusismo. Las negociaciones se prolongaron durante dos días.
– Durante horas, que se nos hicieron eternas, debatieron entre ellos y nosotros no sabíamos qué estaba pasando -recordó Lynch-. Después el traductor lo resumía todo en una sola frase. Era algo así como: bam, «Os atarán en el río y dejarán que las pirañas os devoren», o: bam, «Os embadurnarán con miel y dejarán que las abejas os piquen hasta que muráis».
En ese instante la puerta del despacho de Lynch se abrió y entró un joven. Tenía un rostro redondeado, atractivo.
– Este es mi hijo James Jr. -dijo Lynch.
Tenía ya veinticinco años y estaba prometido en matrimonio. Cuando James Jr. supo que estábamos hablando de la expedición de Fawcett, dijo:
– ¿Sabe?, yo tenía una idea romántica de la jungla, y aquello, de algún modo, hizo que mi perspectiva cambiara.
Lynch dijo que la tribu centró entonces la atención en su hijo, tocándolo y provocándolo, y Lynch sintió el impulso de decirle que echara a correr hacia la selva, aunque allí también acechara la muerte. Pero entonces advirtió que cuatro de los jefes parecían diferir del quinto, quien parecía el menos afectado por las violentas exhortaciones. Mientras varios indígenas indicaban que tenían intención de atar a su hijo y matarlo, Lynch se levantó ansioso y se dirigió al quinto jefe. Recurriendo al traductor indio, Lynch se disculpó por si sus hombres habían ofendido a su pueblo en algún sentido. Asumiendo la función de jefe, me relató Lynch, empezó a negociar directamente con él y accedió a entregarles las embarcaciones y el equipamiento a cambio de la liberación del grupo. El anciano jefe se volvió hacia el resto del consejo y habló varios minutos, y, mientras lo hacía, los indígenas se enfurecían cada vez más. Luego todos guardaron silencio y el jefe supremo dijo algo a Lynch con voz inmutable. Lynch aguardó a que el traductor encontrara las palabras adecuadas, no sin cierta dificultad. Finalmente, dijo: «Aceptamos vuestros regalos».
Antes de que el consejo pudiera cambiar de opinión, Lynch recuperó su radio, que la tribu había confiscado, para enviar un mensaje de socorro señalando sus coordenadas. Se fletó una avioneta para rescatarlos. El valor del rescate ascendió a treinta mil dólares.
Lynch dijo que él fue el último miembro de la partida en ser liberado, y que hasta que estuvo a bordo del avión y a salvo en el aire no volvió a pensar en el coronel Fawcett. Se preguntó si Fawcett y su hijo también habrían caído prisioneros, y si habrían intentado sin éxito ofrecer un rescate. Mirando por la ventanilla vio el terraplén donde él y su equipo habían pasado tres días retenidos. Los indios reunían sus pertrechos y Lynch los observó hasta que desaparecieron en el bosque.
– No creo que nadie consiga resolver nunca el misterio de la desaparición de Fawcett -dijo-. Es imposible.
En la pantalla del ordenador que Lynch tenía sobre el escritorio, advertí una imagen de satélite de unas montañas escarpadas. Para mi sorpresa, tenía relación con la siguiente expedición de Lynch.
– Partiré dentro de dos días. Vamos al techo de los Andes.
– Yo no -dijo James Jr.-. Tengo una boda que organizar.
James Jr. se despidió de mí y salió del despacho, y Lynch habló de su inminente aventura.
– Vamos en busca del avión que se estrelló en los Andes en 1937 -dijo-. Nadie ha conseguido encontrarlo. -Parecía emocionado cuando, a media explicación, se detuvo y dijo-: No se lo diga a mi hijo, pero no me importaría irme con usted. Si encuentra algo sobre Z, infórmeme, por favor.
Le dije que así lo haría. Antes de marcharme, Lynch me dio varios consejos.
– En primer lugar, necesitará un guía de primera, alguien que tenga vínculos con las tribus de la región -dijo-. En segundo lugar, deberá proceder con el mayor sigilo posible. Fawcett tenía razón: las partidas numerosas llaman demasiado la atención. -Me advirtió que tuviese mucho cuidado-. Recuerde que mi hijo y yo tuvimos suerte. La mayoría de las exploraciones que van tras el rastro de Fawcett nunca regresan.
14. La teoría de Z
No se produjo ninguna epifanía, no hubo ningún destello esclarecedor. De modo que la teoría fue desarrollándose con el tiempo, a partir de un dato aquí y otro allí, a trompicones, con giros inesperados, y el rastreo de las pruebas se remontó incluso hasta los días de Fawcett en Ceilán. En Fort Frederick, supo por vez primera de la posible existencia de una antigua civilización oculta en la jungla, cuyos palacios y calles, con el inexorable paso del tiempo, habrían desaparecido bajo una maraña de plantas trepadoras y raíces. Pero el concepto de Z -de una civilización perdida oculta en el Amazonas- realmente empezó a cuajar cuando Fawcett topó con los indígenas hostiles a los cuales le habían advertido que evitara a toda costa.
En 1910, junto con Costin y otros compañeros, exploraba una sección desconocida del río Heath, en Bolivia, cuando empezó a caer sobre ellos una lluvia de flechas de dos metros de largo envenenadas y que perforaron el costado de las canoas en las que viajaban.1 Un fraile español describió en una ocasión lo que vio cuando un arma semejante hirió a un compañero: «En el instante en que se clavó en él le produjo un intenso dolor […], pues el pie en el que había sido herido se tornó muy negro, y el veneno fue ascendiendo gradualmente por la pierna, como un ente vivo, sin que fuera posible detenerlo, aunque le aplicaron numerosas cauterizaciones con fuego […], y cuando le llegó al corazón, el hombre murió, víctima de un inmenso padecimiento hasta el tercer día, cuando entregó su alma a Dios, que la había creado».2
Un miembro del equipo se tiró al agua, gritando: «¡Retirada! ¡Retirada!»,3 pero Fawcett insistió en llevar las canoas hasta la orilla opuesta, mientras las flechas seguían cayendo del cielo en forma de cascada. «Una de ellas pasó a unos treinta centímetros de mi cabeza, y llegué a ver la cara del salvaje que la había disparado»,4 recordó Costin tiempo después. Fawcett ordenó a sus hombres que bajaran los rifles, pero la cortina de flechas persistió. El explorador pidió entonces a uno de sus hombres que, como muestra de sus intenciones pacíficas, sacara el acordeón y tocara. El resto de la partida, ante la orden de permanecer en pie y afrontar la muerte con resignación, cantaron mientras Costin, al principio con voz trémula y luego con mayor fervor, entonaba la letra de «Los soldados de la reina»: «En la lucha por la gloria de Inglaterra, muchachos / por su gloria mundial dejadnos cantar».
A continuación, Fawcett hizo algo que impactó de tal modo a Costin que este lo recordaría vividamente hasta el final de sus días: el comandante se desató el pañuelo que llevaba anudado al cuello y, agitándolo por encima de la cabeza, se encaminó hacia el río, directamente hacia la descarga de flechas. Con los años, Fawcett había adquirido ciertas nociones de los dialectos indígenas. Por las noches garabateaba los términos en sus cuadernos de bitácora y los estudiaba. En aquel momento pronunció algunas palabras que conocía, repitiendo «amigo, amigo, amigo», sin estar seguro siquiera de que ese fuera el término correcto, mientras el agua del río empezaba a llegarle a la altura de los hombros. La lluvia de flechas cesó. Por un instante, nadie se movió mientras Fawcett seguía en el río, con las manos sobre la cabeza, como un penitente en su bautismo.5 Según Costin, un indio apareció de detrás de un árbol y se acercó a la orilla. Fue remando en una balsa hasta Fawcett y cogió el pañuelo que este tenía en la mano. «El comandante indicó con gestos que le llevara con él», relató más tarde Costin en una carta dirigida a su hija, y el indígena «regresó a su orilla impulsándose con una pértiga y con Fawcett arrodillado en su endeble embarcación».6