Sabía que sufría; pero un halo de indiferencia rodeaba su dolor, de esa indiferencia que sigue a las enfermedades y a los golpes recibidos en la cabeza. Ningún dolor le habría sorprendido: en definitiva, la suerte había realizado contra él, aquella vez, un golpe mejor que los otros. La muerte no le asombraba: era igual que la vida. La única cosa que le inquietaba era pensar que detrás de aquella puerta había tenido tanto sufrimiento como sangre había ahora. Sin embargo, aquella vez, el destino había obrado maclass="underline" arrancándole todo cuanto poseía aún, le libertaba.
Volvió a entrar y cerró la puerta. A pesar de su desolación, de aquella sensación de bastonazo bajo la nuca y de aquellos hombros sin fuerza, no podía apartar de su atención el júbilo atroz, pesado, profundo, de la liberación. Con horror y satisfacción, la oía subir dentro de sí, como un río interior, y aproximarse; los cadáveres estaban allí; sus pies, que se adherían al suelo, estaban empapados en su sangre; nada podía ser más irrisorio que aquellos asesinatos -sobre todo, el del niño enfermo: éste le parecía aún más inocente que la muerta-; pero, ahora, ya no era impotente. Ahora, podía matar, él también. Le había sido revelado, de pronto, que la vida no era el único medio de contacto entre los seres; que no era, siquiera, el mejor; que los conocía, los amaba y los poseía más en la venganza que en la vida. Sintió, una vez más, adherirse sus suelas, y vaciló: los músculos no eran ayudados por el pensamiento. Pero una exaltación intensa sacudía su espíritu, la más poderosa que jamás había conocido; se abandonaba a aquella espantosa embriaguez con un entero consentimiento. «Se puede matar con amor. ¡Con amor, Dios mío!», repitió, golpeando en el mostrador con el puño, contra el universo quizá… Retiró inmediatamente la mano, con la garganta oprimida, en el límite de los sollozos; el mostrador también estaba ensangrentado. Miró la mancha, ya oscura, sobre su mano, que temblaba, sacudida como por un ataque de nervios: unas escamillas caían de ella. Reír, llorar, escapar a aquel pecho anudado, retorcido… Nada se movía, y la inmensa indiferencia del mundo se establecía con la luz inmóvil sobre los discos, sobre los muertos, sobre la sangre. La frase «Se arrancaban los miembros de los condenados con tenazas enrojecidas» subía y bajaba por su cerebro; no la conocía ya, desde que había salido de la escuela; pero presentía que significaba confusamente que debía partir, que debía arrancarse, él también.
Por fin, sin que supiese cómo, la marcha se hizo posible. Pudo salir, y comenzó a caminar con una euforia abrumada que ocultaba entre remolinos de un odio sin límites. A unos treinta metros, se detuvo. «He dejado la puerta abierta ante ellos.» Volvió sobre sus pasos. A medida que se aproximaba, sentía formársele los sollozos, anudársele más abajo de la garganta, en el pecho, y quedarse allí. Cerró los ojos y tiró de la puerta. La cerradura crujió: estaba cerrada. Reanudó su marcha. «Esto no ha terminado -gruñó mientras caminaba-. Empieza. Empieza…» Con los hombros hacia adelante, avanzaba, como un sirgador, hacia un país confuso, del cual sólo sabía que allí se mataba, llevando sobre sus hombros y en el cerebro el peso de todos sus muertos, que -¡por fin!- no le impedirían ya avanzar.
Con las manos temblorosas, castañeteándole los dientes, transportado por su terrible libertad, estuvo en diez minutos en la Permanencia. Era una casa de un solo piso. Detrás de las ventanas, habían sido colocados, sin duda, unos colchones: a pesar de la ausencia de persianas, no se veían los rectángulos luminosos en la niebla, sino sólo unas rayas verticales. La calma de la calle, casi una callejuela, era absoluta, y aquellas rayas luminosas adquirían la intensidad, a la vez mínima y aguda, de los puntos de ignición. Llamó. Se entreabrió la puerta: no le conocían. Detrás, cuatro militantes, con el máuser en la mano, le miraron al pasar. Como en las sociedades de insectos, el vasto corredor vivía con una vida de sentido confuso, pero de movimiento claro: todo procedía de la cueva; el piso estaba muerto. Aislados, los obreros instalaban en lo alto de la escalera una ametralladora que dominaba el corredor. No brillaba siquiera; pero llamaba la atención, como el tabernáculo en una iglesia. Unos estudiantes, y unos obreros corrían. Pasó por delante de las marañas de las alambradas (¿para qué podría servir aquello?); subió, rodeó la ametralladora y llegó al rellano. Katow salía de un despacho y le miró interrogativamente. Sin hablar, Hemmelrich extendió su mano ensangrentada.
– ¿Herido? Hay vendajes abajo. ¿El chico está oculto?
Hemmelrich no podía hablar. Mostraba obstinadamente su mano, con un aspecto idiota. «Es sangre», pensaba. Pero no podía decirlo.
– Tengo un cuchillo -dijo, por fin-. Dame un fusil.
– No hay muchos fusiles.
– Unas granadas.
Katow vacilaba.
– ¿Crees que tengo miedo, grandísimo idiota?
– Baja: granadas, hay en las cajas ¿Sabes dónde está Kyo?
– No lo he visto. He visto a Chen: está muerto.
– Ya lo sé.
Hemmelrich bajó. Con los brazos hundidos hasta los hombros, unos camaradas hurgaban en una caja abierta. La provisión, por tanto, tocaba a su fin. Los hombres, revueltos, se agitaban hacia la plena luz de las lámparas -no había tragaluces-, y el volumen de aquellos cuerpos abultados alrededor de la caja, encontrado después de las sombras que desfilaban bajo las bombillas veladas del corredor, le sorprendió, como si, ante la muerte, aquellos hombres tuviesen derecho, de pronto, a una vida más intensa que la de los demás. Se llenó los bolsillos y volvió a subir. Los otros, las sombras, habían terminado la instalación de la ametralladora y habían colocado las alambradas detrás de la puerta, un poco hacia atrás, para que pudiera abrirse: los campanillazos se repetían minuto a minuto. Miró por el ventanillo: la calle brumosa continuaba tranquila y vacía: los camaradas llegaban, informes en la niebla, como peces en el agua turbia, bajo la línea de sombra que proyectaban los tejados. Se volvía para ir en busca de Katow: a la vez, dos campanillazos precipitados, un disparo y el ruido de un ahogo; luego, la caída de un cuerpo.
– «¡Aquí están!» -gritaron, a la vez, varios guardianes de la puerta. El silencio cayó sobre el corredor, batido en sordina por las voces y por el ruido de las armas que subían desde la cueva. Los hombres llegaron a los puestos de combate.
Una y media
Clappique, cociendo su mentira, como otros su borrachera, avanzaba por el corredor de su hotel chino, donde los boys, adosados a una mesa redonda, debajo del cuadro de llamada, escupían granos de girasol alrededor de las salivaderas. Sabía que no dormiría. Abrió melancólicamente la puerta, arrojó su americana sobre el ejemplar familiar de los Cuentos de Hoffmann y se escanció whisky: solía ocurrir que el alcohol disipaba la angustia que algunas veces caía sobre él. Algo había cambiado en aquella habitación. Se esforzó por no pensar en ello: la ausencia inexplicable de ciertos objetos hubiera sido demasiado inquietante. Había conseguido escapar a casi todo aquello sobre lo que los hombres fundan su vida: amor, familia, trabajo; no al miedo. Éste surgía en él, como una conciencia aguda de su soledad; para rehuirlo, iba de ordinario al Black-Cat, el sitio más próximo, y se refugiaba en las que abren las piernas y el corazón, pensando en otra cosa. Era imposible, aquella noche; excedido, harto de mentira y de fraternidades provisionales… Se vio en el espejo, se acercó.
«Sin embargo, amigo mío -dijo al Clappique del espejo-, ¿para qué escapar, en el fondo? ¿Cuánto tiempo irá a durar todo eso aún? Has tenido una mujer: ¡bueno, bueno! Unas queridas, por el dinero; siempre podrás pensar en ello cuando tengas necesidad de unos fantasmas para burlarte de ti. ¡Ni una palabra! Tienes unos dones, como dicen, de fantasía y todas las cualidades necesarias para ser un parásito: siempre podrás ser ayuda de cámara en casa de Ferral, cuando la edad te haya conducido a la perfección. También existe la profesión de gentilhombre alcahuete, la policía y el suicidio. ¿Souteneur? [5] Todavía la manía de grandeza. Queda el suicidio, te digo. Pero tú no quieres morir. ¡Tú no quieres morir, marrano! Mira, en cambio, cómo tienes una de esas preciosas caras que tienen los muertos…»