– Vale -dijo Waaler en voz baja-. Puedo confesarme, si eso es lo que quieres. Pero recuerda, cuando se recibe una confesión es fácil encontrarse con dilemas desagradables.
– Benditos dilemas.
– Le di a Sverre Olsen su merecido.
Harry volvió la cabeza lentamente hacia Waaler, que estaba apoyado en el reposacabezas, con los ojos entornados.
– Pero no porque tuviese miedo de que contase que éramos cómplices ni nada por el estilo. Esa parte de tu teoría es errónea.
– ¿Ah, sí?
Waaler suspiró.
– ¿Has pensado alguna vez en por qué la gente como nosotros se dedica a esto?
– No hago otra cosa -aseguró Harry.
– ¿Cuál es tu primer recuerdo nítido, Harry?
– ¿El primer recuerdo de qué?
– Lo primero que yo recuerdo es que es de noche, estoy en la cama y mi padre se inclina sobre mí.
Waaler pasó la mano por el volante antes de continuar.
– Yo tendría unos cuatro o cinco años. Él olía a tabaco y a protección. Ya sabes. Como tienen que oler los padres. Tal y como solía, había llegado a casa cuando yo ya estaba en la cama. Y sé que se habrá ido a trabajar mucho antes de que yo me despierte por la mañana. Sé que, si abro los ojos, sonreirá, me pasará la mano por la cabeza y se marchará. Así que finjo estar dormido para que se quede un ratito más. Sólo a veces, cuando tengo la pesadilla de la mujer con la cabeza de cerdo que deambula por las calles en busca de sangre infantil, me descubro y le pido que se quede un poco más cuando noto que se levanta para irse. Y él se queda y yo me quedo mirándolo. ¿A ti te pasaba igual con tu padre, Harry? ¿Experimentabas lo mismo con él?
Harry se encogió de hombros.
– Mi padre era profesor. Siempre estaba en casa.
– Un hogar de clase media, entonces, ¿no?
– Algo así.
Waaler asintió con la cabeza.
– Mi padre era albañil. Como los padres de mis dos mejores amigos, Geir y Solo. Vivían justo encima de nosotros, en el bloque de Gamlebyen donde me crié. Era uno de los barrios grises de la ciudad, aunque el bloque de viviendas estaba bien cuidado, propiedad de los vecinos. No nos considerábamos de la clase obrera, todos éramos empresarios. El padre de Solo era propietario de un quiosco donde trabajaba toda la familia, de ahí el apodo. [3] Todos trabajaban duro, pero ninguno como mi padre. Él trababa a todas horas. Día y noche. Era como una máquina que sólo se apagaba los domingos. Mis padres no eran muy creyentes, aunque mi padre estudió teología durante medio año en una academia nocturna porque el abuelo quería que fuera pastor. Pero cuando el abuelo murió, él lo dejó. Aun así, íbamos todos los domingos a la iglesia de Vålerenga y luego mi padre nos llevaba de excursión a Ekeberg o a Østmarka. A las cinco de la tarde nos cambiábamos de ropa: los domingos cenábamos en el salón. Puede sonar aburrido, pero, ¿sabes qué? Yo me pasaba toda la semana esperando a que fuera domingo. Al día siguiente era lunes y él desaparecía de nuevo. Siempre estaba en alguna obra donde había que hacer horas extras. Un poco de dinero blanco, un poco de gris y un poco de dinero negro como el carbón. Decía que era la única forma de reunir algunos ahorros en su sector. Cuando yo tenía catorce años, nos mudamos a la parte oeste de la ciudad, a una casa con jardín y manzanos. Mi padre dijo que estaríamos mejor allí. Y yo era el único de la clase cuyo padre no era abogado, economista, médico o algo parecido. El vecino era juez y tenía un hijo de mi edad, Joakim. Mi padre esperaba que yo fuese como él. Dijo que si quería entrar en alguna de esas carreras, era importante tener conocidos dentro del gremio, aprender los códigos, el lenguaje, las reglas no escritas. Pero yo nunca veía al hijo del vecino, sólo a su perro, un pastor alemán que se pasaba las noches ladrando en el porche. Cuando salía del colegio cogía el tranvía hasta Gamlebyen para ver a Geir y Solo. Mis padres invitaron a una barbacoa a todos los vecinos, pero todos presentaron alguna excusa para no acudir. Recuerdo el olor a barbacoa aquel verano, y las risas que resonaban en los otros jardines. Nunca nos devolvieron la invitación.
Harry se concentraba en la dicción.
– ¿Este cuento viene a propósito de algo?
– Eso lo decidirás tú. ¿Dejo de contar?
– Bueno, da igual, esta noche no había nada interesante en la tele.
– Un domingo, cuando íbamos a la iglesia, como de costumbre, yo estaba ya en la calle esperando a mis padres y mirando al pastor alemán que andaba suelto por el jardín. Parecía que quisiera morderme y no dejaba de gruñir desde el otro lado de la valla.
No sé por qué lo hice, pero me acerqué y abrí la verja. Quizá porque creía que el animal estaba enfadado porque estaba solo. El perro saltó, me tumbó y me mordió en la mejilla. Todavía tengo la cicatriz.
Waaler señaló con el dedo, pero Harry no vio nada.
– El juez lo llamó desde la terraza y el animal me soltó. Luego, me dijo con muy malos modos que me largara de su jardín. Mi madre lloraba y mi padre apenas se pronunció mientras me llevaban a Urgencias. Cuando volvimos a casa, tenía un hilo de sutura gordo y negro desde el mentón hasta debajo de la oreja. Mi padre se fue a casa del juez. Cuando volvió tenía la mirada sombría y estuvo menos hablador si cabe. Comimos el asado dominical sin que nadie mediara palabra. Esa misma noche me desperté y me quedé pensando en el porqué. Todo estaba en silencio. Entonces caí en la cuenta. El pastor alemán. Había dejado de ladrar. Oí cerrarse la puerta de entrada e, instintivamente, supe que nunca más volveríamos a oír al pastor alemán. Me apresuré a cerrar los ojos cuando la puerta del dormitorio se abrió silenciosa pero me dio tiempo de ver el martillo. Él olía a tabaco y a protección. Y yo fingí estar dormido.
Waaler limpió una mota inexistente del salpicadero.
– Hice lo que hice porque sabíamos que Sverre Olsen había matado a una colega. Lo hice por Ellen, Harry. Por nosotros. Ahora ya lo sabes, maté a un hombre. ¿Me vas a delatar o no?
Harry lo miraba de hito en hito. Waaler cerró los ojos.
– Sólo teníamos pruebas circunstanciales contra Olsen, Harry. Lo habrían soltado. No lo podíamos permitir. ¿Tú habrías podido, Harry?
Waaler giró la cabeza y se encontró con la mirada fija de Harry.
– ¿Habrías podido?
Harry tragó saliva.
– Hay un tipo que os vio a ti y a Sverre Olsen juntos en el coche. Uno que estaba dispuesto a testificar. Pero eso ya lo sabes, ¿no?
Waaler se encogió de hombros.
– Hablé con Olsen varias veces. Era neonazi y delincuente. Hay que estar al día es nuestro trabajo, Harry.
– El tipo que os vio ha cambiado de opinión repentinamente, ya no quiere testificar. Has hablado con él, ¿verdad? Lo has silenciado con amenazas.
Waaler negó con la cabeza.
– No puedo responder a eso, Harry. Si decides unirte a nuestro equipo, la norma es que sólo se te informará de lo que te hace falta saber para cumplir con tu trabajo. Puede que suene un tanto estricto, pero funciona. Nosotros funcionamos.
– ¿Hablaste con Kvinsvik? -balbuceó Harry.
– Kvinsvik es sólo uno de tus molinos de viento, Harry. Olvídalo. Piensa en ti. -Se inclinó hacia Harry y bajó la voz-: ¿Qué puedes perder? Mírate bien al espejo…
Harry parpadeó perplejo.
– Exacto -dijo Waaler-. Eres un alcohólico de casi cuarenta años, sin trabajo, sin familia, sin dinero.
– ¡Por última vez! -Harry intentó gritar, pero estaba demasiado borracho-. ¿Hablaste con… con Kvinsvik?
Waaler se irguió otra vez en el asiento.
– Vete a casa, Harry. Y reflexiona sobre a quién le debes algo. ¿Al Cuerpo, que te ha triturado con sus dientes y te ha escupido tras hallar que sabes mal? ¿A tus jefes, que salen corriendo como ratones asustados en cuanto se huelen que hay problemas? ¿O quizá es a ti mismo a quien le debes algo? Has trabajado duro año tras año para mantener las calles de Oslo más o menos seguras en un país que protege a sus delincuentes mejor que a sus policías. Realmente, eres uno de los mejores en tu trabajo, Harry. A diferencia de ellos, tú tienes talento y, aun así, eres tú quien percibe un sueldo miserable. Yo te puedo ofrecer cinco veces más de lo que ganas ahora, pero eso no es lo más importante. Te puedo ofrecer un poco de dignidad, Harry. Dignidad. Piénsatelo.