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El descubrimiento espoleó la imaginación de Fawcett. Sin duda también le mortificó. Pero Fawcett creía que las pruebas que él había reunido indicaban algo potencialmente más trascendentaclass="underline" los restos de una civilización aún desconocida en el corazón del Amazonas, donde durante siglos los conquistadores habían buscado un reino ancestral, un lugar llamado El Dorado.

15. El dorado

Las crónicas estaban enterradas en los sótanos polvorientos de viejas iglesias y bibliotecas, y desperdigadas por el mundo. Fawcett, tras aparcar temporalmente su uniforme de explorador y vestido con ropa más formal, investigó en todas partes en busca de esos manuscritos que narraban los viajes al Amazonas de los primeros conquistadores. Esta clase de documentos caían con frecuencia en el descuido y el olvido; unos cuantos, temía Fawcett, se habían perdido para siempre, y, cuando descubría alguno, copiaba pasajes cruciales en sus cuadernos de notas. Investigar aquello le llevó mucho tiempo, pero poco a poco Fawcett fue reconstruyendo la leyenda de El Dorado.

«El Gran Señor […] circula constantemente cubierto con una capa de polvo de oro tan fino como la sal molida. Considera que resultaría menos hermoso llevar cualquier otro ornamento. Sería ordinario ponerse armaduras de oro moldeadas o esculpidas, pues otros señores ricos las llevan cuando lo desean. Pero empolvarse con oro es algo exótico, insólito, novedoso y más costoso, ya que por la mañana reemplaza lo que lava la noche anterior, que de este modo se pierde, y lo hace todos los días del año.»1

Así, según relató el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en el siglo xvi, comenzó la historia de El Dorado.2 Su nombre hace referencia al «hombre dorado». Los indígenas hablaron a los españoles de este regente y de su gloriosa tierra, y el reino se convirtió en sinónimo de ambos. Otro cronista informó que el rey se embadurnaba con oro y flotaba en el lago, «refulgiendo como un rayo de sol», mientras sus súbditos hacían «ofrendas de joyas de oro, exquisitas esmeraldas y otros ornamentos personales».3 Por si estas crónicas no hubiesen bastado para espolear los codiciosos corazones de los conquistadores, se creía además que el reino contenía larguísimas ringleras de canelos o árboles de la canela, una especia en aquel entonces casi tan preciada como el oro.

Por fantasiosas que resultasen estas historias,4 existían precedentes en la búsqueda de fabulosas ciudades en el Nuevo Mundo. En 1519, Hernán Cortés cruzó el paso elevado que daba acceso a la capital azteca de Tenochtitlán, situada en medio de una isla, rodeada de un lago. Refulgía bajo el sol con sus innumerables pirámides, palacios y elementos decorativos. «Algunos de nuestros soldados incluso preguntaron si lo que veíamos no sería un sueño»,5 escribió el cronista Bernal Díaz del Castillo. Catorce años después, Francisco Pizarro conquistó Cuzco, la capital de los incas, cuyo imperio llegó a abarcar casi dos millones de kilómetros cuadrados y albergó a más de diez millones de personas. Haciéndose eco de Díaz, Gaspar de Espinosa, gobernador de Panamá, dijo que las riquezas de la civilización inca eran «como algo salido de un sueño».6

En febrero de 1541, Gonzalo Pizarro, el hermanastro pequeño de Francisco y gobernador de Quito, organizó la primera expedición en busca de El Dorado. Desde allí escribió al rey de España: «Según numerosas crónicas que he recibido en Quito y fuera de esa ciudad, procedentes de jefes prominentes y de edad muy avanzada, así como de españoles, cuyos relatos coinciden entre sí, la provincia de La Canela y el lago El Dorado eran una tierra muy populosa y rica, y decidí ir a conquistarla y explorarla».7 Osado y apuesto, codicioso y sádico -el prototipo de conquistador-, Gonzalo Pizarro estaba tan seguro de su inminente éxito que invirtió toda su fortuna en reunir un ejército que superó incluso a aquel que había capturado al emperador inca.

Más de doscientos soldados partieron en procesión montados a caballo y ataviados como caballeros, con yelmos de hierro, espadas y escudos, acompañados de cuatro mil indígenas esclavizados, vestidos con pieles de animales, a los que Pizarra había mantenido encadenados hasta el día de la partida. Tras ellos avanzaban carretas tiradas por llamas y cargadas con unos dos mil bulliciosos cerdos y, por último, cerca de dos mil perros de caza. Para los nativos, la escena debió de resultar tan asombrosa como la visión de El Dorado. La expedición se dirigió al este desde Quito para franquear los Andes, donde un centenar de indígenas murieron de frío, para internarse finalmente en la cuenca del Amazonas. Abriéndose camino por la jungla con la ayuda de las espadas, sudando dentro de la armadura, sedientos, hambrientos, empapados y abatidos, Pizarro y sus hombres encontraron al fin varios canelos. Oh, las crónicas eran ciertas: «Canelos de la variedad más perfecta».8 Pero los árboles estaban dispersos por territorios de tal vastedad que habría resultado infructuoso intentar cultivarlos. Era otra de las despiadadas estafas del Amazonas.

Poco después, Pizarro topó con varios indios en la selva y exigió saber dónde se encontraba el reino de El Dorado. Al ver que los indios se limitaban a mirarle con cara inexpresiva, mandó torturarlos y lincharlos. «El carnicero Gonzalo Pizarro, no contento con quemar a unos indios que no habían cometido falta alguna, ordenó después que se arrojara a otros tantos a los perros, que los despedazaron con sus fauces y los devoraron»,9 escribió el historiador del siglo xvi Pedro de Cieza de León.

A orillas de un río serpenteante, Pizarro decidió dividir en dos grupos a los supervivientes de la partida. Mientras que la mayoría permaneció con él y siguió batiendo las riberas, su segundo de a bordo, Francisco de Orellana, se llevó consigo a cincuenta y siete españoles y a dos esclavos río abajo, en un barco que ellos mismos habían construido, con la esperanza de encontrar alimento. El fraile dominico Gaspar de Carvajal, que iba con Orellana, escribió en su diario que algunos de sus hombres estaban tan débiles que tuvieron que gatear por la jungla al desembarcar. Muchos, afirmó Carvajal, eran «como dementes y no tenían uso de razón».10 En lugar de regresar para reunirse con Pizarro y el resto de la expedición, Orellana y sus hombres decidieron seguir descendiendo por el inmenso río hasta que, según dijo Carvajal, «murieran o vieran qué había a lo largo de su curso».11 Carvajal, según informó, pasó junto a poblados y sufrió el ataque de miles de indígenas, incluso el de las guerreras amazonas. Durante uno de los asaltos, una flecha le alcanzó en un ojo y «penetró hasta la cuenca ocular».12 El 26 de agosto de 1542, el barco fue expulsado al océano Atlántico y sus tripulantes se erigieron en los primeros europeos en recorrer por entero el Amazonas.

Se trató tanto de una hazaña increíble como de un fiasco. Cuando Pizarro supo que Orellana le había abandonado, un acto que consideró un motín, se vio obligado a retirarse con sus tropas hambrientas hacia los Andes y regresar. Cuando llegó a Quito, en junio de 1542, solo ochenta hombres de su antiguo y gallardo ejército sobrevivían, apenas cubiertos por harapos. Se tiene constancia de que una persona intentó ofrecer ropa a Pizarro, pero el conquistador se negó tan siquiera a mirarla, y tampoco miró a nadie más; fue directamente a su casa y se recluyó en ella.

Aunque Orellana regresó a España, El Dorado permaneció, resplandeciente, en sus pensamientos, y en 1545 invirtió todo su dinero en una nueva expedición. Las autoridades españolas consideraron que su flota, con una tripulación compuesta por varios centenares de personas -entre ellas, su esposa-, no era apta para la navegación y le denegaron el permiso de viaje, pero Orellana zarpó igualmente del puerto de forma clandestina. Pronto una plaga asoló a la tripulación y acabó con la vida de casi cien personas. Luego, uno de los barcos se perdió en el mar, con otras setenta y siete almas a bordo. Tras alcanzar la desembocadura del Amazonas e internarse apenas cien leguas en el río, otros cincuenta y siete miembros de la tripulación perecieron debido a las enfermedades y al hambre. Los indígenas atacaron después su barco y mataron a diecisiete más. Finalmente, Orellana sucumbió a la fiebre y musitó la orden de retirada. Poco después se le paró el corazón, como si no pudiera soportar más decepciones. Su esposa lo envolvió en una bandera española y lo enterró a orillas del Amazonas, viendo, según palabras de un escritor, «cómo las aguas marrones que durante tanto tiempo habían poseído su mente, poseían ahora su cuerpo».13