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– Lo sé. Pero, si te sirve de consuelo, Richard, creo que, en cuanto dejemos atrás la Ciudad del Cabo y Johnny ya no tenga ninguna posibilidad de regresar a casa, se conformará y se convertirá en un convicto modelo.

No le sirvió de mucho consuelo, quizá porque pensaba que no había cumplido con sus obligaciones filiales; casi todos sus pensamientos se dirigían a su primo James el farmacéutico y no a su padre.

Había algo que podía hacer para ayudar a John Power, y lo hizo sin el menor remordimiento: divulgó los nombres de los soplones desde uno a otro mamparo. Los soplones eran soplones y volverían a soplar. Cuando el Scarborough llegara a la Ciudad del Cabo, la noticia se propagaría hasta allí. Todos los convictos sabrían lo que eran Pane y Meynell en Botany Bay. La vida no sería fácil para ellos.

El doctor Balmain dio con la solución para borrar la tristeza y la depresión que se habían extendido entre los convictos; les mandó fumigar, restregar y enjalbegar una vez más.

– Quiero hacer dos cosas, Richard -dijo Bill Whiting con vehemencia-. Una es agarrar al condenado Balmain, hacerle estallar pólvora en la cara, restregarlo con aceite de brea y un cepillo de alambre y pintarlo de blanco. La otra es cambiarme el condenado apellido. ¡Mira que llamarme Whiting! [5]

Ciudad del Cabo era efectivamente una hermosa ciudad, pero no se podía comparar ni de lejos con Río de Janeiro a juicio de los convictos, perennemente condenados a mirar sin jamás catar. Río no sólo constituía un espectáculo impresionante sino que, además, estaba llena de gente alegre y espontánea, de color y vitalidad. La Ciudad del Cabo poseía una clase de atracción más áspera y polvorienta y en su puerto no había todas aquellas hordas de alegres botes cantina; los pocos rostros negros que vieron no sonreían. Puede que ello fuera un simple reflejo de su carácter severamente calvinista y en extremo holandés. Muchos edificios estaban pintados de blanco (un color no muy del agrado de los convictos del Alexander) y en el núcleo urbano los árboles no abundaban demasiado. Una gigantesca montaña de cumbre plana y cubierta de vegetación se elevaba por encima de la minúscula llanura costera, y todo lo que de ella decían los libros era cierto: una espesa y blanca capa de nubes se extendía como un lienzo sobre Table Mountain.

Llevaban treinta y nueve días en el mar desde que zarparan de Río de Janeiro y acababan de llegar en plena primavera austral, el 14 de octubre.

Ahora ya habían transcurrido ciento cincuenta y cuatro días, es decir, veintidós semanas, desde que la flota zarpara de Portsmouth, y habían recorrido nueve mil millas terrestres, aunque les quedaba todavía un largo trecho por delante. Los bajeles no se habían separado en ningún momento; el gobernador-comodoro Arthur Phillip había mantenido unido su pequeño rebaño.

Para los convictos, el hecho de hacer escala en un puerto significaba permanecer en una cubierta que no se movía y consumir unos alimentos que no se movían. Al día siguiente de su llegada, se recibió carne fresca a bordo, junto con un tierno y exquisito pan holandés y algunas verduras: repollo y una especie de hojas de color verde oscuro y fuerte sabor. Los hombres recuperaron inmediatamente el apetito; los convictos se entregaron a la tarea de ponerse en condiciones de sobrevivir a la siguiente y última etapa de la travesía, que, según les habían dicho, sería mil millas más larga que la que habían efectuado desde Portsmouth hasta Río.

– Sólo se han llevado a cabo dos travesías hasta el lugar al que nos dirigimos -dijo Stephen Donovan con la cara muy seria, confiando en que Richard le permitiera ofrecerle a él y a sus compañeros un poco de mantequilla para untar el pan.

»El holandés Abel Tasman dejó hace más de un siglo unas cartas de su expedición, pero, como es natural, tenemos también las cartas de navegación del capitán Cook y de su colaborador el capitán Furneaux, los cuales llegaron hasta los confines del mundo y hasta unas tierras heladas en el transcurso del segundo viaje de Cook. Pero, en realidad, nadie sabe nada. Aquí tenemos un montón de gente a bordo de once barcos y nuestro propósito es llegar a Nueva Gales del Sur desde el cabo de Buena Esperanza. ¿Forma parte Nueva Gales del Sur de eso que los holandeses llaman Nueva Holanda, situada a dos mil millas al oeste de la misma? Cook no estaba muy seguro, pues jamás había visto una costa meridional que uniera ambos territorios. Lo único que pudieron hacer él y Furneaux es demostrar que la Tierra de Van Diemen no formaba parte de Nueva Zelanda, tal como creía Tasman, sino que era más bien la punta más meridional de Nueva Gales del Sur, la cual es una franja costera que se extiende dos mil millas al norte de la Tierra de Van Diemen. Si existe efectivamente la Gran Tierra del Sur, jamás nadie la ha circunnavegado. Pero, si existe, tiene que ser un territorio de tres millones de millas cuadradas, lo cual es más que toda Europa.

El corazón de Richard no estaba latiendo con normalidad.

– Queréis decir, si no me equivoco, que no tenemos ningún guía.

– Más o menos. Sólo Tasman y Cook.

– ¿Es por eso por lo que todos los exploradores penetraban en el océano Pacífico rodeando el cabo de Hornos?

– En efecto. Incluso el capitán Cook optó casi siempre por seguir la ruta del cabo de Hornos. El cabo de Buena Esperanza se considera más bien la ruta de las Indias Orientales, Bengala y Catay, no la del Pacífico. Fíjate en este puerto, lleno de veleros a punto de zarpar -Donovan señaló más de una docena de barcos-. Sí, zarparán rumbo al este, pero también al norte, aprovechando una corriente del océano Indico que los llevará nada menos que hasta Batavia. Llegarán a aquellas latitudes a principios de los vientos monzónicos estivales que los empujarán todavía más al norte. Las rutas invernales los llevarán a casa ya cargados, con la ayuda de tres grandes corrientes. Una de ellas se dirige al sur a través de un estrecho que separa África de Madagascar. La segunda los empuja rodeando el cabo de Buena Esperanza hacia el Atlántico Sur. Y la tercera los empuja hacia el norte bordeando la costa occidental africana. Los vientos son importantes, pero, a veces, las corrientes lo son mucho más.

La seriedad del rostro de Donovan se había intensificado, lo cual preocupó a Richard.

– Señor Donovan, ¿qué es lo que estáis diciendo?

– Ya veo que eres un hombre muy inteligente. Muy bien pues, te seré sincero. Esta segunda corriente -la que rodea el cabo de Buena Esperanza- discurre de este a oeste. Ir a casa es una maravilla, pero lo contrario es un infierno. Y no se la puede esquivar porque tiene una anchura de cien millas. Se puede navegar hacia el nordeste rumbo a las Indias Orientales. Pero nosotros tenemos que buscar los grandes vientos de poniente muy al sur del cabo y eso para un navegante es una tarea mucho más difícil. Nuestra última etapa será mucho más larga porque no podremos encontrar fácilmente la ruta hacia el este. Yo he navegado hasta Bengala y Catay y conozco muy bien el extremo sur de África.

Richard estudió con repentina curiosidad al cuarto oficial.

– Señor Donovan, ¿por qué accedisteis a efectuar esta travesía tan confusa hacia un lugar en el que sólo el capitán ha estado y sólo él ha visto?

Los bellos ojos azules se iluminaron con un súbito fulgor.

– Porque quiero formar parte de la historia, Richard, por muy insignificante que pueda ser mi papel. Nos hemos lanzado a una aventura épica, pues no se trata de un viaje a los mismos lugares de siempre, por más que estos lugares tengan nombres tan seductores como Catay. Yo no tenía influencia para convertirme en guardia marina de la Armada Real y tampoco tenía ninguna posibilidad de participar en alguna expedición de la Royal Society. Cuando Esmeralda Sinclair me pidió que lo acompañara como segundo oficial, aproveché encantado la ocasión. Y he aceptado mi degradación sin protestar. ¿Por qué? ¡Pues porque estamos haciendo algo que nadie ha hecho hasta ahora! Estamos trasladando a más de mil quinientos desgraciados a una tierra virgen en la que deberán vivir sin estar debidamente preparados para ello. Algo así como si os trasladáramos de Hull a Plymouth. Y eso es una locura, ¿sabes? ¡El colmo de la locura! ¿Y si, tras haberos llevado a Botany Bay, descubrimos que allí no se puede vivir? Ya sería una imprudencia viajar a Catay con tanta gente. El señor Pitt y el Almirantazgo nos han abandonado a la clemencia de los dioses, Richard, sin pensarlo ni planificarlo, sin el menor remordimiento. Una expedición de expertos se hubiera tenido que trasladar allí hace un par de años para preparar un poco el terreno. Pero eso no se hizo porque hubiera resultado demasiado caro y no hubiera librado a Inglaterra ni de un solo convicto. ¿Qué importancia tenéis vosotros? La respuesta a la pregunta es que no tenéis ninguna, más allá de una o dos investigaciones parlamentarias. Aunque perezcamos en el intento, esta expedición será un hito histórico y yo formaré parte de él. Y no me importará morir a cambio de haber podido tener esta oportunidad. -Donovan respiró hondo y esbozó una radiante sonrisa-. También me ofrece la ocasión de incorporarme a la Armada Real como experto en material para oficiales. ¿Quién sabe? Puede que, al final, me ofrezcan el mando de una fragata.

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[5] En inglés, blanco de España. (N. de la T.)