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Todos los hombres de la alta sociedad de Londres no podrían estar tan ciegos. ¿Ella se había ocultado por alguna razón? ¿O era su carácter dominante, su mordaz confianza en sí misma, su propensión para tomar el mando, lo que resultó demasiado desafiante?

Él se daba perfectamente cuenta de sus rasgos menos admirables, pero por alguna razón insondable, esa parte de él que ella, y sólo ella, había tentado, insistía en verlos, no como algo tan suave como un desafío, más bien, como una declaración de guerra. Como si ella fuera una adversaria desafiándole abiertamente. Todo un disparate, lo sabía, pero la convicción era profunda.

Eso, en parte, había dictado su última táctica. Había accedido a su petición de acompañarle a Somerset House; se lo habría sugerido si ella no lo hubiera hecho, allí no habría peligro.

Mientras estuviera con él, estaba a salvo; fuera de su vista, dejándola a su aire, indudablemente trataría de llegar al problema -su problema, como tan mordazmente había declarado- desde algún otro ángulo. Ordenarle que cesase de investigar por sí misma, obligarla a hacerlo, estaba más allá de su capacidad actual. Mantenerla junto a él lo máximo posible era, incuestionablemente, lo más seguro.

Bajando por el Strand, mentalmente se sobresaltó. Sus razonamientos sonaban muy lógicos. La compulsión tras ellos -la compulsión para la que usaba tantos argumentos que la justificaran- era nueva y claramente inquietante. Desconcertante. La repentina comprensión de que el bienestar de una dama de madura edad y mente independiente era ahora crítica para su ecuanimidad, era algo espantoso.

Llegaron a Somerset House; dejando el carruaje al cuidado de su lacayo, entraron en el edificio, sus pasos resonaban en la fría piedra. Un asistente les miró desde detrás del mostrador; Tristan hizo su petición y fueron enviados por el corredor hasta un tenebroso vestíbulo. Hileras de armarios de madera llenaban el espacio; cada estantería tenía múltiples cajones.

Otro asistente, informado acerca de su búsqueda, señaló con el dedo hacia un armario determinado. Las letras "MOU" estaban grabadas en oro en los frontales de madera pulida.

– Les sugeriría que comenzarán por allí.

Leonora caminó enérgicamente hacia los armarios; él la siguió más lentamente, pensando en lo que los cajones debían contener, estimando cuántos certificados podrían encontrase en cada cajón

Su suposición quedó confirmada cuando Leonora abrió el primer cajón.

– ¡Dios mío! -Ella clavó los ojos en la masa de papeles apretujados dentro del espacio-. ¡Esto podría llevar días!

Él abrió el cajón del al lado.

– Usted se ofreció a acompañarme.

Ella hizo un sonido sospechosamente parecido un bufido reprimido y comenzó a comprobar los nombres. No fue tan malo como habían temido; en breve localizaron al primer Mountford, pero el número de personas nacidas en Inglaterra con ese apellido era deprimentemente grande. Perseveraron, y finalmente descubrieron que sí, ciertamente, allí había un Montgomery Mountford.

– ¡Pero -Leonora clavó los ojos en el certificado de nacimiento- esto significa que tiene setenta y tres años!

Frunció el ceño, luego devolvió el certificado a su lugar, mirando el siguiente, y el siguiente. Y el siguiente.

– Seis -masculló, su tono exasperado confirmaba lo que él había esperado-. Y ninguno de ellos podría ser él. Los cinco primeros son demasiado viejos, y éste tiene trece años.

Él puso una mano brevemente sobre su hombro.

– Compruebe cuidadosamente cada lado, por si un certificado está mal archivado. Le consultaré al asistente.

Dejándola ceñuda, hojeando los certificados, caminó hacia el escritorio del supervisor. Unas discretas palabras y el supervisor envió a uno de sus asistentes a toda prisa. Tres minutos más tarde llegó un pulcro individuo con el sobrio atuendo de funcionario del gobierno.

Tristan le explicó lo que estaba buscando.

El señor Crosby se inclinó respetuosamente.

– Por supuesto, milord. Sin embargo, no creo que el nombre sea uno de esos protegidos. ¿Me permite verificarlo?

Tristan hizo un gesto, y Crosby se fue andando por la sala.

Leonora, desanimada, cerró los cajones. Regresó a su lado, y esperaron a que Crosby reapareciese.

Él se inclinó ante Leonora, luego miró a Tristan.

– Es como usted sospechaba, milord. A menos que haya un certificado perdido, lo cuál dudo muchísimo, desde luego no hay ningún Montgomery Mountford de la edad que ustedes buscan.

Tristan le dio las gracias y condujo a Leonora hacia afuera. Hicieron una pausa en el camino y ella se volvió hacia él.

Lo miró.

– ¿Por qué usaría alguien un seudónimo?

– Porque, -se puso los guantes, sintiendo que su mandíbula se endurecía-, no busca nada bueno. -Volviendo a tomar su codo, la urgió a bajar las escaleras-. Vamos, demos un paseo en coche.

La llevó por Surrey, hacia Mallingham Manor, que ahora era su casa. Lo hizo impulsivamente, supuso que la distraería, algo que sentía cada vez más necesario. Un criminal usando un seudónimo no auguraba nada bueno.

Desde el Strand, la condujo a través del río, alertándola inmediatamente por el cambio de dirección. Pero cuando le explicó que necesitaba atender los asuntos de su hacienda para poder regresar a la ciudad libre de seguir la investigación sobre Montgomery Mountford, el ladrón fantasma, ella aceptó el arreglo fácilmente.

La carretera era recta y estaba en excelentes condiciones; los caballos estaban frescos y ansiosos de estirar las patas. Giró el carruaje cruzando las elegantes puertas de hierro forjado a tiempo para el almuerzo. Colocando el par de caballos al paso por el camino, notó que la atención de Leonora se centraba en la enorme casa del fondo, situada entre pulcras extensiones de césped y cuidados parterres. El camino de grava surcaba un patio delantero circular frente a la imponente puerta principal.

Siguió la mirada de ella; sospechaba que él veía la casa como ella lo hacía, pues aún no se hacía a la idea de que ésta era ahora suya, su hogar. La mansión había existido durante siglos, pero su tío abuelo la había renovado y remodelado con ahínco. La que ahora se erigía frente a ellos era una mansión Palladian * construida de piedra arenisca con frontispicios sobre cada ventanal y falsas almenas sobre la larga línea de la fachada.

Los caballos entraron en el patio delantero. Leonora exhaló.

– Es hermosa. Muy elegante.

Él asintió, permitiéndose admitirlo, permitiéndose admitir que su tío abuelo había hecho algo bien.

Un mozo de cuadras llegó corriendo en cuanto saltó al suelo. Dejando el carruaje y los caballos al cuidado del mozo, ayudó a bajar a Leonora, luego la guió subiendo las escaleras.

Clitheroe, el mayordomo de su tío abuelo, ahora el suyo, abrió las puertas antes de que las alcanzasen, resplandeciente con su amabilidad habitual.

– Bienvenido a casa, milord. -Clitheroe incluyó a Leonora en su sonrisa.

– Clitheroe, ésta es la señorita Carling. Estaremos aquí para el almuerzo, luego atenderé algunos asuntos de negocios antes de que regresemos a la ciudad.

– Por supuesto, milord. ¿Debo informar a las señoras?

Estremeciéndose bajo su abrigo, Tristan suprimió una mueca de disgusto.

– No. Acompañaré a la señorita Carling a conocerlas. ¿Asumo que están en la salita?

– Sí, milord.

Él levantó la capa de Leonora de sus hombros y se la dio a Clitheroe. Colocando la mano de ella en su brazo, con su otra mano señaló hacia el fondo del vestíbulo.

– ¿Creo que mencioné que tengo a diversas mujeres de mi familia y otros parientes aquí?

Ella lo recorrió con la mirada.

– Lo hizo. ¿Son sus primas como las otras?

– Algunas, pero las dos más notables son mi tía abuela Hermione y Hortense. A esta hora, el grupo se encuentra invariablemente en la salita.

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*Palladian: Estilo arquitectónico que en Gran Bretaña se puso de moda a mediados del siglo 17.