– Siempre hay que tener cuidado en la selva -dijo Vajuvi-. Yo escucho mis sueños. Si tengo un sueño donde acecha el peligro, me quedo en el poblado. Los blancos sufren muchos accidentes por no creer en sus sueños.
Los xinguano eran famosos por pescar con arcos y flechas. Se colocaban en silencio en la parte frontal de la canoa, en una actitud que Jack y Raleigh habían fotografiado emocionados, para enviar luego las imágenes al Museum of the American Indian. Vajuvi y su hijo, sin embargo, cogieron hilos de pescar y cebaron los anzuelos. Luego los hicieron girar sobre sus cabezas a modo de lazos y los arrojaron al centro de la laguna.
Mientras tiraba del hilo, Vajuvi señaló la orilla y dijo:
– Allí arriba fue donde se desenterraron los restos. Pero no eran de Fawcett, eran de mi abuelo.4
– ¿Su abuelo? -pregunté.
– Sí. Mugika, así se llamaba. Ya estaba muerto cuando Orlando Villas Boas empezó a preguntar por Fawcett. Orlando quería protegernos de todos los blancos que venían, y dijo al pueblo kalapalo: «Si encontráis un esqueleto largo, os regalaré un rifle a cada uno». Mi abuelo había sido uno de los hombres más altos del poblado, así que varios decidieron desenterrar sus restos, enterrarlos aquí, junto a la laguna, y decir que eran de Fawcett.
Mientras hablaba, el hilo de su hijo se tensó. Vajuvi ayudó al niño a tirar de él y un pez de color blanco plateado emergió del agua, sacudiéndose con furia en el anzuelo. Me incliné para inspeccionarlo, pero Vajuvi me apartó de en medio y empezó a golpearlo con un palo.
– Piraña -dijo.
Observé el pez que yacía en el suelo de aluminio de la barca. Vajuvi le abrió la boca con un cuchillo y dejó a la vista una ristra de dientes afilados y engranados, unos dientes que los indígenas en ocasiones empleaban para rasgarse la carne en rituales de purificación. Tras arrancarlo del anzuelo, prosiguió:
– Mi padre, Tadjui, estaba ausente en aquel momento y se puso furioso cuando supo lo que el pueblo había hecho. Pero ya se habían llevado los restos.
Otra prueba parecía corroborar su historia. Tal como Brian Fawcett observó entonces, muchos de los kalapalo referían versiones contradictorias de cómo los exploradores habían sido asesinados: algunos decían que habían muerto apaleados, otros sostenían que les habían disparado flechas desde la distancia. Además, los kalapalo insistían en que Fawcett había sido asesinado porque no había llevado regalos y había abofeteado a un niño kalapalo, algo poco creíble dado que Fawcett siempre se mostró amable con los indios. Más significativo resultó ser un memorándum interno que encontré tiempo después en los archivos del Royal Anthropological Institute de Londres, donde constaban los resultados del examen de los restos. En él se afirmaba:
La mandíbula superior constituye la prueba más evidente de que estos restos humanos no pertenecen al coronel Fawcett, de quien afortunadamente se conservan piezas dentales de la mandíbula superior para poder comparar […]. Se sabe que el coronel Fawcett medía un metro ochenta y dos. La estatura del hombre cuyos restos han sido traídos a Inglaterra se estima en aproximadamente un metro setenta y cuatro centímetros.5
– Me gustaría recuperar los restos y enterrarlos donde les corresponde -dijo Vajuvi.
Después de pescar media docena de pirañas, volvimos a la orilla. Vajuvi recogió varias ramas finas e hizo una hoguera. Sin quitarles la piel, colocó las pirañas sobre la madera y las asó, primero por un costado y después por el otro. Una vez asadas, las puso sobre un lecho de hojas y separó la carne de la espina; luego la envolvió en beiju, una especie de panqueques hechos con harina de mandioca, y nos tendió un «sandwich» a cada uno. Mientras comíamos, dijo:
– Les diré lo mismo que mis padres me dijeron a mí sobre lo que en realidad les ocurrió a los ingleses. Es cierto que estuvieron aquí. Eran tres, y nadie sabía quiénes eran ni por qué habían venido. No llevaban animales, cargaban con fardos a la espalda. Uno, que era el jefe, era viejo, y los otros dos, jóvenes. Tenían hambre y estaban cansados de tanto caminar, y la gente del poblado les dio pescado y beiju. A cambio de su ayuda, los ingleses les ofrecieron anzuelos, algo que nadie había visto nunca. Y cuchillos. Al final, el viejo dijo: «Ahora debemos irnos». La gente les preguntó: «¿Adonde vais?». Y ellos contestaron: «Por allí. Hacia el este». Nosotros dijimos: «Nadie va allí. Allí es donde están los indios hostiles. Os matarán». Pero el viejo insistió. Y se marcharon. -Vajuvi señaló hacia el este y sacudió la cabeza-. En aquellos tiempos, nadie iba allí.
Durante varios días, prosiguió Vajuvi, los kalapalo vieron columnas de humo entre los árboles -las hogueras de los campamentos de Fawcett-, pero el quinto día desaparecieron. Vajuvi dijo que un grupo de kalapalo, temiendo que les hubiera ocurrido algo, buscaron su campamento. Pero no había ni rastro de los ingleses.
Más tarde supe que lo que sus padres le habían contado era un relato oral, que se había transmitido de generación en generación con notable coherencia. En 1931, Vincenzo Petrullo, un antropólogo que trabajaba para el Pennsylvania University Museum de Filadelfia y uno de los primeros blancos que accedieron al Xingu, informó haber oído una historia similar. Sin embargo, existían otras versiones de lo sucedido mucho más sensacionalistas, de modo que pocos le prestaron atención. Unos cincuenta años después, Ellen Basso,6 antropóloga de la Universidad de Arizona, registró una versión más detallada de un kalapalo llamado Kambe, que tan solo era un niño cuando Fawcett y su partida llegaron al poblado. Tradujo su relato directamente de la lengua kalapalo, respetando los ritmos épicos de las historias orales de la tribu:
Uno de ellos se quedó apartado.
Mientras cantaba, tocaba un instrumento musical.
Su instrumento musical funcionaba así, así…
Él cantaba y cantaba.
Me rodeó con un brazo, así.
Mientras tocaba, nosotros mirábamos a los cristianos.
Mientras tocaba.
El padre y los otros.
Y entonces: «Voy a tener que irme», dijo.
Kambe también se refirió al humo que habían visto:
«Allí está el fuego cristiano», nos decíamos unos a otros.
Eso ocurría mientras se ponía el sol.
Al día siguiente, mientras se ponía el sol, volvió a alzarse su fuego.
Al día siguiente otra vez, solo un poco de humo dispersándose en el cielo.
Este día, mbouk, su fuego había desaparecido…
Era como si el fuego de los ingleses ya no estuviera vivo, como si lo hubiesen apagado.
«¡Qué pena! ¿Por qué insistieron tanto en irse?»
Cuando Vajuvi concluyó su versión del relato oral, comentó:
– La gente siempre dice que los kalapalo mataron a los ingleses, pero nosotros no hicimos eso. Nosotros intentamos salvarlos.
24. El otro mundo
La habitación estaba a oscuras. Nina Fawcett, sentada a un lado de la mesa; al otro, una mujer con la mirada fija en una bola de cristal. Tras años de buscar a su esposo y a su hijo en este mundo, Nina había empezado a buscarlos en otra dimensión.
Se rodeó de videntes y adivinos, muchos de los cuales le enviaron largas cartas donde le detallaban sus intentos de contactar con los exploradores. En una ocasión, una médium le dijo que había percibido una presencia en la sala y que, tras alzar la mirada, había visto a Fawcett de pie junto a la ventana. La médium dijo a Nina que le había preguntado: «¿Está vivo o muerto?», y que Fawcett se había reído y le había contestado: «¿No puede ver que estoy vivo?». Y que había añadido: «Transmítale mi amor a Nina y dígale que estamos bien».1
Otra médium informó que había visto a un joven con una larga barba flotando frente a ella. Era Jack. «Algún día nos veremos», dijo. Y luego desapareció, dejando «un agradable aroma tras de sí».2