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En la cueva y en un asentamiento ribereño próximo, unos científicos han empezado a encontrar también enormes montículos de tierra hechos por el hombre, muchos de ellos conectados por pasos elevados sobre el Amazonas, en particular en las llanuras bolivianas que se inundan de forma anual. Allí, precisamente, fue donde Fawcett encontró por primera vez fragmentos de alfarería e informó que «donde hay alturas, es decir, tierra elevada sobre planicies […], hay artefactos». Clark Erickson, antropólogo de la Universidad de Pensilvania que ha estudiado estos terraplenes en Bolivia, me comentó que los montículos permitían a los indígenas seguir cultivando durante la época de lluvias para evitar el proceso de filtrado que arrastra los nutrientes del suelo y lo empobrece. Crearlos, afirmaba Erickson, requería un esfuerzo y una técnica extraordinarios: había que transportar toneladas de tierra, modificar el curso de ríos, excavar canales, interconectar carreteras y construir asentamientos. En muchos sentidos, dijo, los montículos «rivalizan con las pirámides egipcias».

Quizá más asombrosa es la evidencia de que los indígenas transformaron el paisaje incluso donde sí era un paraíso ilusorio, es decir, donde el suelo era demasiado yermo para alimentar a una población numerosa. Algunos científicos han desenterrado por toda la jungla grandes extensiones de tetra preta do Indio, o «tierra negra indígena»: tierra enriquecida con desechos orgánicos humanos y carbón de las hogueras, haciéndola excepcionalmente fértil. No está claro si la tierra negra indígena fue fruto accidental de la presencia humana o, como opinan algunos científicos, se debe a un proceso deliberado de «carbonización», que consiste en quemar la tierra muy despacio y de forma sistemática, como hacen los kapayó en el Xingu. En cualquier caso, muchas tribus amazónicas parecen haber explotado este suelo tan fértil para cultivar donde la agricultura se consideró en un tiempo inconcebible. Algunos científicos han excavado tanta tierra negra de antiguos asentamientos en el Amazonas que actualmente creen que la selva podría haber alimentado a millones de personas. Y, por primera vez, los eruditos están reconsiderando las crónicas de El Dorado que Fawcett utilizó de base para elaborar su teoría de Z. Tal como lo definió Roosevelt, lo que Carvajal describió no era, sin lugar a dudas, ningún «espejismo». 9 Muchos científicos admiten no haber encontrado pruebas del fantástico oro con el que habían soñado los conquistadores; pero el antropólogo Neil Whitehead afirma: «Con ciertas salvedades, El Dorado existió».10

Heckenberger me dijo que los científicos apenas estaban empezando a comprender este mundo ancestral, y, al igual que la teoría de quienes fueron los primeros pobladores de las Américas, todos los paradigmas tradicionales tenían que ser reconsiderados. En 2006 apareció una prueba de que, en ciertas regiones del Amazonas, los indígenas habían construido con piedra. Varios arqueólogos del Amapa Institute of Scientific and Technological Research encontraron enterrado, en la región septentrional del Amazonas brasileño, un observatorio astronómico con forma de torre construido con enormes rocas de granito; cada una de ellas pesaba varias toneladas, y algunas tenían una altura de casi tres metros. Las ruinas, cuya antigüedad se estima entre los quinientos y los dos mil años, han sido denominadas «el Stonehenge del Amazonas».

– Los antropólogos -dijo Heckenberger- cometieron el error de ir al Amazonas en el siglo xx, limitarse a ver tan solo pequeñas tribus para luego afirmar: «Bien, esto es todo lo que hay». El problema es que, en aquel entonces, muchas poblaciones indígenas habían desaparecido a consecuencia de lo que, en esencia, fue un holocausto provocado por la presencia de los europeos. Este es el motivo por el que los primeros europeos que pisaron el Amazonas describieron asentamientos inmensos que, tiempo después, nadie consiguió encontrar.

Mientras caminábamos de vuelta al poblado kuikuro, Heckenberger se detuvo al pie de la plaza y me pidió que la examinara con detenimiento. Dijo que la civilización que había construido los asentamientos gigantes prácticamente había sido aniquilada. Con todo, un reducido número de descendientes habían sobrevivido, y sin duda nos encontrábamos entre ellos. Durante un millar de años, dijo, los xinguanos habían conservado tradiciones artísticas y culturales de esta civilización avanzada y altamente estructurada. Comentó, por ejemplo, que el actual poblado kuikuro seguía estando organizado de este a oeste, y que sus senderos estaban dispuestos en ángulos rectos, aunque sus habitantes ya no supieran la razón de esa disposición. Heckenberger añadió que había mostrado a un ceramista local un fragmento de alfarería que había encontrado entre los restos arqueológicos. Se asemejaba tanto a la alfarería actual, con el exterior pintado y la arcilla rojiza, que el artesano insistió en que el fragmento pertenecía a una pieza elaborada en fechas recientes.

Mientras Paolo y yo nos encaminábamos hacia la casa del jefe, Heckenberger cogió una vasija de cerámica hecha recientemente y pasó una mano por el borde, que tenía muescas.

– Se producen al hervir la mandioca para eliminar las toxinas -explicó. Había detectado la misma característica en vasijas antiguas-. Eso significa que hace mil años las gentes de esta civilización seguían la misma dieta que ahora -explicó. Empezó a recorrer la casa, señalando paralelismos entre la civilización ancestral y sus remanentes actuales: las estatuas de arcilla, las paredes y el techo de paja, las hamacas de algodón-. Para ser del todo sincero, no creo que haya ningún lugar en el mundo, donde no existan documentos históricos escritos, en el que la continuidad cultural sea tan evidente como aquí -concluyó Heckenberger.

Varios músicos y bailarines daban la vuelta a la plaza, y Heckenberger dijo que en todos los rincones del poblado kuikuro «es posible ver el pasado en el presente». Empecé a imaginar a los flautistas y a los bailarines en una de las plazas ancestrales. Los imaginé viviendo en casas de dos plantas con forma de montículo, no desperdigadas sino en hileras infinitas, donde las mujeres tejían hamacas y cocinaban con harina de mandioca, y donde los chicos y las chicas adolescentes permanecían aislados mientras aprendían los rituales de sus ancestros. Imaginé a los bailarines y a los cantantes cruzando fosos y franqueando altas empalizadas, yendo de un poblado al siguiente por amplias avenidas, puentes y pasos elevados.

Los músicos se nos acercaban y Heckenberger dijo algo sobre las flautas, pero yo ya no podía oír su voz, sofocada por la música. Por un instante, vi aquel mundo desaparecido como si lo tuviera frente a mí: Z.

26. Nota sobre las fuentes

Pese a la enorme fama de Fawcett durante un tiempo, muchos detalles de su vida, como por ejemplo las causas de su muerte, siguen siendo un misterio. Hasta hace poco, la familia de Fawcett se negaba a hacer pública una gran parte de los documentos del explorador. Asimismo, el contenido de muchos de los diarios y de la correspondencia de sus colegas y acompañantes, como Raleigh Rimell, nunca han sido publicados.