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Sin embargo, un segmento de la ruta que Raleigh había trazado parecía contradecir esto último. En el río Araguaia, según indicaba Raleigh, la expedición viraría bruscamente hacia el norte en lugar de seguir hacia el este, y pasaría del Mato Grosso al estado brasileño de Para, antes de salir cerca de la desembocadura del río Amazonas.

– Quizá fue un error de Raleigh -dijo Paolo.

– Es lo que pensé en un principio -repuse-, pero lee esto.

Le mostré la última carta que Jack había enviado a su madre. Paolo leyó la línea que yo había resaltado: «La próxima vez que escriba probablemente lo haré desde Para».

– Creo que Fawcett mantuvo en secreto esta última parte de la ruta, incluso a la RGS -dije.

Paolo parecía cada vez más intrigado por la figura de Fawcett, y con un bolígrafo negro empezó a trazar su ruta en un nuevo mapa, marcando entusiasmado cada uno de nuestros destinos previstos. Al final, se quitó el cigarrillo de la boca y preguntó:

– Hasta Z, ¿no?

20. No temas

El tren traqueteaba hacia la frontera. El 11 de febrero de 1925, Fawcett, Jack y Raleigh habían partido de Río de Janeiro en su viaje de más de mil seiscientos kilómetros hacia el interior de Brasil. En Río se habían alojado en el Hotel Internacional, en cuyo jardín comprobaron su equipamiento y donde prácticamente todo lo que hicieron fue publicado en crónicas de periódicos de todo el mundo. «Al menos cuarenta millones de personas conocen ya nuestro objetivo», escribió Fawcett a su hijo Brian, disfrutando de aquella «tremenda» publicidad.1

Aparecían fotografías de los exploradores con títulos como «Tres hombres se enfrentan a los caníbales en su búsqueda de reliquias». Un artículo afirmaba: «Ningún deportista olímpico se ha entrenado nunca como estos tres reservados y pragmáticos ingleses, cuyo camino hacia un mundo olvidado está plagado de flechas, pestes y bestias».2

«¿No te parecen divertidos los artículos que publican los periódicos ingleses y estadounidenses sobre la expedición?»,3 escribió Jack a su hermano.

Las autoridades brasileñas, temerosas de perder en su territorio a una partida tan ilustre, exigió a Fawcett que firmase una declaración que los redimía de toda responsabilidad, a lo que él accedió sin vacilar.4 «No quieren sufrir presiones […] si no volvemos a aparecer -dijo Fawcett a Keltie-. Pero todos volveremos a aparecer sanos y salvos, aunque eso sea lo máximo que mis cincuenta y ocho años puedan soportar.»5 Pese a estas inquietudes, el gobierno y sus ciudadanos dieron un cálido recibimiento a los exploradores: proporcionarían transporte gratuito al grupo hasta la frontera en vagones de tren reservados para dignatarios, lujosos compartimientos con cuarto de baño privado y bar. «Nos hemos encontrado con una simpatía y una buena voluntad ilimitadas»,6 informó Fawcett a la RGS.

Raleigh, sin embargo, parecía algo abatido. En el viaje desde Nueva York se había enamorado, al parecer, de la hija de un duque británico.7 «Conocí a cierta chica a bordo, y a medida que el tiempo pasaba nuestra amistad fue creciendo hasta que admito que amenazaba con volverse seria»,8 confesó en una carta a Brian Fawcett. Deseaba hablar con Jack de sus turbulentas emociones, pero su mejor amigo, que se había tornado incluso más circunspecto mientras se preparaba para la expedición, le reprochó que estaba «haciendo el ridículo». Anteriormente Raleigh se había mostrado del todo centrado en su aventura con Jack; ahora en lo único que podía pensar era en aquella… mujer.

«[El coronel] y Jack empezaban a inquietarse, ¡temerosos de que yo fuera a fugarme o algo así!», escribió Raleigh. En realidad, Raleigh contempló la posibilidad de casarse en Río, pero Fawcett y Jack le disuadieron. «Entré en razón y comprendí que iba a ser miembro de la expedición y que, como tal, no se me permitiría llevar conmigo a mi esposa -dijo Raleigh-. Tuve que dejarla de la manera más amistosa posible y dedicarme al trabajo.»9

«[Raleigh] está mucho mejor ahora»,10 escribió Jack. Aun así, le preguntó preocupado: «Supongo que cuando volvamos te casarás antes de un año, ¿verdad?»11

Raleigh contestó que no podía prometer nada, pero, según comentó tiempo después: «No tengo intención de quedarme soltero toda la vida, ¡aunque Jack lo haga!».12

Los tres exploradores hicieron una parada de varios días en Sao Paulo y fueron a visitar el Instituto Butantan, uno de los centros de investigación de biología y biomedicina donde se encuentran las serpientes más grandes del mundo. El personal llevó a cabo diversas demostraciones para los exploradores, mostrándoles cómo atacaban varios depredadores. En un momento dado, un empleado introdujo un gancho largo en una jaula y extrajo un crótalo negro de veneno letal, mientras Jack y Raleigh observaban sus colmillos. «Salió un buen chorro de veneno»,13 escribió más tarde Jack a su hermano. Fawcett estaba familiarizado con las serpientes del Amazonas, pero aun así encontró instructivas las demostraciones y compartió sus notas en uno de los informes dirigidos a la North American Newspaper Alliance. («La mordedura de serpiente que sangra no es venenosa. La presencia de dos orificios, además del amoratamiento de la zona y de la ausencia de sangre, son indicios de veneno.»)14

Antes de partir, a Fawcett le entregaron lo que más deseaba: el resultado de cinco años de investigación en antídotos contra mordeduras de serpiente, guardados en ampollas etiquetadas: «Serpientes de cascabel», «Víboras» y especies «Desconocidas». Recibió asimismo una aguja hipodérmica para administrarlos.

Después de que altos funcionarios de Sao Paulo ofrecieran a los exploradores lo que Jack describió como «una excelente despedida», los tres ingleses subieron de nuevo al tren y se dirigieron hacia el oeste, hacia el río Paraguay, situado a lo largo de la frontera entre Brasil y Bolivia. Fawcett había hecho el mismo viaje en 1920 con Holt y Brown, y aquellos paisajes ya conocidos intensificaron su impaciencia crónica. Mientras saltaban chispas de los raíles, Jack y Raleigh miraban por la ventanilla y veían pasar las ciénagas y los montes bajos, imaginando lo que pronto encontrarían. «Vi algunas cosas bastante interesantes -escribió Jack-. En las tierras de pasto había numerosos loros, y vimos dos rebaños […] de ñandúes [aves similares al avestruz] jóvenes, de entre aproximadamente un metro veinte y un metro y medio. Atisbé una telaraña en un árbol, con una araña casi del tamaño del gorrión que se había posado en el centro de la misma.»15 Al ver caimanes en las riberas, él y Raleigh cogieron los rifles e intentaron dispararles desde el tren en marcha.

La inmensidad del paisaje sobrecogió a Jack, que ocasionalmente hacía bocetos de lo que veía como si quisiera absorberlo mejor, un hábito que su padre había arraigado en él. En una semana, los hombres llegaron a Corumbá, una ciudad fronteriza cerca de la frontera boliviana y próxima al lugar donde Fawcett había llevado a cabo sus primeras exploraciones. Este enclave marcaba el final de la línea ferroviaria y el de los confortables alojamientos. Aquella noche los exploradores pernoctaron en un sórdido hotel. «Los servicios son muy primitivos -escribió Jack a su madre-. El [cuarto de baño] y la ducha combinados están tan mugrientos que hay que ir con cuidado de dónde se pisa, pero papá dice que en Cuyaba será mucho peor.»16