– Probemos por detrás -dijo St. James.
La hilera de edificios estaba limitada en cada extremo por una callejuela. St. James y Helen escogieron la más próxima y la siguieron hasta una placita cuadrada. Un lado de la plaza estaba ocupado por un aparcamiento de varios pisos, dos lados por la parte posterior de edificios pertenecientes a otras calles, y un lado por los jardines traseros de los inmuebles de George Street. Estos jardines traseros estaban vallados por al menos seis metros de ladrillos tiznados, coronados por la vida vegetal capaz de florecer sin los cuidados de un jardinero. A menos que un squatter viniera preparado con equipo de escalada para saltar el muro, el único sitio por donde entrar parecía el extremo más cercano a la callejuela.
Allí, dos cancelas de madera que no estaban cerradas con llave se abrían a un pequeño patio encerrado entre muros de ladrillo, uno de cuyos lados consistía en el alto muro de uno de los jardines traseros. El patio estaba lleno de restos abandonados de anteriores habitantes del edificio: colchones de muelles, cubos de basura, una manguera, un cochecillo antiguo de niño, una escalerilla rota.
La escalerilla parecía prometedora. St. James la sacó de debajo de un colchón, pero la madera estaba podrida y los escalones (los que aún existían) no tenían aspecto de aguantar el peso de un niño, y mucho menos el de un adulto. St. James la desechó y se fijó en una carretilla abandonada y vacía. Descansaba detrás de una de las cancelas de madera.
– Tiene ruedas -observó Helen-. ¿Probamos?
– Creo que sí.
La carretilla estaba oxidada. No parecía que las ruedas fueran a girar, pero cuando St. James y Helen se colocaron uno a cada lado y empezaron a empujarla hacia el muro del jardín, comprobaron que rodaba con facilidad, como si la hubieran engrasado con aquel propósito.
Una vez situada, St. James comprendió que la carretilla proporcionaba un medio para saltar el muro. Probó la resistencia de los lados de metal y la tapa. Parecían fuertes. Entonces, vio que Helen le miraba con el entrecejo fruncido, como inquieta. Sabía lo que estaba pensando: «No es la actividad más adecuada para un hombre en tu estado, Simon.» Sin embargo, no lo dijo. No quería correr el riesgo de herirle al recordarle su defecto físico.
– Es la única forma de entrar -respondió a su tácita preocupación-. Me las arreglaré, Helen.
– ¿Cómo vas a saltar el muro desde el otro lado?
– En el edificio habrá algo que pueda utilizar. Si no, tendrás que ir a buscar ayuda. -Helen no parecía muy convencida-. Es la única forma.
Ella pensó unos momentos, pareció aceptar la idea y se rindió.
– Al menos deja que te ayude a saltar. ¿De acuerdo?
St. James calculó la altura del muro y la altura de la carretilla. Aceptó la modificación de su plan. Subió con dificultad a la carretilla, ayudado por el impulso de su cuerpo, que había ido en aumento con el curso de los años, desde que la mitad inferior había quedado mermada. Una vez encima, se volvió hacia Helen y tiró de ella hacia arriba. Desde donde estaban, podían alcanzar la parte superior del muro, aunque no podían ver por encima. St. James se dio cuenta de que Helen tenía razón. Iba a necesitar su ayuda.
Juntó las manos para que apoyara los pies.
– Tú primero -dijo-. Necesitaré tu ayuda para llegar arriba.
La impulsó hacia lo alto. Helen se agarró al borde del muro y se sentó a horcajadas encima con un resoplido. Una vez estuvo aposentada, dedicó un momento a examinar la parte trasera del edificio y su jardín.
– Teníamos razón -dijo.
– ¿En qué?
– Alguien ha estado aquí. -Su voz vibró con la emoción de la caza-. Hay un aparador viejo apoyado junto a la parte interior del muro, para poder entrar y salir con facilidad. Ven a echar un vistazo. -Extendió la mano hacia él-. También hay una silla para bajar del aparador. Y hasta hay un sendero practicado entre las malas hierbas. A mí me parece reciente.
St. James, con la mano derecha apoyada sobre el muro y la izquierda cogida a la de Helen, se izó hasta su lado. No fue tarea fácil, pese a la seguridad con que había hablado unos momentos antes. Una pierna muerta embutida en una abrazadera, por ligera que fuera, no facilitaba su vida. Tenía la frente empapada de sudor cuando logró por fin su objetivo.
No obstante, comprendió a qué se refería Helen. Parecía que habían arrastrado el aparador (lo bastante estropeado para dar la impresión de que llevaba años en el jardín trasero, incluso cuando el edificio aún estaba ocupado) desde debajo de una ventana, y así se había creado el sendero entre las malas hierbas que Helen había observado. Y parecía reciente, en efecto. En los lugares donde atravesaba matorrales, los extremos rotos de las ramas aún no habían adquirido el tono marronoso debido a las inclemencias del tiempo.
– Una mina de oro -murmuró Helen.
– ¿Qué?
Ella sonrió.
– Nada. Si utilizamos el aparador, podremos bajar sin problemas. ¿Te acompaño?
St. James asintió. Helen bajó hasta el aparador, y de allí a la silla. St. James la siguió.
El jardín era poco más que un cuadrado de seis metros de lado e invadido por malas hierbas, hiedra y retama. Este último arbusto había florecido, al parecer, por puro descuido. Una hoguera de capullos amarillos ardía como un sol en tres lados del perímetro el jardín y junto a la puerta posterior del edificio.
Descubrieron que era una puerta de seguridad, una sola pieza de acero cortada para encajar en el marco y clavada a la madera. No había pomo que girar ni goznes que quitar. La única forma de entrar era arrancarla.
Sin embargo, las ventanas posteriores de la planta baja no eran tan firmes. Si bien estaban entablilladas por dentro, los cristales estaban rotos, y tras una rápida inspección St. James descubrió que una de las tablas estaba lo bastante suelta para que alguien pudiera entrar y salir con facilidad. Helen fue a buscar la silla mientras él arrancaba la tabla.
– Con la puerta cerrada a cal y canto -dijo Helen-, cabe preguntarse por qué los propietarios no se esforzaron más con las ventanas.
St. James utilizó la silla para alzarse hasta el antepecho.
– Tal vez pensaron que la puerta bastaría para desanimar a cualquiera. No se me ocurre que alguien utilice habitualmente esta ventana como medio de entrar y salir.
– Pero si es sólo un medio temporal… -dijo Helen con aire pensativo-. Es perfecta, ¿verdad?
– Lo es.
Descubrió que la ventana daba a lo que parecía un almacén del negocio que ocupara la planta baja del edificio. Contenía aparadores, estanterías y un suelo de linóleo polvoriento, sobre el cual distinguió, pese a la tenue luz, huellas de pisadas.
St. James bajó de la ventana al suelo, esperó a que Helen se reuniera con él y sacó una linterna del bolsillo. La dirigió hacia el sendero de pisadas, que se alejaba hacia la parte delantera del edificio.
El aire del almacén estaba impregnado de olor a moho y madera podrida. Mientras recorrían con cautela un corredor que conducía a la parte delantera, percibieron nuevos olores: el hedor fétido de excrementos y orina procedentes de un lavabo con un retrete cuya cadena no se había tirado en mucho tiempo, el olor penetrante a yeso de los agujeros abiertos a patadas en las pare-des del pasillo, el olor dulzón y nauseabundo del cadáver descompuesto de una rata que yacía al pie de la escalera, donde el almacén se encontraba con la tienda.
Las pisadas no entraban en la tienda, negra como boca de lobo a causa de que ventanas y puerta estaban cubiertas por planchas metálicas, sino que, ascendían por la escalera. Antes de subir, St. James iluminó con la linterna la habitación que servía de tienda. No había nada que ver, salvo un revistero volcado, un viejo arcón congelador sin tapa, una colección de periódicos amarillentos y media docena de cajas de cartón aplastadas.