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Mientras se frotaba enérgicamente con un trapo seco, los demás le dijeron que John Bird, un convicto que se encontraba más hacia proa, había conseguido entrar en la bodega y había repartido pan.

– Nos lo hemos comido todo -dijo Jimmy Price-. Nadie nos había dado de comer.

Lo cual no impidió que Zachariah Clark exigiera que John Bird recibiera una tanda de azotes por haber robado algo perteneciente al contratista.

El teniente Furzer, que resultó ser una curiosa mezcla de compasión y desconcertada inercia, calculó la cantidad de pan que faltaba y anunció que era aproximadamente la misma que se habría repartido en caso de que se hubiera repartido.

A pesar de su discusión con Zachariah Clark en la Ciudad del Cabo, el capitán Sinclair había visto en él un alma gemela por su rapacidad; tan pronto como Clark se trasladó al alcázar del Alexander, Sinclair empezó a invitarlo a compartir sus opíparas cenas a cambio de que hiciera la vista gorda en el asunto del ron. Mientras Sophia utilizaba el camarote de Clark como paridera, Esmeralda accedió a que Clark durmiera en su camarote de día que, en realidad, no necesitaba para nada. Por consiguiente, cuando Sinclair se enteró del veredicto emitido por Furzer, transmitió un mensaje al marino por medio de Clark, ordenándole azotar a John Bird por apropiación indebida de las pertenencias del contratista.

– No falta nada que no tuviera que faltar -dijo Furzer en tono glacial-, por consiguiente, ¿por qué no os vais con viento fresco, grandísimo zopenco del carajo?

– ¡Informaré de vuestra insolencia al capitán! -dijo Clark con la voz entrecortada por la furia.

– Podéis informarle de lo que queráis, zopenco del carajo, pero eso no va a cambiar la situación porque en los convictos mando yo y no el muy condenado gordinflón de Esmeralda.

Todos los marineros del Alexander estaban deseando contar a quien quisiera escucharles que el temporal había sido el peor que jamás hubieran visto, sobre todo, por aquellos horribles mares que se les habían echado encima a la vez desde todos los puntos del compás…, terribles, verdaderamente terribles. Desde el Scarborough mandaron decir que todo iba bien; el pobre Friendship estaba en peores condiciones, pues se había inundado por la popa e incluso por el través. No había nada a bordo que estuviera seco, desde los animales a la ropa de los hombres y la de cama.

Pero, al final, habían encontrado las rutas del este, y los tres barcos, navegando de frente y separados entre sí por una distancia equivalente a la longitud de un cable, surcaron las aguas a un ritmo mínimo de ciento ochenta y cuatro millas terrestres por día. Ahora se encontraban a 40° de latitud sur y seguían bajando cada vez más. A principios de diciembre, tropezaron con un temporal mucho peor que el anterior, pero, por suerte, su duración fue menor. El frío era muy intenso a pesar de la estación estival; los convictos más pobres y menos previsores se acurrucaban para estar más calientes entre las delgadas sábanas de lino facilitadas por el contratista, si bien, gracias a las muertes que se habían producido, había algunas mantas de repuesto. Les fueron muy útiles.

La disentería empezó a propagarse entre los convictos y los marinos, y los hombres empezaron a morirse de nuevo. Más tarde se enteraron de que en el Scarborough y el Friendship también padecían de disentería. Richard insistió en que cada gota de agua que bebieran sus hombres se filtrara primero en las piedras de filtración previamente limpias. Estando el mar tan revuelto, ello significaba de unas pocas cucharadas en unas pocas. Si todos los barcos estaban afectados, ello quería decir que cualquier agua que bebieran estaba contaminada. El doctor Balmain no ordenó que se fumigara, restregara y enjalbegara la prisión, probablemente porque comprendió que, de haberlo hecho, habría estallado un motín.

A pesar de que el Friendship había desplegado más velas que en cualquier otro momento de la travesía, no lograba seguir el ritmo del Alexander y el Scarborough, los cuales recorrían más de doscientas siete millas terrestres al día. Cuando ya había transcurrido una semana del mes de diciembre, la temperatura subió un poco; Shortland ordenó que los dos imponentes buques negreros aminoraran un poco la marcha para que el Friendship les pudiera dar alcance. Después amaneció una mañana de blanca y espesa niebla, resplandeciente por dentro como una gigantesca, misteriosa, bellísima y peligrosa perla. Los tres barcos cargaron sus cañones sólo con pólvora y empezaron a disparar a ritmo regular mientras un marinero hacía sonar la campana del Alexander en su campanario de la banda de estribor, clang-glang, larga pausa, clang-clang. Unos amortiguados retumbos y unos débiles sonidos de campana les llegaron desde el Scarborough y el Friendship, que se mantenían tan fieles a su rumbo como el Alexander, separados entre sí por una distancia equivalente a la longitud de un cable. A las diez en punto, la niebla se disipó en un instante y pudieron contemplar un día espléndido, acompañado por una suave brisa.

De pronto, aparecieron grandes cantidades de algas a la deriva, señal segura de tierra, dijeron los marineros, a pesar de que no se veía tierra por ninguna parte, sólo un impresionante número de oreas que jugaban alegremente nadando por debajo y entre los tres barcos que surcaban las aguas juntos. Las algas se mezclaban con anchos regueros de esperma de pez que formaban tortuosas cintas, aunque nadie sabía de qué clase. Un poco más hacia el sur se encontraba la isla de la Desolación [6], donde el capitán Cook había pasado una vez unas Navidades de lo más extrañas.

Dos días más tarde, todo el mar se convirtió en sangre. Al principio, los sobrecogidos y asombrados ocupantes del Alexander pensaron que debía de ser la sangre de una ballena herida, pero después se dieron cuenta de que ningún leviatán habría podido sangrar hasta el extremo de teñir el mar de rojo hasta donde alcanzaba la vista. Un nuevo misterio de los abismos que jamás podrían desvelar.

– Ahora ya he comprendido finalmente la razón de vuestro anhelo de ver lugares desconocidos -le dijo Richard a Donovan-. Yo nunca sentí deseos de ver nada más allá de Bath, porque aquél era mi reducido y familiar mundo de Bristol. Un hombre no puede por menos que crecer cuando lo arrancan a la fuerza de su pequeño y reducido mundo familiar. O eso o, como algunos de la prisión de abajo, morirá de incertidumbre. El lugar tiene mucha importancia para los hombres. La tenía para mí y puede que la siga teniendo.

– Tener sentido del lugar es algo habitual, Richard. El hecho de que yo no lo tenga podría deberse a la pobreza y al ardiente deseo de verme libre de él, de salir de Belfast, de cualquier lugar que me mantuviera atado.

– ¿Eso significa que ibais a una escuela benéfica?

– No. Un amable caballero me acogió bajo su protección y me enseñó a leer y escribir. Dijo, y con razón, que el hecho de saber leer me abriría las puertas a cosas mejores mientras que la bebida no abre la puerta a nada.

Donovan sonrió al evocar un agradable recuerdo; Richard no quiso indagar y cambió de tema.

– ¿Por qué se ha convertido el mar en sangre? ¿Lo habíais visto alguna otra vez?

– No, pero he oído hablar de ello. Los marineros son muy supersticiosos y, por esta razón, comprobarás que muchos de ellos lo consideran una señal de condenación o de la cólera de Dios, o bien un prodigio del mal. En cuanto a mí… No sé qué decirte, excepto que lo considero un fenómeno tan natural como el deseo de sexo. -Donovan movió expresivamente las cejas y esbozó una sonrisa al ver la turbación de Richard, sabiendo muy bien que a éste le molestaba que lo llamaran mojigato, sobre todo porque en su fuero interno sabía que efectivamente lo era-. Puede que alguna gran convulsión en el fondo del mar haya hecho aflorar a la superficie un pedazo de roja tierra o, a lo mejor, la sangre está constituida por minúsculas criaturas marinas de color rojo.

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[6] La isla de Kerguelen.