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Los oficiales rusos habían intervenido ante las autoridades bielorrusas para hacerlo todo posible. Los ataúdes de Karol y Maya Borya habían llegado el día anterior en un vuelo especial. Rachel sabía que su padre quería ser enterrado en su casa, pero también deseaba que los dos estuvieran juntos. Ahora descansarían eternamente en suelo bielorruso.

Los féretros los esperaban en la estación de tren de Minsk. Desde allí fueron transportados en camión hasta un precioso cementerio a cuarenta kilómetros al oeste de la capital, tan cerca como era posible del lugar en el que ambos habían nacido. Los Cutler los seguían en un coche de alquiler. Un enviado de los Estados Unidos los acompañaba para asegurarse de que todo procediera sin problemas.

El mismísimo patriarca de Bielorrusia presidió el nuevo entierro. Rachel, Paul, María y Brent se dieron la mano y escucharon palabras solemnes. Una brisa ligera se levantó sobre la hierba parda cuando bajaron los ataúdes hasta las fosas.

– Decid adiós a abu y a nana -dijo Rachel a los niños.

Entregó a cada uno un ramillete de lino. Los niños se acercaron a las tumbas y las arrojaron dentro. Paul se acercó a Rachel y la abrazó. Ella estaba llorando y se fijó en que también Paul estaba al borde de las lágrimas. Nunca habían hablado de lo sucedido aquella noche en el castillo Loukov. Por suerte, Knoll no había podido terminar lo que había empezado. Paul había arriesgado la vida para detenerlo. Ella quería a su marido. El sacerdote les había prevenido por la mañana de que el matrimonio era de por vida, algo que había que tomarse en serio, especialmente habiendo niños de por medio. Y tenía toda la razón. Rachel estaba convencida de ello.

Se acercó a las tumbas. Ya se había despedido de su madre hacía veinte años.

– Adiós, papá.

Paul se situó junto a ellas.

– Adiós, Karol. Descansa en paz.

Se quedaron un rato en silencio antes de dar gracias al patriarca y dirigirse hacia el coche. Un halcón sobrevoló el aire limpio de la mañana. Se levantó una nueva ráfaga de viento que neutralizó el sol. Los niños salieron corriendo hacia la puerta del cementerio.

– De vuelta al trabajo, ¿eh? -dijo Rachel a Paul.

– Es hora de reincorporarse a la vida real.

Rachel había logrado la reelección en julio, aunque apenas si había hecho campaña. Todo se lo debía a la atención que había recibido tras la recuperación de la Habitación de Ámbar, un trampolín hacia la victoria sobre sus dos rivales. Marcus Nettles había sido aplastado, pero Rachel había decidido visitar al atrabiliario abogado para hacer las paces, como parte de su nueva actitud reconciliadora.

– ¿Crees que debería seguir en el cargo? -preguntó a Paul.

– Eso tienes que decidirlo tú, no yo.

– Estaba pensando en que quizá no es una buena idea. Me exige demasiada atención.

– Tienes que hacer lo que te haga feliz.

– Antes pensaba que ser jueza me hacía feliz. Ya no estoy tan segura.

– Estoy convencido de que a cualquier bufete le encantaría tener en su departamento de litigios a una ex jueza del Tribunal Superior.

– Y uno de ellos no sería Pridgen & Woodworth, ¿no?

– Quizá. Tengo algunos contactos por ahí, ¿lo sabías?

Ella le rodeó la cintura con el brazo mientras caminaban. Se sentía muy bien junto a él. Durante un momento pasearon en silencio y saborearon su felicidad. Ella pensaba en el futuro, en sus hijos, en Paul. Regresar al ejercicio era lo mejor para todos ellos. Pridgen & Woodworth sería un lugar estupendo para trabajar. Miró a Paul y volvió a oír lo que le acababa de decir: «Tengo algunos contactos por ahí, ¿lo sabías?».

Lo abrazó con fuerza y, por una vez, no discutió.

Nota del autor

Al documentarme para esta novela, recorrí Alemania, Austria y el campo de concentración de Mauthausen, antes de visitar Moscú y San Petersburgo, donde pasé varios días en el Palacio de Catalina, en Tsarskoe Selo. Por supuesto, el principal objetivo de una novela es entretener, pero también quería informar de manera precisa. El asunto de la Habitación de Ámbar está relativamente poco explorado en este país [1], aunque recientemente Internet ha empezado a llenar este vacío. En Europa, la cámara ejerce una inagotable fascinación. Como no hablo ni alemán ni ruso, me vi obligado a confiar en versiones en inglés de sucesos que podrían o no haber sucedido. Por desgracia, un estudio cuidadoso de esos informes refleja conflictos entre las versiones. Los puntos más consistentes se presentan a lo largo de la narración. Los detalles menores han sido ignorados o modificados para encajarlos en mis necesidades narrativas.

Veamos algunos elementos concretos: los prisioneros de Mauthausen eran torturados de la forma descrita. Sin embargo, Hermann Göring nunca apareció por allí. La competencia personal de Göring y Hitler por obtener obras de arte está bien documentada, como lo está la obsesión de Göring respecto a la Habitación de Ámbar, aunque no existen evidencias de que llegara a intentar hacerse con ella. La comisión soviética para la que Karol Borya y Danya Chapaev trabajaban existió en realidad, y buscó activamente y durante años las obras de arte robadas a los rusos. La Habitación de Ámbar estaba en lo más alto de su lista de artículos pendientes. Algunos aseguran que realmente existe una maldición de la Habitación de Ámbar, ya que son varias las muertes (tal y como se describe en el capítulo 41) sucedidas durante su búsqueda. Se desconoce si se trata de coincidencias o de una conspiración. Las montañas Harz fueron empleadas profusamente por los nazis para ocultar sus pillajes, y la información del capítulo 42 es precisa, incluida la referente a las tumbas encontradas. La localidad de Stod es ficticia, pero su localización, junto con la abadía que la domina, está basada en Melk, Austria, un lugar realmente impresionante. Todas las obras de arte detalladas como robadas en diversos puntos de la historia son reales y siguen desaparecidas. Por último, las especulaciones, historias y contradicciones acerca de lo que podría haber sucedido con la Habitación de Ámbar, y que se recogen en los capítulos 13,14, 28, 41,44 y 48, incluidas las posibles conexiones checas, se basan en informes reales, aunque mi resolución del misterio es ficticia.

La desaparición de la Habitación de Ámbar en 1945 supuso una tremenda pérdida. En la actualidad se está restaurando la cámara en el Palacio de Catalina. Allí, artesanos modernos trabajan para recrear, panel a panel, aquellas magníficas paredes forradas de ámbar. Tuve la suerte de pasar algunas horas con el restaurador jefe, que me mostró la dificultad de su tarea. Afortunadamente, los soviéticos fotografiaron la cámara a finales de la década de los treinta, pues tenían previsto restaurarla en los años siguientes. Por supuesto, la guerra se interpuso en estos planes. Esas imágenes en blanco y negro son ahora el plano empleado en la reconstrucción de algo que se creó hace más de dos siglos y medio.

El restaurador jefe también me dio su opinión acerca de lo que podría haber sucedido con los paneles originales. Él creía, como muchos otros (y como se postula en el capítulo 51), que el ámbar había quedado totalmente destruido en la guerra o que, como sucede con el oro y otros metales preciosos y joyas, valía más por separado. De ser así, simplemente fue hallado y vendido trozo a trozo para obtener más dinero que conservando la suma de las partes. Como el oro, el ámbar puede moldearse hasta no dejar rastro de su configuración anterior, de modo que es posible que la joyería y otros artículos de ámbar vendidos hoy en día por todo el mundo contengan ámbar de la sala original.

Pero ¿quién sabe?

Tal y como dijo Robert Browning, citado en la narración: «De repente, como sucede con las cosas extrañas, desapareció».

Cuan cierto.

Y qué triste.