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Nunca recibió respuesta ni encontró pruebas de que Jack siguiera vivo. Pero en otra expedición fue en busca del mismo objetivo que su hermano y su padre: la Ciudad de Z. «Sin duda el destino debe de haber guiado mis pasos por este camino con un propósito»,25 escribió. Con ayuda de unos binoculares, atisbo en una cadena montañosa distante una ciudad en ruinas con calles, torres y pirámides. «¡Debe de ser aquello!»,26 gritó el piloto. Pero, cuando la avioneta se aproximó, advirtieron que se trataba de un afloramiento de tierra arenisca que la erosión había modelado en formas insólitas. «La ilusión fue notable, casi increíble», dijo Brian. Y, con el paso de los días, empezó a temer lo que nunca se había permitido considerar: que jamás hubiera existido una Ciudad de Z. Tal como escribió tiempo después: «Toda la romántica estructura de creencias falácicas, que ya oscilaba peligrosamente, se desmoronó ante mí dejándome aturdido».27 Brian empezó a cuestionar algunos de los extraños documentos que había encontrado entre los escritos de su padre, y que nunca había divulgado. Originalmente, Fawcett había descrito Z en términos estrictamente científicos y con cautela: «No doy por hecho que "La Ciudad" sea grande ni rica».28 Pero en 1924 Fawcett había llenado infinidad de hojas en las que se plasmaban ideas delirantes sobre el fin del mundo y sobre un reino atlante místico, que se asemejaba al Jardín del Edén. Z se transformó en «la cuna de todas las civilizaciones»29 y en el centro de una de las «Casas Blancas» de Blavatsky, donde un grupo de seres espirituales superiores dirigían el sino del universo. Fawcett confiaba en descubrir una Casa Blanca que había permanecido allí desde «los tiempos de la Atlántida»30 y trascender el mundo material para alcanzar la pureza del espíritu. Brian escribió en su diario: «¿Era el concepto de "Z" de papá un objetivo espiritual, y la forma de alcanzarlo, una alegoría religiosa?».31 ¿Era posible que se hubieran perdido tres vidas por «un objetivo que nunca había existido»?32 El propio Fawcett escribió en una carta a un amigo: «Aquellos a quienes los Dioses pretenden destruir ¡los dioses primero los enajenan!».33

25. Z

– La cueva está en aquellas montañas -dijo el empresario brasileño-. Por allí descendió Fawcett a la ciudad subterránea y allí sigue viviendo.

Antes de que Paolo y yo partiéramos hacia la jungla, habíamos hecho una parada en Barra do Garças, una ciudad situada cerca de las montañas Roncador, en el extremo nordeste del Mato Grosso. Muchos brasileños nos habían dicho que, en las últimas décadas, habían surgido en la región cultos religiosos que veneraban a Fawcett como a una especie de dios. Creían que el explorador había accedido a una red de túneles subterráneos y descubierto que Z era, de entre todas las posibilidades, un portal a otra realidad. Aunque Brian Fawcett había ocultado los extraños textos que su padre había escrito hacia el final de su vida, aquellos místicos se habían fijado en las crípticas referencias que Fawcett había publicado en revistas como Occult Review en su búsqueda de «los tesoros del Mundo Invisible». Estos escritos, sumados a la desaparición de Fawcett y al fracaso de todos aquellos que con los años habían tratado de hallar sus restos, espolearon la idea de que, de algún modo, el explorador había desafiado las leyes de la física.

En 1968 apareció la secta Núcleo Mágico,1 fundada por un hombre llamado Udo Luckner, que se refería a sí mismo como Sumo Sacerdote de los Roncador. Llevaba un vestido largo y blanco y un sombrero cilíndrico con la Estrella de David. En la década de 1970, centenares de brasileños y europeos, entre ellos el sobrino nieto de Fawcett, ingresaron en masa en el Núcleo Mágico con la esperanza de encontrar el portal. Luckner construyó un recinto religioso al pie de las montañas Roncador, donde se prohibía a las familias comer carne y llevar alhajas. Luckner predijo el fin del mundo para 1982 y avisó a sus seguidores que estuvieran preparados para descender a las oquedades de la tierra. Pero el planeta permaneció intacto, y el Núcleo Mágico poco a poco se fue disolviendo.

Otros místicos siguieron acudiendo a las montañas Roncador en busca de ese Otro Mundo. Uno de ellos era un ejecutivo brasileño a quien Paolo y yo encontramos en la pequeña ciudad. Menudo, rechoncho y rondando la cincuentena, nos dijo que en un momento dado había empezado a «perder el sentido de mi vida», pero conoció a un vidente que le habló del espiritismo y del portal subterráneo. Dijo que se estaba sometiendo a un proceso de purificación, con la esperanza de descender algún día.

Sorprendentemente, no era el único que llevaba a cabo este tipo de preparación. En 2005, un explorador griego anunció en una página -la Gran Web de Percy Harrison Fawcett, que requiere un código secreto de acceso- que pensaba organizar una expedición para buscar «el mismo portal o la puerta de acceso a un Reino al que el coronel Fawcett había accedido en 1925». El grupo, que actualmente sigue formándose, incluirá a guías videntes y se anuncia como una «Expedición sin Retorno al Lugar Etéreo del Descreimiento». Promete a los participantes que dejarán de ser humanos para transformarse en «seres de otra dimensión, lo que significa que nunca moriremos, nunca enfermaremos, nunca envejeceremos». Del mismo modo que las zonas no cartografiadas del mundo iban desapareciendo, esta gente había elaborado un lugar onírico donde recluirse eternamente.

Antes de que Paolo y yo nos marcháramos, el ejecutivo nos advirtió:

– Jamás encontraréis Z mientras sigáis buscándola en este mundo.

Poco después de que Paolo y yo nos reuniéramos con los kalapalo, contemplé por primera vez la posibilidad de abandonar la búsqueda. Ambos estábamos cansados y acribillados por los mosquitos, y habíamos empezado a discutir. A mí me aquejaban también intensas molestias estomacales, probablemente provocadas por parásitos. Una mañana salí a hurtadillas del poblado kalapalo con el teléfono vía satélite que llevaba conmigo. Paolo me había advertido que lo mantuviese oculto ante los indígenas, de modo que me introduje en la selva con el aparato metido en una pequeña bolsa. Me escondí tras las hojas y las lianas, saqué el teléfono e intenté conseguir alguna señal. Tras varios intentos fallidos, finalmente pude llamar a casa.

– David… ¿Eres tú? -preguntó Kyra al descolgar.

– Sí, sí. Soy yo -contesté-. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Zachary?

– No te oigo bien. ¿Dónde estás?

Alcé la mirada hacia el dosel de árboles.

– En algún lugar del Xingu.

– ¿Estás bien?

– Un poco enfermo, pero sí, estoy bien. Te echo de menos.

– Zachary quiere decirte algo.

Instantes después oí balbucear a mi hijo.

– ¡Zachary! ¡Soy papá! -dije.

– Papi -dijo él.

– Sí, papi.

– Es la primera vez que te llama «papi» por teléfono -dijo mi mujer tras recuperar el auricular-. ¿Cuándo vuelves?

– Pronto.

– No está siendo fácil para nosotros.

– Lo sé. Lo siento. -Mientras hablaba, oí que alguien se acercaba-. Tengo que dejarte -dije, de pronto.

– ¿Qué ocurre?

– Viene alguien.

Antes de que mi mujer pudiera contestar, colgué el teléfono y lo guardé en la bolsa. En ese mismo instante apareció un indio, y lo seguí de vuelta al poblado. Aquella noche, tendido en la hamaca, pensé en lo que Brian Fawcett había dicho al respecto de su segunda esposa tras su expedición. «Yo era todo lo que ella tenía -observó-, y esta situación no tendría que haberse producido. La elegí deliberadamente (egoístamente), olvidando lo que podría significar para ella en mi ansia por seguir una idea hasta el final.»2