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Capítulo 25

Alojaron a Alcuino en una celda del ala sur de la fortaleza, próxima a la de Izam y lindante con la habitación de Flavio. Desde su ventana distinguió el valle del Main, con las estribaciones de los picos del Rhön al fondo. En los prados la nieve comenzaba a escasear, pero en las cumbres aún relucía como si les hubiesen dado una mano de pintura. Se fijó en las extrañas formaciones que salpicaban el paisaje allá donde los bosques perdían su espesura. Al observarlos, apreció una miríada de orificios que horadaban unos túmulos pardos similares a los túneles de una mina, y mientras se vestía, se preguntó si aún las explotarían.

Bajó a cenar después de nona para encontrarse con Wilfred, a quien halló en la sala de armas, acompañado de Theodor, el gigantón que empleaba como animal de tiro cuando encerraba a los perros. El conde se alegró de verle. Parecía impaciente por conocer más detalles del milagro, pero a Alcuino sólo le interesaba el pergamino que Wilfred debía haber confeccionado, de modo que contemporizó esperando a que el gigante se retirara a sus aposentos. Sin embargo, Theodor permaneció impávido tras la silla hasta que Wilfred le conminó a ello.

– ¡Menuda montaña con calzones! Nunca he visto a nadie tan grande.

– Y leal como un perro. Sólo le falta menear el rabo. En fin, decidme, ¿habéis encontrado cómodos vuestros aposentos?

– Desde luego. Las vistas son excelentes.

– ¿Una copa de vino?

Alcuino rehusó y se sentó frente a él, a la espera del mejor momento.

– ¿Guardáis los perros por la noche? -le preguntó.

Wilfred le explicó que únicamente los empleaba por las mañanas, en determinadas rutas exentas de escaleras. También le agradaba pasear con ellos por las callejuelas de Würzburg, sobre todo por aquellas mejor conservadas.

– Incluso alguna vez me atrevo por algún sendero cercano -sonrió-. Deberíais ver cómo entienden mis miradas. ¿Sabéis? Un pestañeo y mis perros se abalanzarían sobre el primero que les señalara.

– ¿Con el carro amarrado a sus lomos?

– Os confiaré un secreto -sonrió.

Wilfred accionó un dispositivo ubicado en el extremo de uno de los reposaderos y un resorte liberó las argollas que retenían a los sabuesos.

– Muy astuto.

– Así es -aceptó ufano-. Yo mismo ordené que lo instalasen. Lo más complicado fue acerar el fleje, para que actuara como un resorte, pero nuestro herrero podría construir un arpa y hacer que tocase sola -introdujo las argollas en sus alojamientos y tensó el fleje de nuevo-. Pero dejémonos de perros, y hablemos de Theresa. No creo que exista ahora otro asunto más trascendente.

Hablaron de la aparición celestial, que Alcuino repitió de cabo a rabo aderezada con algún detalle inventado. Cuando terminó, Wilfred asintió perplejo. Sin detenerse a reflexionar, el conde le otorgó la razón e insistió en que probara el vino. En esta ocasión, Alcuino aceptó. Cuando acabó la copa, se interesó de nuevo por el pergamino.

– Está casi terminado. Pronto podréis verlo -se excusó Wilfred.

– Si no os importa, lo preferiría ahora.

Wilfred carraspeó y sacudió la cabeza.

– Ayudadme, por favor.

Alcuino se ubicó tras la silla rodante y empujó a Wilfred en la dirección que le señalaba. Al llegar a la altura de una cómoda, el conde le pidió que le acercase un cofre que el fraile estimó de un codo de largo por medio de ancho. Wilfred lo abrió dejando a la vista su interior, levantó un falso fondo y extrajo de él un documento que le tendió con nervios. Alcuino lo tomó y lo acercó a la luz de un cirio.

– Pero esto es sólo un borrador.

– Ya os lo avisé. Aún no está concluido.

– Sé lo que dijisteis, pero Carlomagno no aceptará esta respuesta. Han transcurrido varios meses. ¿Por qué sigue incompleto?

– Sólo quedaba pergamino suficiente para dos pruebas. Se trata de un pergamino especial. Vitela nonata, ya sabéis, la que se confecciona con la piel de un ternero no nacido.

– Todo el mundo sabe lo que es la vitela -murmuró.

– Ésta es diferente; traída de Bizancio. En fin. La única copia se perdió en el incendio, de modo que Gorgias inició otra. Pero hace unas semanas, el escriba desapareció del scriptorium junto con el documento.

– No entiendo. ¿A qué os referís?

– Hará unos dos meses me reuní con él en mis aposentos, y allí me aseguró que en unos días lo concluiría. Sin embargo, esa misma mañana se esfumó como por encanto.

– ¿Y desde entonces?

– Nadie le ha visto -se lamentó-. Que yo sepa, Genserico fue el último. Le acompañó hasta el scriptorium para que recogiese unas cosas y luego ya no volvió a verlo.

Cuando Alcuino propuso que fuesen a hablar con Genserico, Wilfred calló un momento. Luego apuró su vino y miró al fraile con ojos vidriosos.

– Me temo que eso no será posible. Genserico murió la semana pasada. Lo encontraron en medio del bosque, atravesado por un estilo.

Alcuino tosió al oírlo, pero su asombro se transformó en estupor al conocer que, según Wilfred, Gorgias era su asesino.

A la mañana siguiente, Alcuino se personó temprano en las cocinas. Como en otras fortalezas, los fogones se ubicaban en un edificio independiente para evitar que, en caso de incendio, las llamas se propagaran al resto de los edificios. De hecho, nada más entrar advirtió la negrura de sus paredes, señal inequívoca de repetidos fuegos. Preguntó a una sirvienta por el encargado de la cocina, que resultó ser Bernardino, un fraile grueso del tamaño de un tonel de vino. El hombrecillo le saludó casi sin mirarle, mientras se multiplicaba con la agilidad de una ardilla para ordenar de un lado a otro los últimos suministros. Cuando por fin se detuvo, atendió a Alcuino con agrado.

– Disculpad el ajetreo, pero necesitábamos los víveres como agua de mayo. -Le acercó un vaso de leche caliente-. Es un honor conoceros. Todo el mundo habla de vos.

Alcuino lo aceptó gustoso. Desde que saliera de Fulda no había ingerido más que vino aguado. Le preguntó por Genserico. Wilfred le había comentado que él había encontrado el cadáver del coadjutor.

– Así es -se encaramó a una silla con dificultad-. Descubrí al viejo en medio del bosque, tumbado boca arriba y perdido de espumarajos. No debía de llevar mucho difunto porque las alimañas le habían respetado.

Le habló del punzón hundido en las tripas. Era de los que usaban los escribas para apuntar en las tablillas de cera, explicó. Lo tenía bien clavado.

– ¿Y pensáis que fue Gorgias?

El enano se encogió de hombros.

– El punzón pertenecía a Gorgias, pero yo nunca le habría acusado. Todos le teníamos por un buen hombre -añadió-, aunque últimamente han ocurrido sucesos extraños. -Y le explicó que, además de Genserico, varios muchachos habían aparecido muertos, y que se rumoreaba que el escriba estaba tras los asesinatos.

Cuando Alcuino le preguntó por el cadáver del coadjutor, Bernardino le informó del lugar donde lo habían sepultado. Al enano le extrañó que el fraile se interesara por el paradero de la ropa que vestía Genserico, ya que habitualmente lavaban las prendas de los muertos y volvían a utilizarlas si se encontraban en buen estado.

– Pero las suyas apestaban a orines, así que decidimos enterrarlo con su hábito.

Alcuino apuró el vaso de leche. Cuando acabó, le preguntó si también habían sido apuñalados los muchachos.

– Así es. Extraño suceso…

Alcuino asintió desconcertado. Le agradeció la información y se limpió los labios. Indagó sobre el momento en que podrían examinar el lugar donde se encontró a Genserico, y acordaron que lo harían aquella misma tarde después del oficio de sexta. Luego se despidió y regresó a sus aposentos. Durante el trayecto decidió solicitar a Wilfred la exhumación del cadáver del coadjutor, pues algo en aquel relato le resultaba sospechoso.