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Viajaron hacia el sur, atravesaron Smithfield, cruzaron Little Britain y bajaron por Saint Martin; de niña, Bridget había recorrido esas calles con Beldame Patience [24], su niñera y acompañante, y su actividad incesante siempre la había tranquilizado. Conocía cada tienda y casuca, cada tenderete y casa de vecindad, pero siempre se sorprendía ante la incesante vida de la ciudad. Después la habían obligado a ingresar en el convento.

– No es necesario que digas nada -explicaba Clarice-. Lo que veas lo guardarás en tu corazón para la plenitud de los tiempos.

Se aproximaban a la vera del río y el carro se detuvo junto a la torre redonda de piedra romana.

Dos criados con antorchas salieron del gran porche a su encuentro, y Clarice abrió la comitiva para entrar en la torre. Bridget reparó en tres hombres de atuendo suntuoso que aguardaban en un pasillo y vio azorada que rendían acatamiento a la monja. La siguieron por la escalera de caracol, de piedra, y descendieron hasta una gran sala abovedada en la que aguardaban otros. Bridget reconoció a Robert Braybroke, el obispo de Londres, que pocas semanas antes había encarcelado a Clarice. ¿Aquél no era el arzobispo? Se cubrían con capas de paño azul a rayas. ¿Por qué se reunían en ese sitio la noche de la coronación?

Sor Clarice permaneció de pie en medio de los hombres y se dirigió a ellos:

– Ya conocéis mi nombre. Ha sucedido lo que deseábamos. Exmewe ha sido expulsado y no hablará. Conspiró con herejes y el viento se lo ha llevado. Los predestinados han sido dispersados y de ellos no se sabrá nada más, pero han dejado una agradable herencia. El nuevo monarca no es un santo. Se trata de un usurpador. Dios está con nosotros y ahora, con nuestra mediación, guiará los destinos de este reino.

– El rey Enrique sostendrá que… -comenzó a decir el obispo.

– Hay muchos hombres que empiezan a hablar con una mujer y no pueden terminar la frase [25]. No. Ahora nosotros somos los santos. Estamos verdaderamente ungidos. Gobernaremos desde detrás del trono. Sed de buen corazón. Dominus asciende [26].

Capítulo XXIII

El cuento del autor

1. En tiempos de Agnes de Mordaunt, los ciudadanos de Londres insistían en celebrar en la ciudad tres días de misterios, en los que representaban la historia sagrada del mundo, desde la Creación hasta el día del Juicio Final.

2. No quedan restos ni monumentos conmemorativos del convento de Clerkenwell, salvo la taberna Three Kings, que se alza en el antiguo emplazamiento del albergue. Por otro lado, los túneles subterráneos aún resultan visibles en el sótano de la Marx Memorial Library, en el 37a de Clerkenwell Green.

3. Se decía que, en cierta ocasión, la Virgen se le apareció en el claustro a William Rahere, fundador del priorato, si bien por insistencia suya no se erigió una imagen ni un altar; aunque las palabras que la Virgen le dirigió no están registradas, más adelante Rahere se refirió a la zarza ardiendo con llamaradas rojas.

4. Los londinenses estaban acostumbrados al olor de las heces y todavía existían sectores de la ciudad que rehuían por miedo al contagio… mejor dicho, todos los rehuían, salvo los olisqueadores, los tullidos y los rastrilladores que recogían el estiércol a fin de esparcirlo por los campos extramuros.

5. En el emplazamiento del patio y la letrina en la que el espíritu de Radulf abandonó su cuerpo canturreando, actualmente se alzan el bar y la cafetería del Saint John's Restaurant.

6. Incluso en nuestros días, piensan que ese tramo de Camomile Street recibe la visita de aparecidos.

7. Los historiadores modernos consideran que, en algunos aspectos, las convicciones explícitas de los lolardos están próximas a las de los predestinados o «conocedores de antemano»; sin embargo, los lolardos carecían de las tendencias apocalípticas y mesiánicas de la otra secta, mucho más reducida.

8. En un sermón redactado en ese período y recopilado en Sermones Londonii (Londres, 1864), Swinderby despotrica contra «los hombres vulgarmente conocidos como lolardos, que desde hace mucho tiempo trabajan a favor de la subversión de la religión católica y la Santa Iglesia, de la disminución del culto público, de la destrucción del reino y de muchas otras atrocidades».

9. En 1378, algunos cardenales invalidaron la elección del papa Urbano VI, después de lo cual el nuevo pontífice excomulgó a los demandantes. Los cardenales disidentes se aislaron en Aviñón, donde escogieron a uno de los suyos como «papa auténtico». Así se inició el cisma que dio por resultado dos pontífices, el de Roma y el de Aviñón; se formaron dos grupos de cardenales y, en algunos monasterios, hubo dos abades con lealtades contrapuestas. El cisma se mantuvo por envidias personales y ambiciones políticas, aunque también debido a la corrupción eclesiástica y a las rivalidades nacionales. Los papas de Aviñón contaron con el apoyo de Francia y sus aliados, Escocia y Nápoles; los pontífices de Roma fueron respaldados por Alemania, Flandes, Italia e Inglaterra, aunque con menor entusiasmo.

10. Un siglo antes, habían pedido al artista conocido simplemente como «Pedro el Pintor» que delineara «las sencillas figuras de la danza de la muerte», con las que consiguió impresionar y aterrorizar a varias generaciones de londinenses.

11. Las Dieciocho Conclusiones se han hallado en un manuscrito que actualmente se conserva en la British Library con la siguiente referencia: Add. 14.3405. El doctor Skinner las ha transcrito de la siguiente forma:

Ítem: las iglesias son guaridas y moradas de demonios; son lugares de pecado y pretextos para pecar.

Ítem: el papa es el padre Anticristo y su cabeza, los prelados son sus miembros y los frailes, la cola.

Ítem: el hombre más sagrado del mundo es el papa auténtico.

Ítem: el lugar no santifica al hombre, el hombre santifica al lugar.

Ítem: el necesitado es la imagen de Dios, con una semejanza más perfecta que la de la madera o la piedra.

Ítem: no hay que confesarse con un sacerdote, ya que no existe clérigo con capacidad de absolver a un pecador.

Ítem: es lícito que los sacerdotes tomen esposas y que las monjas tomen maridos, dado que el amor es más recomendable que la castidad.

Ítem: tras las palabras sacramentales pronunciadas por el sacerdote en el altar, queda una torta de pan material que el ratón puede mordisquear.

Ítem: el agua santificada por un sacerdote surte el mismo efecto que la del río o la de pozo, ya que Dios bendijo Toda la Creación.

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[24] Literalmente, Bella Dama Paciencia. (N. de la T.)

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[25] Ver anexo 20 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.

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[26] Ver anexo 21 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.