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Aun así, Holt estaba decidido a participar en la expedición y fue a Río para comprar suministros. Fawcett, mientras tanto, barruntaba sobre todos los aspectos de su comportamiento: cada queja, cada paso en falso, cada error. Incluso empezó a sospechar, aunque carecía de pruebas, de que Holt era un Judas que pasaba información al doctor Rice o a algún otro rival. Al cabo de un tiempo, le envió un mensaje en el que le decía: «Desgraciadamente, vivimos y pensamos en mundos diferentes y no podemos mezclarnos más de lo que se mezclan el aceite y el agua […]. Y, dado que el objetivo de este viaje es lo primero para mí y las consideraciones personales están en un segundo plano, prefiero llevarlo a cabo en solitario que poner en riesgo los resultados innecesariamente».91

Holt, perplejo, escribió en su diario: «Tras una estrecha colaboración con el coronel Fawcett durante un período de un año, […] veo que la lección que con mayor claridad ha quedado impresa en mi mente es: nunca más, por ninguna circunstancia, volveré a establecer conexión alguna con ningún inglés, jamás». Lamentaba que, en lugar de granjearse fama, seguía siendo un «ornitólogo vagabundo, o quizá "trampero desollador de aves" se acercaría más al verdadero título». Y concluyó: «Por lo que he podido deducir de mi observación parcial, [Fawcett] únicamente posee tres cualidades que yo admiro: coraje, piedad con los animales y capacidad para olvidar al instante».92

Fawcett dijo a un amigo que había despedido a otro acompañante de la expedición, quien estaba «convencido, no me cabe la menor duda, de que estoy loco».93

Por primera vez, la idea empezó a cobrar fuerza: «Si mi hijo pudiera venir…». Jack era fuerte y abnegado. No se quejaría como un blando afeminado. No exigiría un sueldo elevado ni se amotinaría. Y, lo más importante, creía en Z. «Ansiaba que llegara el día en que mi hijo fuera lo bastante mayor para trabajar conmigo»,94 escribió.

Por el momento, sin embargo, Jack, que solo tenía dieciocho años, no estaba preparado, y Fawcett no tenía a nadie. La opción lógica era posponer el viaje, pero en lugar de hacerlo se gastó la mitad de la pensión militar en provisiones -jugándose los pocos ahorros que tenía- e ideó un nuevo plan. Esta vez intentaría llegar a Z desde la dirección opuesta, viajando de este a oeste. Partiría de Bahía, pasando por donde creía que el bandeirante había descubierto la ciudad en 1753, y caminaría centenares de kilómetros tierra adentro, hacia la jungla del Mato Grosso. El plan parecía disparatado. El propio Fawcett admitió a Keltie que si iba solo «las probabilidades de regresar se reducen».95 Sin embargo, en agosto de 1921 partió en solitario. «La soledad no es intolerable cuando el entusiasmo por una búsqueda colma la mente»,96 escribió. Sediento y hambriento, entre delirios y casi trastornado, avanzó sin cesar. En un momento dado, alzó la mirada hacia las colinas que perfilaban el horizonte y creyó ver la silueta de una ciudad… ¿o empezaba a fallarle la razón? Se le habían acabado las provisiones, le flaqueaban las piernas. Después de tres meses en la jungla viéndole la cara a la muerte, no tuvo más opción que abandonar. «Tengo que volver -juró-. ¡Volveré!»97

18. Una obsesión científica

– Tú decides, Jack1 -dijo Fawcett.

Estaban hablando los dos tras el regreso de Fawcett de su expedición de 1921. Durante su ausencia, Nina había trasladado a su familia de Jamaica a Los Ángeles, adonde también se habían desplazado los Rimell. Una vez allí Jack y Raleigh sucumbieron al embrujo de Hollywood: se engominaron el pelo, se dejaron bigote a lo Clark Gable y visitaron los estudios cinematográficos con la esperanza de conseguir un papel. (Jack había conocido a Mary Pickford y le había prestado su bate de criquet para la producción de El pequeño lord.)

Fawcett tenía una propuesta para su hijo. El coronel T. E. Lawrence -el célebre espía y explorador del desierto más conocido como Lawrence de Arabia- se había ofrecido voluntario para acompañar a Fawcett en su siguiente viaje en busca de Z, pero este recelaba de admitir en su expedición a un compañero con un ego tan grande y que carecía de experiencia en un entorno como el del Amazonas. Según escribió a un amigo: «[Lawrence] podría ser un buen compañero en una exploración en Sudamérica, pero, para empezar, probablemente exija un salario que no puedo sufragar y, en segundo lugar, haber hecho un trabajo excelente en Oriente Próximo no asegura poseer la capacidad o la disposición para cargar con una mochila de casi treinta kilos, vivir un año en la selva, sufrir el envite de legiones de insectos y aceptar las condiciones que yo impondría».2 Fawcett propuso a Jack participar en la expedición en lugar de Lawrence. Sería una de las más difíciles y peligrosas en la historia de la exploración, la prueba última, en palabras de Fawcett, «de fe, coraje y determinación».3

Jack no dudó.

– Quiero ir contigo,4 -le dijo.

Nina, que estaba presente en estas conversaciones, no puso objeción. Por una parte, confiaba en que los poderes aparentemente sobrehumanos de Fawcett protegerían a su hijo y, por otra, creía que Jack, heredero natural de su padre, poseería capacidades similares. No obstante, parece ser que sus motivaciones eran más profundas: dudar de su esposo tras tantos años de sacrificio equivalía a dudar del sentido de su propia vida. De hecho, necesitaba Z tanto como él. Y aunque Jack no tuviera experiencia como explorador y ello suponía un peligro extraordinario, nunca consideró, como tiempo después comentó a un periodista, la posibilidad de «retener» con ella a su hijo.

Obviamente, Raleigh también tendría que ir. Jack dijo que no podía llevar a cabo la experiencia más importante de su vida sin él.

La madre de Raleigh, Elsie, se mostró reticente a permitir que su hijo pequeño -su «chico», como le llamaba -participara en una empresa tan peligrosa. Pero Raleigh insistió. Sus aspiraciones en el cine habían fracasado, y se estaba dejando la piel en la industria maderera. Tal como dijo a su hermano mayor, Roger, se sentía «insatisfecho e inestable».5 Aquella era una oportunidad no solo de ganar un «montón de pasta», sino también de hacer algo bueno con su vida.

Fawcett informó a la RGS y a los demás que contaba con dos acompañantes idóneos («ambos fuertes como caballos y entusiastas»),6 e intentó una vez más conseguir financiación. «Solo puedo decir que se me ha otorgado la medalla del Fundador […] y que, por tanto, merezco confianza»,7 sostuvo. Aun así, el fracaso de su expedición anterior -aunque fuera la primera y única de una brillante trayectoria- había proporcionado más munición a sus detractores. Además, sin patrocinadores, y tras haber agotado en su último viaje los pocos ahorros que tenía, ya no pudo seguir costeándose la vida en California y se vio obligado a desarraigar una vez más a su familia para regresar a Stoke Canon, Inglaterra, donde alquiló una casa vieja y destartalada, sin agua corriente ni electricidad. «Hay que bombear el agua y serrar en pedazos troncos inmensos, lo que supone mucho más trabajo»,8 escribió Nina a Large. El esfuerzo era extenuante. «Al final me derrumbé hace cinco semanas y enfermé seriamente», dijo Nina. Una parte de ella deseaba huir de todos aquellos sacrificios y responsabilidades, pero, como ella misma comentó, «la familia me necesitaba».