Todos lo conocían como Hamo el Simple o Hamo el Callado. Participaba por costumbre en los rituales de la comunidad y no tenía la menor convicción. Consideraba que no tenía nada que ver con la vida cotidiana de los frailes ni con su ferviente fe. Desde la más tierna infancia, había sido un exiliado espontáneo. Si padecía penas o temores no se paraba a pensar en ello. Así era el mundo. Algunos lo habrían compadecido, pero Hamo no se sentía desgraciado. Conocía la soledad. Estaba habituado a la resistencia prolongada. De haber experimentado sentimientos intensos los habría descartado, ya que no tenía con quien compartirlos. A lo largo de los años, se había apegado a William Exmewe. Había empezado a seguir al joven fraile a cierta distancia y se mantenía fuera de su vista, pero Exmewe había reparado en su presencia. Una tarde, mientras salía del refectorio, llamó a Hamo, que lo estaba esperando en una esquina del edificio.
– ¿Qué haces? ¿Sigues al jefe? -Hamo miró en silencio y atentamente al religioso-. ¿Cómo te llamas? -Estaba claro que Exmewe conocía su nombre, pero se había empeñado en hacerlo hablar. Lo cogió de los hombros y lo sacudió con intensidad-. ¿No tienes lengua o no sabes usarla? Por casualidad, ¿eres Hamo Fulberd? -El muchacho asintió-. Fulberd y, por lo que veo, imberbe [4]. -El chico se obstinaba en su silencio-. Eres como la madera. Dios no permita que te hayan tallado a partir de un árbol malvado. -Es posible que en ese momento, Exmewe recordase las circunstancias de la adopción de Hamo y cediera-. De acuerdo, Fulberd, a partir de ahora camina a la vista, por donde yo pueda verte.
Así fue como Hamo permaneció en compañía de Exmewe. Los demás frailes analizaron su temperamento y la combinación exacta de sus humores. Algunos llegaron a la conclusión de que era melancólico y, por consiguiente, lento y reflexivo, mientras que otros consideraron que poseía el patetismo virtuoso y tristón de los flemáticos. Fue imposible deducir la relación entre ambos aunque, de una manera poco clara, Hamo Fulberd encontró un padre.
En cuanto dejó de llover, Exmewe abrió el portillo del priorato y entró en Smithfield; el carpintero y el joven Hamo le seguían. Aunque no era día de mercado, la plaza estaba animada por caballos, carretas y carros de todas las clases imaginables; los cerdos hozaban entre las basuras y, como si estuvieran de luto por Londres, los milanos negros deambulaban entre los huesos desechados. Estaban rodeados por el nombre de Dios («Dios te salve», «La rapidez de Dios», «Que Dios te conceda su gracia»), mascullado en voz baja y por casualidad o gritado a modo de saludo, como el susurro de la benevolencia del mundo divino.
El olor de los animales sacrificados, que procedía del matadero, se mezcló con aromas humanos cuando pasaron frente a la Broken Seld, la Bell on the Hoop, la Saresinshed y la Cardinal's Hat.
– Está lleno de sacerdotes -comentó Exmewe al tiempo que echaba un vistazo al sótano de la Hat-. Transubstancian el vino en nada. -Encima de la puerta de la planta baja de la hostería, colgaba un letrero de bienvenida vividamente pintado en un panel de madera; representaba la imagen de un hombre que se metía en la cama en la que ya dormía alguien más-. Dicen que marzo es el mes de los entierros. Tanto con éstos que van constantemente a Roma en busca de ventajas espirituales y económicas como con los traficantes de beneficios yo sería capaz de llenar un camposanto.
– Son las cuentas del rosario de Satanás. -Richard Marrow conocía la letanía del desdén.
– Son los parientes de Caín. Los hijos de Judas cantan el devocionario del infierno.
En ese preciso momento, estalló una pelea y se oyeron gritos de «¡Estragos!» y «¡Cabezas! ¡Que rueden cabezas!». A los gritos se sumaron los sonidos de los animales que se encontraban en el patio embarrado contiguo a la taberna; estaban atados y contenidos por juramentos y golpes. Hamo no soportaba las protestas de los caballos y las vacas que recibían latigazos y eran azotados y aporreados. Según su mejor entender, quebraban el sentido del orden. Habría preferido desnudarse y caminar hasta el centro de Smithfield como expiación. Se tapó las orejas con las manos y dejó escapar un gemido largo e insistente. Todos los males de este mundo parecieron apoderarse de él.
Exmewe le golpeó la cabeza.
– Puedes estar seguro de que nos fastidiarás.
En modo alguno Exmewe quería llamar la atención sobre sí mismo. Los condujo rápidamente hacia Duck Lane, calle estrecha, aislada y pavimentada con adoquines y conchas de ostras, con una hilera de arcadas abiertas del lado oeste; en la parte inferior de cada arco había un banco, profusamente cubierto de paños y tapices de diversos colores. Richard Marrow contempló con desagrado las texturas y los tonos suntuosos.
– Cuando el fuego se avive, todo esto se convertirá en cenizas azules -comentó a Exmewe.
– Tenga buen corazón. Es el velo.
En sus tiempos de aprendiz, Marrow había quedado poderosamente impresionado al enterarse de que Jesucristo había sido carpintero; era naturalmente piadoso y, tras aprender el abecé en la escuela gratuita de la abadesa local, asimiló las migajas de lengua inglesa a las que pudo acceder. Era un hombre reflexivo, poco dado a hablar, aunque con William Exmewe conversaba sobre cuestiones espirituales. Se habían conocido mientras Marrow reparaba dos mesas laterales del refectorio de San Bartolomé, donde Exmewe había sido cocinero antes de que lo eligiesen subprior, y no tardaron en ponerse de acuerdo sobre la naturaleza del ejemplo de Jesucristo.
Salieron de Duck Lane cerca de Aldersgate, puerta en la que la cuneta se utilizaba como retrete. Iba contra la ley y las costumbres de la ciudad, que imponía severas reglas de limpieza a sus ciudadanos aunque, según las palabras del alcalde, el orfebre Drew Barrantyne, «la naturaleza humana se abre paso en medio de la mugre y la locura». La frase se repitió de calle en calle hasta convertirse en un refrán popular. A la larga, pasó a formar parte de una de las «canciones londinenses», de las que durante varios días o semanas poblaban el aire y luego desaparecían. Entre la cuneta y el muro habían levantado varias tiendas y moradas de madera y colocado planchas como puente para acceder a ellas. Exmewe señaló un pequeño cobertizo pintado de verde Nápoles.
– Lo encontrará allí. Allí es donde estará su fuego. Llévelo al oratorio. Está algo más lejos, en Saint John's Street.
Al final del Aldersgate, delante de la puerta propiamente dicha, un ciego y una ciega esgrimían varitas delgadas de sauce, de color blanco, y cantaban al unísono:
– ¡Ora! ¡Ora! ¡Ora! ¡Pro nobis!
Exmewe observaba con atención a Marrow.
– ¿Por qué no dice nada? -De repente se encolerizó-. ¿Vacila ante este elevado propósito? Escuche, Marrow, nuestra obra será infernalmente ardua. ¿Lo sabe? ¿Lo sabe o no?
Franquearon la puerta en silencio y entraron en la ciudad. Estaban en la calle llamada de Saint Martin, con una hilera de casas de cuatro plantas a cada lado. Más adelante, alguien preparaba un guiso en un caldero colocado sobre un cuenco lleno de carbón y una anciana lo desgrasaba con una cuchara agujereada. Un sacamuelas que llevaba sobre los hombros una guirnalda de dientes pasó junto a ellos y volvió la vista atrás con expresión de deleite, al tiempo que deambulaba entre los puestos desbordados de grandes pilas de ajos, trigo, queso y aves de corral. Las últimas lluvias habían logrado que la calle apestase a verduras viejas y a orina. Exmewe seguía dominado por esa ira misteriosa e inesperada. Tal vez se trataba de la insondable cólera de Dios.