Volvió a su coche, entró, dio un portazo y empezó con el papeleo. Las luces azules chispeaban en la oscuridad, que se iba disipando.
Cuando se le asentó la adrenalina, y se aburrió de esperar, Keith decidió aprovechar el tiempo. Llamó a Matthew Burns, que debía de tener el móvil en la mano, y le explicó dónde estaba y qué le pasaba en aquel momento. Le costó convencerle de que era una simple y rutinaria multa por exceso de velocidad. Superando la exagerada reacción de Matthew, convinieron en empezar a llamar de inmediato al bufete de Robbie Flak.
Finalmente regresó el policía. Keith firmó la multa, recuperó su documentación y se disculpó de nuevo. Al cabo de veintiocho minutos volvieron a la carretera. La presencia de Boyette había pasado inadvertida.
Capítulo18
En algún momento de su borroso pasado, Donté había sabido el número exacto de días que llevaba en la celda número 22F del corredor de la muerte de la Unidad Polunsky. Era un recuento practicado por la mayoría de los presos. Sin embargo, con el tiempo había perdido la cuenta, por la misma razón por la que había perdido por completo el interés en leer, escribir, hacer ejercicio, comer, cepillarse los dientes, afeitarse, ducharse, intentar comunicarse con los otros presos y obedecer a los guardias. Podía dormir, soñar, y en caso de necesidad usar el váter; aparte de eso, ni podía ni quería esforzarse mucho más.
– Ha llegado el gran día, Donté -dijo el celador al introducir en la celda la bandeja del desayuno: otra vez creps con salsa de manzana-. ¿Cómo estás?
– Bien -masculló él.
Hablaban por una estrecha rendija en la puerta metálica. El celador era Mouse, [7]un negro muy menudo, de los más amables. Se fue, dejando a Donté con la vista clavada en la comida (que no tocó). Volvió al cabo de una hora.
– Vamos, Donté, tienes que comer.
– No tengo hambre.
– ¿Y tu última comida? ¿Ya lo tienes pensado? El encargo tendrás que hacerlo dentro de un par de horas.
– ¿Qué hay de bueno? -preguntó Donté.
– No estoy muy seguro de que haya algo bueno como última comida, pero me han dicho que la mayoría comen como limas. Bistec, patatas, bagre, gambas, pizza… Todo lo que quieras.
– ¿Y fideos fríos y cuero hervido, como cualquier otro día?
– Lo que tú quieras, Donté. -Mouse se acercó unos centímetros más, bajó la voz y dijo-: Pensaré en ti, Donté, ¿me oyes?
– Gracias, Mouse.
– Te echaré de menos, Donté. Eres un buen tipo.
A Donté le hizo gracia la idea de que alguien fuese a echarlo de menos en el corredor de la muerte. No contestó. Mouse se fue.
Donté estuvo mucho tiempo sentado al borde de su catre, contemplando una caja de cartón que habían traído el día anterior. Dentro había dispuesto ordenadamente todas sus pertenencias: una docena de libros de bolsillo, que no leía desde hacía años, dos blocs, sobres, un diccionario, una Biblia, un calendario de 2007, una bolsa con cremallera donde guardaba su dinero (dieciocho dólares con cuarenta), dos latas de sardinas y un paquete de galletas saladas y ya rancias de la cantina, además de una radio que solo captaba una emisora cristiana de Livingston y otra de country de Huntsville. Cogió un bloc y un lápiz, y empezó a hacer cálculos. Tardó un poco, pero al final llegó a un total que le pareció bastante exacto.
Siete años, siete meses y tres días en la celda 22F: total, dos mil setecientos setenta y un días. Antes de eso había pasado unos cuatro meses en el antiguo corredor de la muerte de Ellis. Lo habían detenido el 22 de diciembre de 1998, y llevaba en la cárcel desde entonces.
Casi nueve años entre rejas. Era una eternidad, pero no un número impresionante. A cuatro puertas de distancia de su celda, Oliver Tyree, de sesenta y cuatro años, llevaba treinta y un años en el corredor de la muerte, sin fecha de ejecución en el calendario. Había varios veteranos que pasaban de los veinte, aunque la situación empezaba a cambiar: a los recién incorporados les esperaban otras reglas. Había plazos más rigurosos para las apelaciones. Para los condenados después de 1990, la espera media antes de la ejecución era de diez años, la más corta del país.
Durante sus primeros años en la 22F, Donté esperaba continuamente noticias de los tribunales, que al parecer iban a paso de tortuga. Después, nada: ni más peticiones que cursar, ni más jueces y magistrados que atacar por parte de Robbie. En retrospectiva, parecía que las apelaciones hubieran pasado volando. Se estiró en la cama y trató de dormir.
Cuentas los días, y ves pasar los años. Te dices que preferirías estar muerto, y te lo crees. Prefieres mirar a la muerte a los ojos, valientemente, y te dices que estás preparado porque lo que te espera al otro lado forzosamente tiene que ser mejor que envejecer en una jaula de dos por tres, sin nadie con quien hablar. En el mejor de los casos, te consideras medio muerto. Llevaos la otra mitad, por favor.
Has visto irse a docenas que no han vuelto, y aceptas que algún día vendrán a por ti. Tú no eres más que una rata en su laboratorio, un cuerpo desechable que usarán como prueba de que su experimento funciona. Ojo por ojo: hay que vengar todas las muertes. Si matas bastante, te convences de que matar es bueno.
Cuentas los días, hasta que ya no queda ninguno. En tu última mañana te preguntas si estás realmente preparado. Buscas coraje, pero el valor se diluye.
En realidad, cuando de verdad llega el final, nadie quiere morirse.
También era un gran día para Reeva, y para mostrar al mundo que sufría volvió a invitar a su casa, a la hora del desayuno, a los de Fordyce – ¡A por todas! Vestida con su más elegante traje pantalón, preparó huevos con beicon y se sentó a la mesa con Wallis y los dos hijos del matrimonio, Chad y Marie, ambos en la fase final de la adolescencia. A ninguno de los cuatro les hacía falta un desayuno abundante. Deberían haberse abstenido de comer, pero las cámaras estaban en marcha, y así, mientras comía, la familia charló sobre el incendio que había destruido su querida iglesia, y de cuyos rescoldos aún salía humo. Estaban atónitos y enfurecidos. Tenían la certeza de que había sido un incendio provocado. Aun así, lograron contenerse y no formular acusaciones contra nadie; eso para las cámaras, porque fuera de ellas estaban seguros de que el incendio lo habían provocado unos golfos negros. Reeva era miembro de la iglesia desde hacía más de cuarenta años. Allí se había casado con sus dos maridos, y allí habían sido bautizados Chad, Marie y Nicole. Wallis era diácono. Aquello era una tragedia. Poco a poco pasaron a temas más importantes. Todos estuvieron de acuerdo en que era un día triste, una ocasión triste; triste, pero muy necesaria. Llevaban casi nueve años esperando aquel día, para que a su familia le llegara finalmente la justicia, a su familia y a todo Slone, sí.
Sean Fordyce aún andaba liado con una ejecución complicada en Florida, pero había dejado claros sus planes: por la tarde llegaría en avión privado al aeropuerto de Hunstville, para hacerle a Reeva una entrevista rápida antes de que ella asistiese a la ejecución; y estaría presente, cómo no, cuando todo hubiera acabado.
En ausencia del presentador, el desayuno se alargaba. Fuera de cámara, un ayudante de producción incitaba a la familia con perlas como esta: «¿Creen que la inyección letal es demasiado humana?». Reeva respondió que sí, con toda seguridad.
Wallis se limitó a gruñir. Chad siguió masticando su beicon. Marie, tan parlanchina como su madre, dijo entre bocados que Drumm debería sufrir un dolor físico intenso mientras agonizaba, igual que Nicole.
– ¿Les parece que habría que hacer públicas las ejecuciones?