Выбрать главу

– Debajo de nuestra plataforma -dijo Thomas Crowder-. Creo que hay uno por cada seis hombres… Por lo menos, hay dos debajo de este catre. ¡Catre! ¡Qué descripción tan divina de algo que Procusto habría estado orgulloso de inventar!

– Veo que eres muy culto -dijo Richard, apoyando el trasero en el borde de la hilera inferior y estirando las piernas con un suspiro.

– Pues sí. Y Aaron también lo es. Él es de Bristol mientras que yo, no. Me… mmm… atraparon en Bristol tras haberme escapado del Mercury, eso es todo. Allí me sorprendieron haciendo un trabajo que no debía. Nuestro cómplice -Aaron también estaba metido en ello- nos delató. Intentamos ganar un poco de dinero con sobornos, puede que el truco hubiera dado resultado en Londres, pero no en Bristol. Hay demasiados cuáqueros y otros bichos del autem.

– Eres londinense.

– Y tú bristoliano, a juzgar por tu acento. Conozco a Connelly, Perrott, Wilton y Hollister, pero a ti jamás te vi en la Newgate de Bristol, muchacho.

– Soy Richard Morgan de Bristol, pero me juzgaron y declararon culpable en Gloucester.

– He estado escuchando lo que has dicho sobre la manera de entretenernos y pasar el rato. Nosotros también lo haremos si no hay suficiente luz para jugar a las cartas. -Crowder lanzó un suspiro-. ¡Y yo que pensaba que el Mercury era un barco de Satanás! En el Alexander lo vamos a pasar muy mal, Richard.

– ¿Y por qué pensabas que no iba a ser así? Estos barcos se construyeron para albergar esclavos y dudo que los esclavos estuvieran más apretujados de lo que estamos nosotros. Dejando aparte aquellas tres alargadas mesas de allí, en las que supongo que nos darán de comer sentados.

– ¡Cocineros de la Armada! -dijo Crowder, soltando un bufido.

– Supongo que no esperabas que el cocinero fuera el del Bush Inn, ¿verdad? -Richard volvió a subir para comunicar la noticia de los cubos, y sacó su piedra de filtrar-. Ahora más que nunca tendremos que filtrar el agua, aunque no será necesario que nos preocupemos por la posibilidad de que alguien ocupe nuestro espacio o nos robe las pertenencias. -Sonrió, mostrando la blancura de sus dientes-. Tenías razón sobre Crowder y Davis, Neddy. Unos auténticos desvergonzados.

Dos malhumorados marineros les dieron de comer a la luz de una lámpara. A pesar de que cada mesa medía cuarenta pies de largo y de que había un total de seis estrechos bancos, las tres mesas estaban llenas de hombres de uno a otro extremo; contando las cabezas, Richard calculó que aquel 6 de enero de 1787 el Alexander llevaba a bordo unos ciento ochenta hombres. Eran treinta menos que el total que había mencionado el teniente de navío Shairp. No todos procedían del Ceres; había unos cuantos del Censor y algunos más del Justitia, aunque no todos los del Justitia estuvieron en condiciones de arrastrarse hasta las mesas. Se había propagado entre ellos una extraña enfermedad caracterizada por unas décimas de fiebre y dolor en los huesos. Pero no era la fiebre de la cárcel. Aunque ésta también la había entre los hombres, pues siempre estaba presente.

Cada hombre recibió un cuenco de madera, una cuchara de hojalata y un cucharón también de hojalata con capacidad para dos generosos cuartos [4]; dos cuartos eran la ración de agua diaria por hombre. La comida consistía en un pedazo de pan negro muy duro y un trocito de cecina hervida. Los que tenían mala dentadura lo pasaban fatal y tenían que intentar trocear el pan con la cuchara, que se doblaba y torcía. Pero el hecho de estar cerca de la escotilla de popa tenía sus ventajas. Ahora, pensó Richard, correré el peligro de que me azoten cuando me levante y me ofrezca a ayudar a estos jóvenes marinos a llevar a cabo una tarea para cuyo desempeño carecen de la más mínima habilidad.

– ¿Os puedo echar una mano? -preguntó, sonriendo amablemente-. He sido tabernero.

El enfurruñado rostro que tenía más cerca pareció sobresaltarse, pero no tardó en cambiar de expresión.

– Pues sí, te lo agradecería mucho. Sólo dos para dar de comer a casi doscientos hombres no es suficiente, por supuesto.

Richard se pasó un buen rato repartiendo cuencos y cucharones en silencio, tras haber establecido hábilmente una costumbre entre su propia persona, el joven al que se había dirigido y su no menos joven compañero.

– ¿Por qué vosotros los marinos ponéis siempre esta cara tan triste? -preguntó en voz baja.

– Nuestros alojamientos están todavía más abajo que los vuestros y estamos casi tan apretujados como vosotros. Tampoco comemos mejor. Pan duro y cecina. Pero -añadió el marino en honor a la verdad- nos dan harina y media pinta de ron aceptable.

– ¡Pero vosotros no sois reclusos! No es posible que…

– En este barco -dijo el otro marino con rabia- no hay apenas diferencia entre los reclusos y los marinos. Los marineros están alojados donde tendríamos que estar nosotros. La única luz y el único aire que recibimos procede de una escotilla abierta en el suelo del lugar que ellos ocupan a popa de este mamparo, arriba en el entrepuente, mientras que nosotros estamos abajo, en la bodega. El Alexander tendría que ser un navío de dos cubiertas, pero nadie dice que la segunda cubierta se utiliza como bodega porque el Alexander lleva mucha carga y no tiene una bodega propiamente dicha.

– Es un barco negrero -dijo Richard- y es por eso por lo que no necesita una auténtica bodega. El capitán está acostumbrado a colocar la carga en el sollado, a los negros aquí donde nosotros estamos ahora y a la tripulación en el compartimiento de popa. Por eso no hay castillo de proa para la tripulación. El alcázar pertenece al capitán. -Richard adoptó una expresión de compasiva curiosidad-. Supongo que debe de alojar a vuestros oficiales en el alcázar, ¿verdad?

– Pues sí, en un armario sin acceso a su cocina, por lo que los oficiales se ven obligados a comer con nosotros -contestó el repartidor de cecina y pan duro-. Ni siquiera se les permite utilizar el camarote grande, se lo guarda para él y para su primer oficial, un sujeto muy distinguido. Este barco no se parece a ningún otro en el que yo haya estado. Pero es que también es el primer barco que conozco que no pertenece a la Armada.

– Estaréis bajo la línea de flotación cuando la carga esté a bordo -dijo Richard con expresión pensativa-. El barco transportará una carga tremenda si lo han contratado para llevar a bordo no sólo carga sino también convictos. Calculo que llevará unos veinte mil galones de agua si las etapas duran dos meses.

– Sabes mucho de barcos para ser un tabernero -dijo el muchacho que repartía el agua.

– Soy de Bristol, donde los barcos tienen mucha importancia. Me llamo Richard. ¿Me podrías decir tú cómo te llamas?

– Yo soy Davy Evans y él es Tommy Green -contestó el repartidor de agua-. No podemos hacer nada por mejorar nuestra situación aquí, pero cuando la semana que viene lleguemos a Portsmouth, será distinto. El comandante Ross le arreglará muy pronto las cuentas al capitán Duncan Sinclair.

– Ah, sí, el comandante de la Armada y lugarteniente del gobernador general.

– ¿Y tú cómo sabes todo esto?

– Por medio de un amigo.

He obtenido respuesta a muchas preguntas, pensó Richard mientras se filtraba el agua. Los propietarios tomaban una gabarra, falsificaban algunos detalles acerca de la historia del Alexander y optaban por ignorar que el barco tendría que acoger no sólo a los marinos sino también a los reclusos. Esos chicos tienen razón, los contratistas no ven apenas diferencia entre los marinos y los convictos. O sea que la semana que viene estaremos en Portsmouth, y no cabe duda de que el tal capitán Duncan Sinclair es tan escocés como el comandante de la Armada Robert Ross. El enfrentamiento entre ambos será terrible. Si no recuerdo mal a mi Newton, la fuerza irresistible chocará contra el objeto inamovible.

вернуться

[4] Las modernas medidas británicas de líquidos correspondientes a la pinta, el cuarto y el galón son más grandes que las norteamericanas, pero es muy probable que en el siglo XVIII fueran las mismas que las americanas; el hecho de haber abandonado el redil británico en 1776 hizo que los Estados Unidos de América conservaran muchas de las costumbres británicas, incluyendo probablemente las medidas. De ahí que los cuartos de Richard correspondieran probablemente a treinta y dos onzas líquidas y no a las cuarenta onzas líquidas actuales.