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En 1943, Assis Chateaubriand, un multimillonario brasileño propietario de un conglomerado de periódicos y emisoras de radio, envió a un reportero de uno de sus populares tabloides, Edmar Morel, en busca del «nieto de Fawcett». Meses después, Morel regresó con un chico de diecisiete años con la piel blanca como la luna llamado Dulipé. El muchacho fue aclamado como el nieto del coronel Percy Harrison Fawcett, o, según lo llamaba la prensa, el «dios blanco del Xingu».

El descubrimiento provocó un delirio internacional. Dulipé, tímido y nervioso, apareció fotografiado en Life y desfiló por Brasil como una atracción de carnaval, un freak,^ como lo definió el Time. La gente acudía en masa a los cines, las colas daban la vuelta a la manzana, para ver secuencias de él en la selva, desnudo y pálido. (Cuando se preguntó a la RGS al respecto de Dulipé, la institución respondió flemáticamente que tales «cuestiones quedan fuera del ámbito científico de nuestra Sociedad».) 87 Morel telefoneó a Brian Fawcett, y preguntó a él y a Nina si querían adoptar al joven. Cuando examinó fotografías de Dulipé, sin embargo, Nina se sorprendió.

– ¿No ves algo extraño en los ojos del chico? -le preguntó a Brian.88

– Parecen entornados, como deslumbrados por la luz -respondió él.

– A mí me parece albino -dijo ella.

Pruebas posteriores confirmaron su teoría. Muchas leyendas de indios blancos, de hecho, se derivaban de casos de albinismo. En 1942, Richard O. Marsh, un explorador estadounidense que tiempo después buscó a Fawcett, anunció que en una expedición en Panamá no solo había visto «indios blancos», sino que se llevaba de vuelta a tres «especímenes vivos»89 como prueba. «Tienen el cabello dorado, los ojos azules y la piel blanca -dijo Marsh-. Sus cuerpos están cubiertos por un vello fino, largo y blanco. Parecen […] blancos nórdicos muy primitivos.»90 Después de que su barco arribara a Nueva York, Marsh llevó a las tres criaturas -dos amedrentados niños indígenas, de diez y dieciséis años, y una niña de catorce llamada Margarita- en presencia de una muchedumbre de curiosos y fotógrafos. Científicos de todo el país -del Bureau of American Ethonology, el Museum of the American Indian, el Peabody Museum, el American Museum of Natural History y la Universidad de Harvard- pronto se reunieron en una habitación del hotel Waldorf-Asteria para ver a los niños exhibidos, punzando y manoseando sus cuerpos. «Observad el cuello de la niña»,91 dijo uno de los científicos. Marsh conjeturó que eran una «reliquia de la modalidad del Paleolítico».92 El The New York Times afirmó después: «Científicos declaran auténticos a los indios blancos». Se instaló a los niños en una casa de una zona rural situada a las afueras de Washington D.C., para que pudieran estar «más cerca de la naturaleza».93 Solo tiempo después se concluyó que los niños eran, al igual que muchos indios san blas de Panamá, albinos.

El destino de Dulipé fue trágico. Arrancado de su tribu y lejos de ser ya una atracción comercial, fue abandonado en las calles de Cuiabá. Se sabe que el «dios blanco del Xingu» murió víctima del alcoholismo.

A finales de 1945, Nina, que contaba ya setenta y cinco años, padecía una artritis y anemia que debilitaba su organismo. Tenía que ayudarse de un bastón para caminar, en ocasiones dos, y se describía como una persona «sin hogar, sin nadie que me ayude o venga a verme, ¡y lisiada!».94

Tiempo antes, Brian le había escrito una carta en la que le decía: «Has soportado lo que quebraría el espíritu de una docena de personas, pero, al margen de cómo te sintieras […], has sonreído en todo momento y aceptado durante tantísimo tiempo la pesada carga que el Destino ha depositado sobre ti de un modo que me hace sentir enormemente orgulloso de ser tu hijo. Sin duda eres un ser superior, o de lo contrario los dioses no te habrían impuesto semejante prueba, y tu recompensa será sin duda muy Grande».95

En 1946 surgió otra historia según la cual los tres exploradores estaban vivos en el Xingu. Se aseguraba que Fawcett era tanto «prisionero como jefe de los indios». En esta ocasión, Nina estaba segura de que su recompensa finalmente había llegado. Prometió enviar una expedición para rescatarlos, aunque «¡eso signifique la muerte para mí!».96 El relato, sin embargo, resultó ser una invención más.

En una fecha tan tardía como 1950, Nina insistía en que no le sorprendería que los exploradores, su esposo con ya ochenta y dos años y su hijo con cuarenta y siete entraran por la puerta en cualquier momento. Sin embargo, en abril de 1951, Orlando Villas Boas, un funcionario gubernamental aclamado por su defensa de los indígenas del Amazonas, anunció que los kalapalo habían admitido que miembros de su tribu habían matado a los tres exploradores. Y, lo que era aún más importante, Villas Boas aseguraba tener una prueba de ello: los restos del coronel Fawcett.

23. Los restos del coronel

– El jefe de los kalapalo ha aceptado vernos -me informó Paolo tras recibir un mensaje que había sido transmitido desde la jungla.

Las negociaciones, dijo, tendrían lugar no lejos del Puesto Bakairí, en Canarana, una pequeña ciudad fronteriza situada en el límite meridional del Parque Nacional del Xingu. Aquella noche, cuando llegamos, la ciudad padecía una epidemia de dengue, y muchas de las líneas telefónicas no funcionaban. Era también su vigésimo quinto aniversario y se celebraba el evento con fuegos artificiales, que sonaban como disparos esporádicos. A principios de la década de 1980, el gobierno brasileño, como parte de su continua colonización de territorios indígenas, había enviado aviones llenos de granjeros -muchos de ascendencia alemana- para que se asentaran en la remota región. Aunque la ciudad estaba desierta, las calles principales eran desconcertantemente amplias, como grandes autopistas. Cuando vi una fotografía de un huésped aparcando su avión frente al hotel, comprendí el motivo: durante años, la ciudad había sido tan inaccesible que las calles hacían las veces de pistas de aterrizaje. Aún en la actualidad, me dijeron, era posible aterrizar en plena calle, y en la plaza principal se veía un avión comercial, como único monumento de la ciudad.

El jefe kalapalo, Vajuvi, apareció en nuestro hotel acompañado de dos hombres. Tenía un rostro de tez morena, surcado por infinidad de arrugas, y parecía rondar la cincuentena. Al igual que sus dos acompañantes, medía aproximadamente un metro setenta y tenía los brazos musculosos. Llevaba el pelo cortado al estilo tradicional, por encima de las orejas y en forma de cuenco. En la región del Xingu, los hombres de las tribus con frecuencia prescindían de la ropa, pero en esta visita a la ciudad Vajuvi llevaba una camiseta de algodón con cuello de pico y unos vaqueros desgastados y holgados que le colgaban de las caderas.

Tras presentarnos y explicarle por qué quería visitar el Xingu, Vajuvi me preguntó:

– ¿Es usted miembro de la familia del coronel?

Yo estaba habituado a esta pregunta, aunque en esta ocasión se trataba de una situación más comprometida: los kalapalo habían sido acusados de matar a Fawcett, por lo que un miembro de la familia podría desear vengar su muerte. Cuando le dije que era periodista, Vajuvi pareció complacido.