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– Esperaba encontrarte aquí -le dijo, tímida. Señaló la quebrada, la estrecha franja de arena en la que le había suturado el pie-. Es un lugar tan tranquilo, tan hermoso… Pero si has venido para estar solo…

– No, por favor. -Chang le hizo una reverencia y alargó la mano, invitándola a quedarse-. Esto era un desierto antes de que llegaras.

Lydia le devolvió la reverencia.

– Es un honor.

La muchacha-zorro empezaba a comportarse a la manera china. La alegría que sintió al constatarlo le pilló por sorpresa.

Lydia se sentó sobre una roca plana, acarició su superficie gris, tibia de sol, y observó a una lagartija que se ocultaba velozmente en una grieta.

– Tengo que advertirte de algo, Chang An Lo. Por eso he venido.

– ¿Advertirme?

– Sí, estás en peligro.

El peso de la palabra le oprimió las costillas.

– ¿Qué peligro ves?

Chang se acuclilló en silencio, junto a la orilla, pero volvió la cabeza para poder seguir mirándola. La muchacha llevaba un vestido marrón claro que se confundía con la vegetación. Los ojos de Lydia se clavaron en los suyos.

– Un peligro que viene de la hermandad de la Serpiente Negra.

Chang mostró su enfado emitiendo un chasquido con la lengua.

– Gracias por avisarme. Ya sé que me amenazan. Pero ¿cómo has oído tú hablar de las serpientes negras?

Lydia le miró de soslayo y sonrió.

– Mantuve una conversación con dos hombres que llevaban serpientes negras tatuadas en el cuello. Me metieron en un coche a la fuerza y me preguntaron dónde estabas.

Aunque la muchacha trataba de quitarle hierro al asunto, a Chang le dio un vuelco el corazón, y hundió la mano en el agua para disimular su súbito temor. Debía controlar la ira, y no dejar que la ira lo controlara a él. La miró con sus ojos negros.

– Lydia Ivanova, escúchame bien. Debes mantenerte alejada del Barrio Chino. No te acerques nunca a sus calles, e incluso en tu asentamiento debes mantenerte alerta en todo momento. Las serpientes negras son de mordedura muy venenosa, y muy fuertes. Matan despacio, y cruelmente, y…

– No te preocupes. Me soltaron. Y no me parecieron tan duros.

Le sonrió, y los latidos de su corazón recobraron la cadencia. Lydia se pasó una mano por el pelo, como para ahuyentar aquellos recuerdos, y Chang sintió en las yemas de sus dedos el deseo de hablar de otras cosas.

– ¿Dónde vives, Chang An Lo?

Él negó con la cabeza.

– Es mejor que no lo sepas.

– Ah.

– Para ti es más seguro no saber nada de mí.

– ¿Ni siquiera en qué trabajas?

– No.

Lydia resopló para demostrar su enojo, hinchando los mofletes, como en ocasiones hacen los lagartos, y acto seguido ladeo cabeza y le dedicó una sonrisa seductora.

– ¿Piensas decirme al menos cuántos años tienes? No creo eso me perjudique, ¿verdad?

– No, claro que no. Tengo diecinueve.

La muchacha formulaba preguntas groseras, demasiado personales, pero él sabía que para ella no lo eran, y no se ofendió. Era su forma de ser. Era una fanqui, y esperar sutilezas de un diablo extranjero era como esperar que los sapos cantaran como las alondras.

– ¿Y tu familia? ¿Tienes hermanos, hermanas?

– Mi familia está muerta. Todos están muertos.

– Oh, Chang, lo siento.

Chang retiró las manos del agua y sacó una rana inmensa del barro.

– ¿Tienes hambre, Lydia Ivanova?

Encendió una hoguera. Asó la rana, así como dos peces pequeños de río, envueltos en hojas. Ella se comió su parte con buen apetito, delante de Chang, que convirtió cuatro ramas en palillos chinos, y pasó un rato divertido enseñándole a comer con ellos. Mientras lo hacía le tocaba los dedos, se los colocaba alrededor de los palillos. Las risas de Lydia cada vez que soltaba sin querer el pescado hacían que las ramas de los sauces susurraran sobre sus cabezas, e incluso Lo-Shen, la diosa del río, debió de detenerse a escuchar.

Lydia estaba tranquila, de un modo que él no había visto nunca en ella. Relajaba brazos y piernas, los ojos surgían de entre las sombras y abandonaban aquella expresión cauta que formaba parte de ella, tanto como sus cabellos incendiados. Y él sabía lo que aquello significaba: que se sentía segura. Lo bastante como para contarle el cuento de cuando tenía ocho años y se rompió el brazo tratando de reproducir las volteretas hacia atrás de un acróbata callejero. Una niña china le ató dos cañas de bambú a los lados para inmovilizarle el brazo hasta que llegara a casa. Su madre la regañó, pero tan pronto como estuvo curada, le pidió a una bailarina rusa que enseñara a su hija cómo se hacían las volteretas hacia atrás. Para demostrarle a Chang que lo había aprendido, Lydia Ivanova se puso en pie, dio un salto y ejecutó una voltereta que hizo que la falda le quedara por encima de la cabeza, algo de lo más indecoroso. Volvió a sentarse y le sonrió, traviesa. A él le encantaba aquella sonrisa. Chang se echó a reír y aplaudió.

– Eres la emperatriz de la Quebrada del Lagarto -dijo, inclinando la cabeza en señal de sumisión.

– Creía que a los comunistas no les gustaban las emperatrices -replicó ella, sin abandonar la sonrisa, y tendiéndose boca arriba sobre la arena, los pies descalzos acariciando el agua fresca.

A Chang le pareció que se burlaba de él, pero como no estaba del todo seguro, no dijo nada, y se contentó con contemplarla allí entre las sombras, con la punta de la lengua asomando entre los labios, como si saboreara la brisa fresca que nacía del agua. Tenía el cuerpo delgado, los pechos pequeños, y unos pies demasiado grandes para los gustos chinos. Era tan distinta a las mujeres que conocía… Tan extranjera, tan fiera, una criatura que rompía todas las reglas y que, a la vez, extrañamente, le proporcionaba una paz de espíritu que le hacía querer seguir en su compañía.

– Tengo que irme -dijo.

Ella ladeó la cabeza para mirarlo.

– ¿De verdad?

– Sí, debo asistir a un funeral.

Lydia abrió mucho sus ojos ambarinos.

– ¿Puedo ir contigo?

– Eso no es posible -respondió él, secamente.

La osadía de aquella muchacha era capaz de acabar con la paciencia de los mismísimos dioses.

Se situaron al final de la procesión. Las trompetas resonaban. Chang notaba que la muchacha-zorro estaba detrás de él, percibía su emoción al verse cada vez más cerca. Era pequeña y delgada, como una joven china, y las ropas que le había prestado -la túnica blanca, los pantalones holgados, las sandalias de fieltro, el sombrero cónico de paja- lograban que pasara desapercibida. Con todo, su presencia inquietaba a Chang.

¿Objetaría algo Yuesheng? ¿La aparición de una fanqui en su funeral proporcionaría poder a los malos espíritus que las trompetas y los címbalos ahuyentaban? «Oh, Yuesheng, amigo mío, ciertamente estoy endiablado.»

Incluso el cielo se había teñido de blanco, el color del luto, en señal de dolor por la pérdida de Yuesheng. El carruaje con el ataúd, a la cabeza de la procesión solemne, iba cubierto con telas de seda blanca, y tirado por cuatro hombres, vestidos del mismo color que de ese modo proclamaban su tristeza. Sacerdotes budistas, con sus túnicas color azafrán, hacían sonar los tambores mientras lanzaban pétalos a lo largo del tortuoso camino que conducía al templo. Chang sintió que la mejilla de la muchacha le rozaba el hombro, porque la multitud se apretujaba a su alrededor.

– El hombre de la túnica blanca, larga, y el ma-gua [4] -le susurró-, el que se postra en el suelo tras el ataúd, es el hermano de Yuesheng.

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[4] Especie de camisola que llega a la altura de la cadera, de maneas largas y anchas. (N. del T.)