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Digno es de escribirse aún algo más: en cuanto a lo que al mismo Menno Coehoorn le sucediera en lo de Brenna, nadie lo sabe. Unos dicen: murió y su cuerpo enterrado fue sin conocerlo en fosa común. Otros dicen: salió con vida, mas temiendo del emperador su ira, no volvió a Nilfgaard, sino que se escondió en Brokilón, entre dríadas y allá hiciérase ermitaño, dejándose crecer la barba hasta la misma tierra. Y allá también, entre los sus remordimientos, murió. Ronda, sin embargo, entre las gentes sencillas cierta leyenda, que dice que el mariscal volvía por las noches a los campos de Brenna y andaba entre los túmulos, gritando: «¡Devolvedme mis legiones!», y al final se colgó de un olivo en la cumbre desde entonces llamada de las Horcas. Y por las noches se puede el fantasma encontrar del famoso mariscal entre otros espectros corrientemente visitantes de los campos de batalla.

– ¡Abuelito Jarre! ¡Abuelito Jarre!

Jarre alzó la cabeza de entre los papeles, se colocó las gafas que le resbalaban por la nariz.

– ¡Abuelito Jarre! -gritó en los registros más agudos su nieta más pequeña, una niña resuelta y lista de seis años, la cual, gracias a los dioses, había salido más a la madre, hija de Jarre, que al berzotas de su yerno.

– ¡Abuelito Jarre! ¡Abuela Lucienne me dijo que te dijera ya basta por hoy de escribir chuminadas y que la cena está en la mesa!

Jarre colocó cuidadosamente las resmas de papel y puso el corcho al tintero. El muñón de su mano latía con dolor. Cambio de tiempo, pensó. Va a llover.

– |Abuelito Jaaarreee! -Ya voy, Ciri. Ya voy.

*****

Antes de que se terminara con los últimos heridos era ya mucho más de la medianoche. Las últimas operaciones se realizaron ya con iluminación: normal, de lámparas, y luego también mágica. Marti Sodergren volvió en sí tras superar su crisis y, aunque pálida como la muerte, rígida e innatural en sus movimientos como un golem, realizaba hechizos de forma eficaz y efectiva.

Era noche cerrada cuando salieron de la tienda, los cuatro se sentaron apoyados en la lona. La pradera estaba llena de fuegos. Diversos fuegos: los fuegos inmóviles de los acampados, los fuegos inestables de las teas y antorchas. En la noche resonaban cantos lejanos, peleas, griteríos, vivas.

La noche alrededor estaba repleta también con los gritos y jadeos entrecortados de los heridos. Con los ruegos y suspiros de los moribundos. Ellos no los oían. Se habían acostumbrado a los sonidos del dolor y la muerte, aquellos ruidos eran para ellos normales, naturales, formaban parte de la noche como el croar de las ranas en los humedales del río Cautela, como el sonido de las cigarras en las acacias del estanque Dorado.

Marti Sodergren callaba líricamente, apoyada en el hombro del mediano. Iola y Shani, abrazadas, apretadas, emitían de vez en cuando una risa queda, completamente estúpida. En cuanto que se sentaron junto a la tienda, bebieron cada uno un vaso de vodka y Marti los alegró a todos con un último hechizo: un encantamiento embriagador, usado por lo común para la extracción de muelas.

Rusty se sintió engañado con el tratamiento: la bebida unida a la magia, en lugar de relajarle, le atontaron, en lugar de reducir su cansancio, lo acrecentaron. En lugar de concederle el olvido, le hicieron recordar. Parece, pensó, que sólo a Iola y Shani les afecta el alcohol y la magia tal y como es debido.

Se giró, y a la luz de la luna vio en los rostros de las dos muchachas las huellas brillantes y plateadas de las lágrimas.

– Me pregunto -dijo, lamiéndose los labios secos e insensibles- quién habrá ganado la batalla. ¿Lo sabe alguien?

Marti volvió el rostro hacia él, pero seguía callando líricamente. Las chicharras cantaban entre las acacias, los sauces y los alisos del estanque Dorado, las ranas croaban. Los heridos gemían, rogaban, suspiraban. Y morían. Shani y Iola reían entre lágrimas.

*****

Marti Sodergren murió dos semanas después de la batalla. Tuvo un lío con un oficial de la Compañía Libre de condotieros. Ella trató aquella aventura como algo pasajero. Al contrario que el oficial. Cuando Marti, a la que le gustaban los cambios, se lió con un oficial de caballería, el condotiero, loco de celos, le clavó un cuchillo. Le colgaron por ello, pero no se consiguió salvar a la enfermera.

Rusty y Iola murieron al año de la batalla, en Maribor, durante la mayor explosión de una epidemia de fiebre hemorrágica, también llamada Muerte Roja o -por el nombre del barco que la trajo- Plaga del Catñona. Huyeron por entonces de Maribor todos los médicos y la mayor parte de los sacerdotes. Rusty y Iola se quedaron, se entiende. Curaban, porque eran médicos. El que para la Muerte Roja no hubiera medicina no significaba nada para ellos. Los dos se contagiaron. Él murió en sus brazos, en el abrazo poderoso, confiado, de sus manos grandes, feas, aldeanas. Ella murió cuatro días después. Sola.

Shani murió setenta y dos años después de la batalla. Como decana emérita de la cátedra de medicina de la universidad de Oxenfurt. Generaciones enteras de futuros cirujanos repetían su famosa broma: «Cose lo rojo con lo rojo, lo amarillo con lo amarillo, lo blanco con lo blanco. Seguro que saldrá bien».

Pocos eran los que advertían que, después de contar esta fabulilla, la señora decana siempre tenía que secarse a escondidas las lágrimas.

Pocos.

*****

Las ranas croaban, las chicharras cantaban entre los juncos del estanque Dorado. Shani y Iola reían histéricamente entre lágrimas.

– Me pregunto -repitió Milo Vanderbreck, mediano, médico de campo, conocido como Rusty-. Me pregunto, ¿quién habrá vencido?

– Rusty -dijo Marti Sodergren con voz lírica-. Créeme, ésta es la última cosa de la que me preocuparía si estuviera en tu lugar.

Capítulo 9

De las llamitas, algunas altas y poderosas eran, vivamente brillaban y con claridad, otras por su parte eran pequeñas, vacilantes y temblorosas, y oscurecíase su luz y amortiguábase a trechos. En el mismo final había una llamita pequeña y tan débil que apenas ardía, apenas se removía, ora brillando con gran esfuerzo, ora casi, casi apagándose del todo.