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– ¿Con quién estáis? ¡Con el rey Ricardo y los verdaderos comunes!

Martin vio que dos hombres trepaban al carro procesional y lo dirigían hacia el gentío. El caballo se encabrito, el vehículo volcó y santa Elena y su séquito acabaron en la calzada.

– Están totalmente desmandados -comentó Martin con un aprendiz que había salido para ver la refriega.

– Pues sí, están desmandados. Son salvajes, vagabundos. Carecen hasta de un guiñapo con el que taparse el culo. Tienen las bocas húmedas y las mangas raídas.

– No les quedan muchas fuerzas. Cederán a la paz del rey.

– ¿De qué rey? -El aprendiz celebró a carcajadas su propia pregunta-. Su hombre no acabará en la horca.

– ¿Janekin?

– Miles en persona lo ha rescatado. Si Janekin escribió esa carta es porque sabe leer.

Todo el que demostrase que era letrado podía solicitar fuero eclesiástico antes de que dictaran sentencia; le hacían leer un pasaje de la Biblia, popularmente conocido como «el versículo del cuello», y si su lectura era correcta no podían ahorcarlo.

– Pero si no escribió la carta… -Martin titubeó.

– En ese caso, no es culpable.

El estudiante de leyes se mantuvo a cierta distancia del alboroto cuando los hombres de la guardia marcharon en formación por King's Street, provistos de picas, armas y peroles con fuego; se lanzaron sobre los «salvajes» y no tardaron en dispersar a los reunidos. Muchos de los que provocaron los incidentes subieron a botes amarrados a orillas del Támesis precisamente para eso, y al anochecer todo estaba tranquilo.

* * *

A la mañana siguiente, Miles Vavasour visitó a William Exmewe en San Bartolomé; se reunieron en la sala capitular, donde la columna central de piedra, con forma de palmera, extendía sus hojas a lo largo de las nervaduras de piedra de la bóveda que cubría sus cabezas.

– Todo está alterado y del revés -comentó el abogado-. Es imposible detener la propagación del aire viciado. -Vavasour era propenso a la timar anxius, hija de la melancolía; tenía imaginación frondosa y veía numerosas imágenes de posibles daños. Precisamente por eso era un buen abogado: imaginaba toda clase de dificultades y las resolvía por adelantado. Sin embargo, cuando se referían a su vida se convertía en un inútil total-. Nos ha visto y adivinado nuestros propósitos.

– Sir Miles, haga el favor de detenerse y calmarse. -William Exmewe era cauteloso; como todos los que aman el poder, se mostraba precavido, observador y supeditaba sus sentimientos al asunto en cuestión-. ¿Quién nos ha visto?

– Gunter, el doctor en medicina. Nos vio entrar en la torre redonda. Conoce los cinco círculos. Conoce Dominus. ¡Hablará y nuestras cabezas rodarán!

– No pertenece a Dominus. ¿Cómo es posible entonces que conozca nuestros propósitos si no es uno de los nuestros?

– ¿Cómo quiere que lo sepa? El mundo da tantas vueltas que ya no sé qué pensar ni qué hacer.

Exmewe reflexionó. ¿El médico había establecido la conexión entre Dominus y los predestinados? ¿El magistrado había proporcionado al matasanos la lista de las cinco iglesias?

– Miles, cuénteme el resto de sus pensamientos.

– ¿Cómo dice?

– No lo ha dicho todo. Se ha guardado algo.

Como es obvio, no había querido revelar su debilidad en Turnmill Street.

– No tengo nada más que decir. En la medida que mi pobre ingenio me lo permite, he intentado transmitir lo que sucede.

Mientras hablaba miró para otro lado. Exmewe no le creyó y, a partir de ese momento, comenzó a pensar en que el abogado debía morir.

– Miles, escúcheme. Le explicaré lo que debe hacer. No se deje ver durante una temporada. Permanezca en silencio. Ya visitaré yo a ese Gunter.

– Da igual lo que podamos decir como amenaza. Ni todas las palabras del mundo…

– ¿Quién ha hablado de amenazas? Miles, preste mucha atención: Timar domini sanctus. El miedo de Dios es sagrado.

– William, me encantaría ocuparme de él, pero ese hombre tiene una mentalidad tan distinta que no hay por dónde atraparlo.

– Cálmese. Váyase en paz. Jamás revelaré su visita. Que Dios lo salve. -Exmewe observó a Miles Vavasour hasta que abandonó la sala capitular. Alzó la mirada hacia la bóveda palmeriforme, admiró su belleza y comentó en voz alta-: Amigo Vavasour, estoy seguro de que tu tiempo se acaba.

Capítulo XIX

El cuento del bulero

En la esquina de Wood Street y Cheapside crecía un roble antiguo conocido como «el árbol de Canuto». De sus ramas colgaban pequeños amuletos, tanto para aplacar al árbol como para bendecir a sus benefactores con el don de la ancianidad. Los pájaros londinenses lo adoraban y se apiñaban en sus ramas; allí estaban a salvo porque los niños no los apedreaban ni les tendían trampas para cazarlos, ni siquiera con los nudos corredizos de crines de caballo que solían preparar en medio de las nieves del invierno. Existía la creencia popular de que las aves trinaban en latín y en griego y de que sus cantos duraban lo mismo que se tarda en rezar un Ave María [19].

A pocas yardas del roble, se encontraba Umbald de Ardeme, bulero del hospital de San Antonio; también era conocido como cuestor o investigador público, aunque su función principal consistía en ofrecer bulas, perdones o indulgencias papales a cambio de dinero. La indulgencia era una reducción del castigo en los fuegos del purgatorio, razón por la cual resultaba muy apreciada. También llevaba encima reliquias para vender, así como frasquitos con agua bendita y curas para diversas dolencias; el bulero era el verdadero mercader de la Iglesia.

Pese a que hacía muchos años que no visitaba un santuario, siempre iba vestido de peregrino. Estaba bajo el árbol con un hábito de lana áspera, adornado con pequeñas cruces de madera; sobre la capucha se había puesto un gran sombrero redondo de fieltro, en cuya ala había atado frasquitos de agua bendita, conchas, insignias de plomo de diversos santos lugares y una representación en miniatura de las llaves de Roma. Aferraba un báculo con la puntera de hierro, en el que había enroscado un trozo de tela roja, y a un lado del cuerpo llevaba la bolsa y un cuenco. La bolsa contenía su «patente» para comerciar en la zona, así como un certificado del hospital de San Antonio que demostraba que estaba autorizado a trabajar en su nombre. En la capucha, había cosido varios cascabeles que repiquetearon cuando gritó en la esquina:

– Por los signos de mi sombrero podéis ver que conozco Roma, Jerusalén, Canterbury y Compostela. ¡Oh, Jerusalén! ¡Oh, Jerusalén! He visto el lugar donde Nuestro Señor fue azotado. Lo llaman «la sombra de Dios». A su lado hay cuatro columnas de piedra que siempre sueltan agua y algunos dicen que lloran la muerte de Nuestro Señor. En el sitio denominado Gólgota, apareció la cabeza de Adán después del diluvio de Noé, muestra de que hay que librarse de los pecados de Adán en el mismo lugar. He visto el sepulcro en el que José de Arimatea depositó el cuerpo de Nuestro Señor cuando lo bajó de la Cruz. Los hombres dicen que es el centro del mundo. Cerca se encuentra un manantial que procede del río del Paraíso. ¡Oh, Jerusalén! ¡Los que no pueden llorar que aprendan de mí! Nuestro mundo está por fin en su último final, así como en su época postrera.

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[19] Ver anexo 17 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.