Genserico sonrió por tercera vez. Se tomó un tiempo para responder.
– Se trata del asunto del incendio. Un caso feo, Gorgias. Demasiados muertos… y aún peor: demasiadas pérdidas. Creo que Wilfred ya os habló sobre las intenciones de Korne, elpercamenarius.
– ¿Os referís a su empeño por responsabilizarme?
– Creed que no sólo lo pretende. Puede que el percamenarius sea alguien irreflexivo, un hombre primitivo y carente de templanza, pero os aseguro que su tenacidad es enfermiza. Os culpa a ciegas de lo sucedido, e intentará por cualquier medio que lo paguéis con vuestra sangre. Y olvidad una compensación. Sus ansias de venganza obedecen a razones que jamás entenderíais.
– No es eso lo que me contó el conde -respondió Gorgias mientras crecía su preocupación.
– ¿Y qué os contó? ¿Que una reparación aplacaría su ira? ¿Que se conformaría con lo que obtuviese vendiéndoos como esclavo? No, amigo. No. Korne no es de esa madera. Tal vez yo no posea la refinada cultura de Wilfred, pero reconozco a una alimaña en cuanto la huelo. ¿Habéis oído hablar de las ratas del Main?
Gorgias denegó extrañado.
– Las ratas del Main se agrupan en inacabables familias. La más vieja escoge a la presa sin reparar en el tamaño o la dificultad, la acecha pacientemente, y cuando encuentra el instante propicio, dirige al clan, que cae sobre ella hasta devorarla. Korne es una rata del Main. La peor rata que podáis imaginar.
Gorgias enmudeció. Wilfred le había hablado sobre las leyes carolingias, las multas en concepto de compensación y la posibilidad de que Korne le llevara a juicio, pero no había mencionado lo que parecía insinuar Genserico.
– Tal vez Korne debiera comprender que yo también he recibido mi castigo -adujo-. Además, la ley le obliga a…
– ¿Korne comprender? -le interrumpió Genserico con una carcajada-. Por el amor de Dios, Gorgias, ¡no seáis iluso! ¿Desde cuándo una ley protege al desvalido? Aunque los cimientos del código ripuario sustenten nuestra justicia y aunque las reformas emprendidas por Carlomagno abunden en la caridad cristiana, os aseguro que ninguna de ellas os librará del odio de Korne.
Gorgias sintió cómo se le revolvían las tripas. Aquel viejo loco no paraba de vomitar absurdas historias de ratas y profecías sin sentido, mientras a él aún le esperaba un trabajo que no sabía ni cuándo finalizaría. Se levantó nervioso, dando por acabada la conversación.
– Lamento no compartir vuestros temores, pero ahora, si no os reconviene, desearía regresar al scriptorium.
Genserico meneó la cabeza.
– Gorgias, Gorgias… No queréis entender. Concededme un instante más y veréis cómo me lo agradecéis -dijo condescendiente-. ¿Sabíais que Korne era sajón?
– ¿Sajón? Pensé que sus hijos estaban bautizados.
– Sajón convertido, pero sajón, al fin y al cabo. Cuando Carlomagno conquistó las tierras del norte, obligó a los sajones a elegir entre la cruz o el patíbulo. Desde entonces he asistido a muchos de esos conversos, y aunque acudan a mi misa o ayunen en cuaresma, os aseguro que por sus venas aún se desliza la ponzoña del pecado.
Gorgias tableteó los nudillos contra la silla. Las palabras de Genserico comenzaban a inquietarle.
– ¿Sabíais que aún practican sacrificios? -añadió-. Acuden a las encrucijadas de caminos para degollar becerros; consuman la sodomía, e incluso frecuentan a sus hermanas en el más horrible de los incestos. Korne es uno de ellos, y Wilfred lo sabe. Pero lo que el conde ignora son sus ancestrales tradiciones: costumbres como lafaide, por la que la muerte de un hijo sólo queda satisfecha con el asesinato del culpable. Ésa es la faide, Gorgias. La venganza de los sajones.
– Pero ¿cuántas veces habré de repetir que el incendio se debió a un accidente? -repuso Gorgias irritado-. Wilfred puede confirmároslo.
– Calmaos, Gorgias. No es cuestión de lo que digáis, ni tan siquiera de lo que realmente ocurriera aquella mañana. Lo único que cuenta es que Korne culpa a vuestra hija. Ella ha muerto, y pronto vos la seguiréis.
Gorgias lo observó. Su mirada líquida parecía traspasarle.
– ¿Para eso me habéis traído a este lugar? ¿Para anunciar mi muerte?
– Para ayudaros, Gorgias. Os he traído para ayudaros.
El viejo aguardó un momento. Luego se levantó, le indicó que aguardara y salió de la celda en dirección a la cripta.
– Esperad. He de buscar algo.
Gorgias obedeció. Desde el interior de la celda apreció cómo Genserico deambulaba de un lado para otro por la cripta. Luego regresó con un cirio encendido que depositó sobre una repisa cerca de la puerta.
– Tomad -dijo, arrojando un objeto a las manos de Gorgias.
– ¿Una tablilla de cera?
Por toda respuesta, el coadjutor retrocedió unos pasos y con un fugaz movimiento cerró la puerta dejando a Gorgias dentro de la celda.
– Pero ¿qué hacéis? ¡Abrid de inmediato!
Tardó en comprender que aporreando la puerta sólo conseguiría lastimarse los nudillos. Cuando cesó en sus envites, escuchó la voz de Genserico más suave que nunca.
– Creed que es lo mejor para vos. Aquí estaréis a salvo -susurró el anciano.
– Viejo loco. No podéis retenerme aquí. El conde os despellejará en cuanto se entere.
– Pobre iluso -sonrió-. ¿Acaso no comprendéis que ha sido el propio Wilfred quien lo ha concebido todo?
Gorgias no le creyó.
– Deliráis. Él jamás…
– ¡Callad y atended! Sobre la mesa encontrareis un estilo. Apuntad el material que preciséis: libros, tinta, documentos… Regresaré después de tercia para recoger la lista. Hasta entonces podéis hacer lo que queráis. Al fin y al cabo vais a disponer de tiempo para conseguirlo.
Capítulo 7
A poco para el mediodía, Theresa saboreó un último bocado de huevas saladas. Luego hurgó por la talega en busca de alguna migaja más y después se chupeteó los dedos hasta dejarlos relucientes. Echó un trago de agua, miró al frente y se sentó a descansar. Conocía bien el terreno, pero la nieve uniformaba los parajes convirtiéndolos en un lienzo inmaculado que parecía ocultar cualquier ruta antes trazada.
Desde que abandonara la cabaña, había procurado seguir los consejos que Hóos Larsson había mencionado durante el relato de su travesía. Recordó cómo en su descripción había tachado de indolentes a los sajones, gente despreocupada cuyos cánticos y aparatosas fogatas solían bastar para delatar su presencia. Según él, mantenerse vivo no era difíciclass="underline" tan sólo necesitaba gobernarse con la astucia de un animal acosado, desplazarse con sigilo, olvidar los caminos habituales, prescindir del fuego, atender las desbandadas de pájaros y observar las pisadas en la nieve. También había afirmado que, con el suficiente cuidado, cualquiera que conociese el camino podría atravesar los pasos.
«Cualquiera que conociese el camino», se lamentó.
Normalmente, quien pretendiera alcanzar Aquis-Granum debería tomar la ruta occidental que obligaba a atravesar la cuenca del río Main en dirección a Fráncfort, seguir su curso cuatro jornadas hasta su unión con el Rin, y emplear tres días más para llegar a la capital. Pero en palabras de Hóos, con los bandidos merodeando por ambas riberas, tal trayecto resultaría una trampa segura.
Por otra parte, en pleno invierno, y con la nieve arreciando en los caminos, dirigirse hacia el sur, hacia los Alpes Schwabische, sería una auténtica locura.