Выбрать главу

– Hablas desde un lugar oscuro.

– En Londres habrá cinco incendios y cinco muertes.

Clarice, que seguía de rodillas, comenzó a cantar:

Cuando llegó al pasillo de Santa María,

donde las monjas solían orar,

las vísperas ya estaban cantadas, el santuario

había desaparecido

y las hermanas la vida habían perdido [2].

Ante la súplica sincera de la señora Agnes, Robert Braybroke, obispo de Londres, mandó llamar a Clarice a su palacio de Aldermanbury. Robert era un clérigo que se había enriquecido gracias a los beneficios eclesiásticos, un hombre robusto y de buen color que tenía fama por sus arrebatos súbitos de ira y violencia. Hizo esperar a la monja en una pequeña cámara de piedra contigua al gran salón y, después de mucho rato, la condujeron a su presencia. El obispo sumergió los dedos en un cuenco con agua de rosas.

– Aquí está la pequeña monja que alumbra grandes palabras. Oh, ma dame, il faut initier le peuple aux mystères de Dieu. ¿Es ésa tu canción? Podéis retiraros.

Los dos canónigos que la habían acompañado abandonaron rápidamente la estancia. Permanecieron en el pasillo, pegados a la puerta, pero no oyeron lo que decían… aunque en determinado momento les llegaron risas.

Cuando terminó la audiencia, Robert Braybroke salió con la monja cogida del cuello.

– La niña que sabe espera -afirmó.

– La niña que sabe conoce a su padre -replicó con sorna la monja.

– Clarice, recuerda que ahora yo soy tu padre.

Capítulo II

El cuento del fraile

Una semana después de la audiencia de sor Clarice con Robert Braybroke, el obispo de Londres, dos figuras deambulaban por el claustro de San Bartolomé el Grande, la iglesia del priorato de Smithfield, en una mañana tempestuosa. Sostenían una conversación seria y caminaban deprisa de una columna a otra. Una de las figuras vestía la capucha y el hábito negros de los monjes agustinos, y la otra llevaba una prenda suelta de cuero remendado, en la que había atado una lezna y un serrucho como símbolos de su oficio. Una tercera figura los seguía, un hombre más joven que caminaba con la cabeza inclinada. Cualquier observador se habría sorprendido al verlo tras los dos primeros, que al parecer no le hacían caso. El joven respondía al nombre de Hamo Fulberd.

Hamo escuchaba atentamente la conversación.

– Debemos actuar -dijo el fraile.

– ¿Para qué darse tanta prisa con tanto calor? -quiso saber el carpintero-. La monja hace nuestro trabajo.

– Es verdad. Inflama la ciudad. -El fraile guardó silencio unos instantes-. El incienso del fuego es dulce. Marrow, debemos actuar. Ya sabe lo que debe hacer.

El aguacero descargaba con fuerza sobre el claustro, y un relámpago súbito iluminó el cielo oscuro. Hamo miró instintivamente el techo abovedado, cuyas nervaduras y arcos sustentaban el peso de la piedra. El aire húmedo olía a tiempo olvidado, rancio e indignado por su destronamiento. El muchacho tuvo la sensación de que el fraile y el carpintero estaban encerrados y santificados en la piedra, de que sobre sus cabezas se extendían infinitas eras de piedra y que por debajo sólo encontrarían la salida con voces asordinadas y gestos cansinos. Estaban agazapados bajo la piedra, si bien podrían haber estado arrodillados con actitud de adoración [3]. La piedra se elevaba, desafiando la lluvia y el viento, y sellaba la tierra y el cielo con un acto de beatitud. ¿Qué importancia tenían las palabras de las dos figuras? Hamo pensó que no deseaba contemplar la hierba ni las flores: sólo quería ver la piedra. Era su morada. Deseaba convertirse en piedra. Si intentaban burlarse o reírse de él los miraría con expresión pétrea.

– Marrow, ya le he dicho todo lo que se refiere a los cinco círculos de la liberación. -Mientras hablaba, el fraile, William Exmewe, se descubrió la cabeza; su melena pelirroja, ahora tonsurada, había sido espesa y abundante-. Hay cinco caminos y cinco períodos en cada camino.

– Turnagain Lane.

– En la ciudad de Dios. Cinco sentidos. Cinco heridas.

Caminaron un rato en silencio por los laterales del patio; en el centro había un conducto del que manaba el agua del priorato y sobre la cubierta metálica habían colocado una imagen de san Crisóstomo a modo de bendición eterna.

– Hay cinco letras en el nombre de Jesús. Es el nudo infinito.

El carpintero, Richard Marrow, no respondió. Parecía que tenía miedo de hablar o quizá no estaba dispuesto a hacerlo. Daba la impresión de que había calculado cuantas palabras necesitaría en esta vida y estaba empeñado en no superar dicha cantidad. Era alto y poseía la decidida esbeltez de los ascetas. El fraile señaló la luz que, por enésima vez, había llevado sombras y brillos al claustro.

– Como puede ver, ahora Dios nos ha insuflado su aliento. Sigue aquí.

La tormenta cesó tan bruscamente como había comenzado, y Hamo experimentó el deseo abrumador de caminar hasta Smithfield. Se había criado en el priorato. Lo habían abandonado en Cock Lane, a pocas yardas de ese lugar, y supusieron que era el hijo desechado por una de las prostitutas que ejercían su oficio en esa calle estrecha. Lo habían dejado en la verja de San Bartolomé, donde lo encontró el viejo portero que cuidaba de los caballos; a partir de ese día, no conoció más existencia que la de los frailes. Descubrieron que era hábil con las manos, y en el escritorio recibió instrucción como iluminador. Preparaba las tintas y las pinturas y alisaba los pergaminos sobre los que trazaba líneas con la regla y el carboncillo. Aprendió a preparar colores como el negro, el rojo, el blanco y el amarillo. Posteriormente, le enseñaron el arte de dibujar contornos con un pincel de pelo de ardilla y a enlucir las paredes de la iglesia a fin de prepararlas para los murales; las cubría con masilla de cal humedecida para que retuviese mejor los colores. Al principio había trabajado en los dibujos más pequeños de los murales, que los frailes llamaban Biblia pauperum o Biblia del pobre. En el presbiterio, por ejemplo, había dibujado el contorno de Longinus traspasando con la lanza el cuerpo de Jesucristo crucificado. La zurda de Longinus apuntaba hacia su rostro, como muestra de que había recobrado milagrosamente la vista. Con el transcurso de los años, Hamo había aprendido los secretos de su arte. La palma abierta significaba sentido común y el dedo en alto o señalando era muestra de condenación. El dedo curvo simbolizaba el habla, mientras que las manos levantadas representaban discusión o exposición. Las manos y los brazos extendidos se interpretaban como asombro o adoración. Las piernas cruzadas eran señal de afectación, razón por la cual, en los misterios, interpretaban a Herodes en esa posición. El alma siempre se representaba como una figura pequeña y desnuda, en ocasiones con corona o mitra. Hamo pintó esas representaciones con ocre rojo y amarillo, blanco de cal, negro de carbón, verde y azul de ultramar.

вернуться

[2] Ver anexo 2 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.

вернуться

[3] Ver anexo 3 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.